En la distopía todos corren, nadie sabe hacia dónde.
Corro, sí, pero ya no sé si las piernas me pertenecen o si soy un residuo eléctrico arrastrado por la multitud, una chispa perdida entre tantas chispas que se chocan, se rozan, se disuelven, y mientras paso frente a una pared cubierta de símbolos que se derriten en la humedad pienso si el lenguaje también huyó, si decidió volverse un charco oscuro donde nadie puede reflejarse, porque cada letra vibra como un insecto atrapado y siento que mi nombre ya no cabe en mí, que se abre, se tuerce, se vaporiza, y entonces me pregunto, ¿qué queda del yo cuando la ciudad te respira por dentro, cuando la realidad te mira con ojos que no parpadean, cuando cada esquina parece un rito fallido que insiste en repetirse?
Sigo sin detenerme, porque detenerse aquí es una forma lenta de autodestrucción, como si el suelo abriera la boca apenas te quedas quieto, así que avanzo aunque el aire corte la garganta y las luces me sacudan la retina como si quisieran reprogramar mis impulsos, y en medio de la carrera siento que algo se abre, una grieta en la percepción que parece invitarme a entrar, una vibración que no sé si viene del cielo o de mis huesos, un pulso que me atraviesa la piel con la frialdad de un metal recién nacido, y entonces pienso si corro dentro de un sueño o si el sueño corre dentro de mí, si la ciudad es un espejo fragmentado que nos obliga a multiplicarnos hasta perder la forma, si la distopía es apenas un pliegue de la mente que se cansó de obedecer.
La multitud sigue aullando sin sonido, una risa deformada que vibra en las ventanas como un coro de espectros borrachos, y yo corro entre ellos como si buscara un borde, un vacío más limpio, una zona donde el caos se vuelva transparente, pero todo es bruma espesa, olor a metal oxidado, sombras que se descomponen al contacto, y mientras atravieso un puente que late como una garganta mecánica me pregunto si no será que corremos porque tememos quedarnos solos con nosotros mismos, si no será que aceptar la quietud sería aceptar el colapso del relato interior, y entonces el no-saber se vuelve más honesto que cualquier respuesta posible.
A veces siento que corro hacia abajo, hacia un subsuelo que respira hondo, hacia una memoria que no sé si es mía o si pertenece a la ciudad, una memoria llena de pasillos húmedos, de criaturas sin rostro que observan sin mirar, de voces susurradas que no piden nada, apenas acompañan, como si fueran restos de una religión antigua que todavía recuerda nuestros nombres aun cuando nosotros los olvidamos, y en ese descenso percibo que mi cuerpo se vuelve sonido, se vuelve vibración, se vuelve eco de un eco, como si hubiera sido diseñado para perderse, para disolverse en un mundo que ya no sostiene límites.
Y entonces algo se enciende en mi pecho, no como rebeldía ruidosa sino como rechazo íntimo, como una carcajada silenciosa contra la solemnidad del desastre, y corro con más fuerza, porque si este mundo exige obediencia, prefiero desgastarme hasta la médula antes que dar un paso que no nazca de mí, y aunque no tenga dirección, aunque no exista mapa, aunque la ciudad se ría de cualquiera que intente orientarse, sigo avanzando, avanzando, avanzando, porque en este movimiento hay una verdad torpe pero propia, un pulso que no puede ser domesticado, un grito pequeño pero real que dice estoy aquí aunque todo quiera desaparecerme.
¿Hacia dónde va un cuerpo que ya no se nombra? ¿Qué busca una mirada que dejó de reconocer la forma del mundo? ¿Quién sostiene el vértigo cuando no queda cielo al cual aferrarse? Las preguntas estallan como fósforos mojados, no iluminan nada pero igual arden, y en ese ardor encuentro algo parecido a un refugio, un lugar sin lugar donde la fuga se vuelve idioma y la velocidad se vuelve plegaria.