Nada permanece, excepto el eco que insiste cuando ya nadie escucha


Camino por este pasadizo con la torpeza de quien despierta dentro de un cuerpo ajeno, y cada paso me vibra en los tobillos como si cargara un animal dormido que aún respira bajo mi piel, un latido que no es mío, un impulso que no obedece a nada; avanzo mientras el aire me roza con esa indiferencia cruel de las cosas que ya no necesitan justificarse, y pregunto, sin necesidad de labios, si este corredor existe o es sólo el residuo de una memoria que se pudre en silencio, ¿qué se conserva cuando incluso la luz se desintegra?, ¿qué parte de mí sigue moviéndose cuando mi sombra se adelanta como si quisiera escapar de su propio destino?, y la pregunta me escuece en la lengua, porque no estoy seguro de que el que avanza sea yo o sólo mi eco desesperado intentando imitar un cuerpo que ya no lo contiene.

La lámpara tiembla en el techo con un tic paranoico, como si algo invisible le respirara encima, y su luz roja no alumbra, sino que hiere, perfora, dibuja un contorno que se vuelve inestable, una especie de quiebre que se abre cada vez que inhalo; toco la pared y siento un pulso tibio, casi humano, como si ellas me tragaran, ¿quién devora a quién aquí?, ¿yo devoro la noche o la noche mastica mis huesos con paciencia?, y la duda me calienta la nuca, porque ya no distingo si mis pensamientos vienen de mi cerebro o son restos auditivos de alguien que cruzó este mismo corredor hace siglos y dejó su respiración atrapada entre las grietas.

Mi voz entonces se suelta, pero no como sonido, sino como criatura: una masa vibrante que se arrastra por el aire, una serpiente diminuta hecha de sílabas rotas que trepa por mis costillas, se enrosca en mi columna, y luego se desprende de mí con la insolencia de un hijo ingrato; la siento vibrar contra las paredes, multiplicándose en cada superficie, replicándose como un virus luminoso que busca un oído para infestar, ¿pero qué oreja queda para estos ruidos?, ¿quién sería tan idiota de escuchar lo que ya renunció a ser voz?, y el eco me responde con un temblor breve, un latigazo seco, como si riera de mí a mis espaldas.

Me inclino, dejo que mi frente repose contra la pared tibia, y una humedad lenta me recorre la frente hacia la boca; pruebo esa humedad y tiene sabor a metal, a polvo antiguo, a silencio coagulado, como si lamiera la sombra de una plegaria. Me pregunto si en este corredor alguien rezó alguna vez con tanto miedo que su súplica quedó incrustada aquí, latente, esperando que un idiota como yo pasara a recoger las sobras. Y entonces, sin aviso, una pregunta me corta la respiración: ¿quién escucha al eco cuando el eco ya no recuerda su origen?, ¿quién carga con los murmullos que ya no pertenecen a nadie?, ¿qué ser miserable acepta ser la caja torácica donde mueren voces que nunca fueron suyas?

Respiro hondo y siento la vibración convertirse en un zumbido interno, como si mi cráneo derrotado se utilizara a sí mismo como caja de resonancia; el eco entra y sale de mí con la libertad obscena de un amante que no pide permiso, y me pregunto si todavía soy un hombre o si ya me convertí en una caverna portátil, un instrumento defectuoso, un pedazo de vacío que vibra por inercia, llenándose de ruidos ajenos como un colector de basura espiritual. Tal vez ese sea mi oficio secreto: sostener los sonidos que nadie quiso, ser el refugio de las voces que se negaron a desaparecer, cargar vibraciones que no me pertenecen y fingir que entiendo algo de este rito absurdo.

El pasillo se estira como un animal que despierta de mala gana, y el aire se vuelve más denso, más oscuro, más íntimo; cada respiración se transforma en un estallido microscópico, un incendio que me atraviesa las costillas y me recuerda que incluso la nada tiene temperatura. Entonces lo siento: el eco ya no me sigue, me dirige. Avanzo porque él empuja, porque él pulsa, porque él dicta la cadencia como un músico sin manos; y en ese ritmo, en ese blues quebrado que se forma entre mis pasos y el temblor de la lámpara, descubro que ya no sé si camino hacia algo o si sólo estoy prolongando la agonía de una vibración que se niega a extinguirse.

Me detengo frente a una puerta que no existe. La percibo como se percibe el dolor: sin verla. Una presencia sólida, invisible, que espera del otro lado del tiempo. La toco con la palma y la puerta palpita. No se abre, no se cierra, sólo existe como una respiración atrapada en un cuerpo muerto. Y en ese contacto siento la pregunta final treparme por la columna como una araña luminosa: ¿soy yo quien escucha al eco o es el eco el que me escucha a mí?, ¿quién sostiene a quién?, ¿quién existe gracias a qué?

Nada permanece. 
Ni siquiera la voz que cree permanecer. 
Sólo el eco. 
Sólo ese animal obstinado que insiste cuando ya no hay nadie, ni oído, ni cuerpo, ni mundo, para escucharlo.