Si no incomoda, no sirve. Si no vibra, no vive. Si no rompe, no existe


Me encuentro dentro de un latido ajeno, como si mi cuerpo fuera prestado por una criatura que olvidó desocuparlo. La habitación respira con un pulso irregular, una especie de música quebrada que se incrusta en mis huesos, y me pregunto si la realidad siempre tuvo esta consistencia de humo inquieto o si apenas hoy decidió desnudarse sin pudor. El aire arde con la sospecha de algo que quiere nacer y desmoronarse al mismo tiempo, y yo camino descalzo sobre un suelo que parece observarme, un suelo que murmura preguntas que no entiendo: ¿qué haces aquí? ¿cuántas veces fingiste estar vivo? ¿cuántas máscaras sostienen el ruido que llamas yo?

Me acerco a la ventana. El vidrio tiembla con una vibración casi orgánica, como si fuese una membrana que contuviera otra dimensión impaciente por derramarse. No sé si la ciudad afuera arde o respira, pero el horizonte vibra con una intensidad que amenaza con romper cualquier cosa que se atreva a sostenerse demasiado quieta. Todo lo inmóvil me insulta. Todo lo que no vibra me provoca desconfianza. ¿Qué monstruo se oculta detrás de las cosas que no tiemblan?

Muevo la mano y el reflejo me imita con un retraso mínimo, lo suficiente para inquietar a alguien más cuerdo que yo. Me observo como si fuera un personaje en un film sin guion, atrapado en un plano secuencia interminable donde la luz cambia de humor cada vez que respiro. Hay sombras que no me pertenecen, figuras que se adhieren a mis bordes, pensamientos que me atraviesan como agujas suaves. No sé si soy el narrador o si el lenguaje me usa como un médium cansado.

Me siento en el piso, que sigue vibrando con ese pulso eléctrico que se burla de mis certezas. La vibración crece, se mueve, se estira por mis músculos con la precisión de una serpiente lúcida. A veces pienso que no soy yo quien piensa, sino una especie de eco ancestral que me utiliza para preguntarse cosas que no me incumben. ¿Qué significa romperse? ¿Cuál es el punto de sostener esta máscara de piel cuando la realidad sólo despierta si la herimos? ¿Qué clase de ritual extraño es la vida cuando nadie la mira?

El cuarto empieza a contraerse y expandirse como un animal que se duerme y despierta cada segundo. Las esquinas se inclinan, la sombra bajo la mesa se estira con hambre, la luz parece rezar o maldecir, no sé. Hay un temblor en la atmósfera que me obliga a dudar de la estabilidad del tiempo. ¿Cuánto lleva ocurriendo esto? ¿Siempre fue así y yo apenas hoy abrí los ojos? Tal vez la normalidad nunca existió y la aceptábamos porque era un buen cuento para sobrevivir.

Me levanto y abro la puerta. Un pasillo espeso se derrama hacia adelante, lleno de un humo que no huele, pero pesa. Caminas conmigo, aunque no estés aquí. Te imagino sintiendo este corredor como un intestino lumínico, una senda viscosa que decide torcerse según nuestras dudas. El pasillo murmura mi nombre con una voz que podría ser mía si hubiese decidido volverse sombra. Me pregunto cuánta parte de mí yace olvidada en esos susurros. ¿Qué versiones de mí siguen atrapadas en los pliegues del lenguaje?

Salgo al exterior y la ciudad late como un animal herido. Las luces vibran con fiebre, los edificios respiran como si tuvieran pulmones de cemento cansado. La noche es un enorme ojo abierto que me vigila sin pestañear, y siento una electricidad cálida trepar por mi nuca como una advertencia benévola. Camino sin saber quién conduce mis pasos. No sé si busco algo o si algo me está utilizando para sentirse vivo.

Cada ruido es una señal. Cada sombra es un pensamiento. Cada vibración es un dios pequeño intentando recordar su nombre. La ciudad se convierte en una sopa densa de energía, un cuerpo enorme que me absorbe, me exhala, me reconstruye. Y pienso: nadie está a salvo de sí mismo. Nadie atraviesa la noche sin romperse alguna costilla del alma. ¿Qué esperabas? ¿Que la vida te obedeciera sin exigir tributo?

Camino entre postes que tiemblan, entre autos que respiran, entre murmullos que nacen bajo las piedras. La calle me habla sin palabras: no confíes en nada pulcro, no acaricies nada que no tiemble, no entregues tu fe a lo que no exige tu incomodidad. Y entonces río, quizá demasiado fuerte, quizá demasiado tarde, porque descubro que esta vibración que me atraviesa no es amenaza: es origen.

Y mientras avanzo por esta ciudad que se deshace y renace con cada parpadeo, repito como un mantra de locura lúcida:

Si no incomoda, ¿qué pretende?
Si no vibra, ¿qué oculta?
Si no rompe, ¿qué finge?

La noche no responde con palabras.
Pero vibra.

Y esa vibración, mínima, punzante, casi clandestina,
es la única verdad que queda.