No retornar es elegir vértigo en vez de nostalgia
No retorno porque algo en mí entendió, a mitad de una calle sin nombre, que volver es firmar pactos con fantasmas domésticos, y yo ya no nací para obedecer rituales que huelen a polvo tibio. La ciudad me respiraba encima como un animal que exige tributos; la noche, apenas sostenida por faroles enfermos, murmuraba que la nostalgia es una mentira vestida de ternura. Caminé con la insolencia de quien descubre el placer secreto de romperse, sentí el pulso del asfalto como un latido que insistía en contarme historias que no debía escuchar, y me pregunté si alguna vez existió un retorno posible, o si todo camino, incluso el que se cree más dócil, termina convertido en un precipicio que se ríe en mi cara. ¿Qué fuerza oscura empuja a los cuerpos a mirar atrás? ¿Quién decidió que la memoria es un refugio y no un virus?
Elegí avanzar, aunque cada paso deformaba mis certezas con una violencia delicada. El aire punk me tallaba la piel, como si una guitarra descompuesta afinara sus cuerdas dentro de mis huesos. No estaba huyendo, tampoco buscando revelaciones; solo me dejaba arrastrar por esa suerte de fiebre lúcida en la que el presente muerde sin pedir permiso. El vértigo no era caída, era un sistema de transmisión. Yo entraba en él, lo respiraba, dejaba que me triturara el nombre. A veces me sentía convertido en humo, otras en una línea de luz que parpadeaba entre dos mundos sin decidir cuál devorar primero. ¿Quién soy cuando me deshago? ¿Quién insiste en tomar la palabra cuando la voz se funde con el ruido del mundo?
La ciudad —o lo que quedaba de ella— me hablaba en murmullos fracturados: un vidrio roto, un anuncio agonizante, un perro que aúlla como si recordara la infancia de un dios. Y yo, desde el borde de mi cuerpo, entendí que la nostalgia se alimenta de objetos muertos. Su belleza es un mito que nos adiestra. Si volviera, tendría que fingir que nada cambió, que el pasado conserva su color original. Pero yo ya vi cómo sangran los recuerdos cuando los miras de cerca. Vi su textura viscosa, su mentira. Preferí hundirme en el temblor, apostar por la sacudida que no promete salvación. ¿No es más honesto admitir que el suelo siempre está falto de fe?
Seguí adelante como si mi sombra fuera una criatura impaciente que quería llegar antes al abismo. A ratos se me adelantaba, a ratos regresaba a morderme los talones, como si intentara convencerme de que algún rincón del mundo aún esperaba por mí. No le creí. El vértigo me enseñó a desconfiar incluso de mis fantasmas. Me moví entre respiraciones rotas, intuiciones filosas, imágenes que surgían sin respetar coherencia alguna: un rostro suspendido, una botella que arde, una carcajada sin dueño. Cada figura se diluía antes de asentarse. Entendí que la percepción no es un mapa, sino una criatura desobediente que exige ser atendida sin garantía de sentido. ¿Qué queda de mí cuando lo que veo no ofrece dirección?
A veces pensé que caía, pero no había caída, solo una vibración creciente que me sostenía con la misma ternura feroz que tiene un animal salvaje cuando decide no devorarte todavía. Sentía el vértigo como una lengua de luz que lamía mis pensamientos y los desordenaba hasta dejarlos respirando con otro ritmo. Ninguna nostalgia podría replicar esa sensación: la de un yo que se disuelve con precisión quirúrgica, que pierde las fronteras y gana intensidad. ¿Puede la identidad ser un error de fábrica? ¿Puede uno existir mejor cuando deja de intentar conservarse?
El aire continuó rasgando mis costillas con acordes heridos. Reí, porque el cuerpo parece entender cosas que la mente se niega a admitir: que el vértigo abraza mejor que cualquier recuerdo, que el temblor sostiene más que la historia. Me pregunté entonces cuánta verdad puede digerir un ser humano antes de romperse en pedazos útiles. No tuve respuesta. La noche no concede ese tipo de favores. Pero el movimiento continuó, respirando en mi lugar, guiándome hacia ese territorio donde las imágenes pierden su buena educación y se vuelven animales eléctricos.
No retornar no era una consigna: era una forma de estar vivo. Una herejía personal. Una grieta en la que dejé caer todo aquello que insistía en inmovilizarme. No retornar significaba no sucumbir al perfume venenoso del pasado. Significaba incendiar los muebles internos, desalojar recuerdos, dejar que el alma entrara en huelga contra la repetición. Vértigo, entonces, como única patria funcional. Vértigo como ética improvisada. Vértigo como lenguaje que respira, muerde, abraza y expulsa.
Y mientras la noche se estiraba sobre mí como un manto que aprendió a pulsar, entendí algo casi ofensivamente simple: nadie regresa. Incluso quienes lo intentan vuelven convertidos en otra cosa. El retorno es una superstición para románticos disciplinados. Yo, en cambio, continúo moviéndome bajo esta vibración que no perdona, continúo dejándome arrastrar por la música áspera que late en algún sótano del universo. Y si el mundo pretende ofrecerme un camino de vuelta, tendrá que reconstruirse desde cero para que yo considere aceptarlo.