La obsolescencia programada
La obsolescencia programada convierte cada objeto en un cadáver con fecha de entrega, y yo avanzo dentro de este reino de luces fatigadas donde cada superficie palpita como un animal domesticado que ya entiende su condena. No lo digo para provocar lástima por la chatarra; la materia se acostumbra antes que nosotros a cargar su propio ataúd. Me pregunto si tú también escuchas esos crujidos, ese murmullo eléctrico que vibra detrás de cada pantalla como si allí se reunieran los últimos suspiros de lo útil. ¿O preferiste no enterarte, no sentir cómo un aparato recién comprado contempla su final mientras tú celebras la ilusión del brillo nuevo? A veces sospecho que lo sabes y finges, porque fingir te queda fácil en medio de este teatro de lo que sirve solo un instante.
Respiro el aire cargado de polvo metálico y escucho el jadeo tenue de los dispositivos que se aferran a su último ciclo. No entiendo por qué me conmueve ese sonido, por qué una batería agonizante se siente tan cercana a mi costado. Quizá porque lo que se despedaza sin resistencia revela lo que todos intentamos ocultar: ese reloj interno que nadie programó, esa cuenta regresiva adherida a los huesos como una sombra sin firma. Y sin embargo sigo aquí, contemplando la caída de cada objeto como si pudiera traducir en su apagón alguna verdad que no alcanzo a nombrar. ¿Será que los artefactos se mueren mejor que nosotros? ¿Será que aceptan su fin con una humildad que jamás imitaremos?
Los cables tirantes parecen tendones a punto de ceder, las pantallas tiemblan con una nostalgia que no les pertenece, las carcasas se abren como piel enferma. Y mientras observo ese espectáculo mínimo, casi invisible para el resto, siento cómo mi propio cuerpo se vuelve parte del escenario, no como testigo sino como superficie frágil que intenta mantenerse encendida. Me diluyo entre el zumbido, me mezclo con la respiración del plástico caliente, dejo que mi pensamiento se desarme igual que esos circuitos que renuncian sin pedir permiso. No sé si soy yo quien piensa o si es la ciudad, con sus miles de aparatos moribundos, susurrando a través de mí.
Cada objeto guarda un nacimiento adulterado: no se le permite crecer, solo envejecer acelerado. Hay una belleza torcida en eso, una estética del derrumbe que nadie acepta pero todos practican. Y tú, que recorres los pasillos de tiendas luminosas creyendo que compras futuro, ¿no percibes que solo adquieres un reloj a punto de estallar? Me río, no por crueldad, sino por esa lucidez incómoda que llega cuando uno comprende que la utilidad es una religión sin dioses, sostenida por templos que se desmoronan antes de que termines de rezar.
Me acerco a un artefacto que acaba de rendirse. Aún despide un calor suave, casi íntimo, como un animal que intenta recordar el abrazo antes de congelarse. Pongo la mano sobre él y siento esa vibración final, esa despedida diminuta que se esconde bajo los tornillos. No es un mensaje, no es una señal, es solo la última respiración de un objeto que nunca pidió existir. Y en ese gesto sin gloria descubro algo parecido a una pregunta que no logro formular, un vacío que se abre entre mi pecho y el silencio recién nacido.
Tal vez la materia nunca estuvo viva. Tal vez lo que muere no es el aparato sino la idea que inventamos para soportar nuestras propias fallas. Me quedo pensando en eso mientras la habitación se llena de ese olor sutil a polvo quemado que anuncia un fin discreto, casi secreto. Y entonces el espacio se repliega, el tiempo se alarga, y las sombras adquieren un ritmo que no pertenece a ningún reloj. Siento que el mundo parpadea, no para apagarse, sino para recordarme que la duración es un truco, una cuerda floja donde todos avanzamos como funámbulos distraídos.
¿No es extraño que lo descompuesto revele más verdad que lo que funciona? ¿No es inquietante que el fracaso tenga mejor precisión que la promesa? ¿No es hermoso, en un sentido torcido, que cada objeto se rinda justo en el instante en que parecía más dócil?
Camino entre estos cuerpos eléctricos extinguidos. Los contemplo sin piedad y sin tristeza. Cada uno continúa hablándome, incluso muerto, incluso vencido, como si al apagarse alcanzara un estado más puro que cualquier funcionamiento. Y mientras escucho ese coro silencioso, siento que algo en mí también se desprende, que una capa vieja cae, que una luz interna titila sin saber si renunciar o insistir un poco más.
No lo decido. No lo pienso. Solo permanezco ahí, respirando con el mismo ritmo fatigado del mundo. Y en ese eco compartido, entre los restos tibios de lo que fue útil un segundo y luego no, percibo un latido que no me pertenece, un latido que continúa aunque nadie lo reclame.
Un latido que insiste.
Un latido que no sabe si ya se apagó.