La gravedad de lo inexistente


El pasado no pesa al principio. Es después, cuando ya no está, que empieza a inclinar las cosas. La mesa, por ejemplo. Hoy amaneció levemente torcida, como si una de sus patas hubiera cedido durante la noche. No recuerdo haberla comprado. Tampoco recuerdo la taza que encontré encima, intacta, blanca, con un borde apenas irregular que no llega a ser una grieta. La toqué. Estaba tibia. La dejé ahí. No me pertenece, pensé, aunque no sé qué significa exactamente que algo pertenezca.

El sonido empezó antes de que pudiera decidir si la taza era nueva o si yo lo era. No es música. Es un intento. Una nota que se acerca y se retira, como si alguien respirara mal dentro de un tubo de metal. No sé por qué pienso en un saxofón. Nunca he tenido uno cerca. Sin embargo, el aire en la habitación se espesa cuando suena, como si pasara por un cuello estrecho. Me llevo la mano al pecho. Nada. O algo mínimo, un ajuste.

Hay una puerta en la casa que no abre del todo. La madera está húmeda al tacto, hinchada. Detrás no hay cuarto, solo un espacio oscuro que devuelve el mismo olor, más concentrado. A veces creo que de ahí sale el sonido. Otras veces estoy seguro de que viene de la taza. Hoy acerqué el oído al borde. No escuché nada, pero sentí una vibración leve en los dientes, como si alguien hubiera pronunciado mi nombre con la boca cerrada. No era mi nombre. Era parecido.

He decidido no tocar la taza durante el día. La observo desde la silla. La luz de la ventana se posa en el borde y se rompe de una forma que no puedo fijar. Parpadeo y la irregularidad cambia de sitio. No exactamente. Se desplaza como si la superficie recordara otra forma y la ensayara sin terminarla. Pienso que estoy imaginando. Luego dejo de pensarlo y la forma se corrige, como si necesitara mi distracción para continuar.

El espejo del baño no está bien sujeto. Lo sé porque ayer lo presioné y respondió con un pequeño retraso, como si hubiera alguien del otro lado empujando con menos fuerza. Hoy no responde. Soy yo quien llega tarde. Levanto la mano y la imagen ya está arriba, esperando. Bajo el brazo y el vidrio tarda en obedecer. Me acerco. El frío no es uniforme. Hay zonas más densas, como si el material se hubiera acumulado en puntos específicos. Apoyo la frente. Siento otra frente, no exactamente alineada.

No debería escribir esto. No porque no sea cierto, sino porque al escribirlo algo se fija y lo demás se desplaza para compensar. Aun así, sigo. Anoto: “la taza no estaba ayer”. Borro: no tengo prueba. Anoto: “la mesa está inclinada”. Eso es verificable. Coloco un vaso de agua. El nivel confirma una leve pendiente hacia la izquierda. No recuerdo haber tenido este vaso. El agua no tiembla. El sonido vuelve, más cerca, menos tímido. Intenta una frase y se interrumpe en el mismo punto. Siempre en el mismo punto. Creo que lo reconozco. No sé de dónde.

La taza apareció en el lavaplatos sin haber pasado por mis manos. No hago teatro: simplemente no la moví. La tomo ahora. Está fría. El borde irregular se ha definido en una línea más clara, una grieta que no atraviesa del todo la superficie. Paso el dedo y no encuentro hendidura. Es una grieta sin profundidad. La suelto. No cae. Permanece un segundo en el aire, lo suficiente para que yo crea que fue un error de percepción, y luego desciende con un sonido mínimo que no coincide con el impacto. Los fragmentos se dispersan como si ya supieran dónde caer.

Los junto. Encajan, pero siempre sobra un milímetro. Siempre falta otro. La forma original se resiste con una obstinación casi personal. Dejo de intentarlo. Me digo que nunca estuvo completa. Me digo también que la vi intacta esta mañana. Ambas cosas pueden ser ciertas. No me detengo a resolverlo.

La puerta entreabierta respira. Es la única palabra que encuentro, aunque no describe nada preciso. El aire entra y sale con una cadencia que empieza a parecerse al sonido. O el sonido se ajusta a la puerta. No sé cuál sigue a cuál. Me acerco. La madera está más fría que antes. Pego el oído. Esta vez sí escucho algo claro: una frase breve, cerrada, sin fallas. Me aparto de inmediato. En la habitación, el sonido vuelve a ser torpe, incompleto, como si hubiera olvidado lo que acaba de hacer.

Afirmo algo que preferiría no escribir: no recuerdo, soy recordado. La frase me resulta ajena, como si la hubiera leído en otro sitio que no existe. La dejo. No la corrijo. Al instante, la grieta en los fragmentos cambia de lugar. No debería poder hacerlo. Lo hace.

Recojo un pedazo y lo acerco al espejo. La línea irregular coincide con una zona más densa del vidrio. Los apoyo. No encajan. Insisto. Durante un segundo, encajan demasiado bien, como si siempre hubieran sido una sola cosa. Retiro la mano. El fragmento pesa más ahora. O mi mano pesa menos. No tengo forma de medirlo sin inventar otra herramienta que tampoco recuerdo haber tenido.

Vuelvo a la mesa. La inclinación ha cambiado de lado. El vaso de agua lo confirma. No hay derrame. No hay transición. Solo el hecho. La taza, o lo que queda de ella, ya no está. En su lugar hay un círculo húmedo que no se evapora. Pongo el dedo. Está tibio. Lo llevo a la boca. No tiene sabor. O tiene uno que no puedo registrar.

El sonido se instala dentro de ese círculo, no como algo que entra, sino como algo que siempre estuvo ahí. Me inclino y escucho la nota. Es la misma. Está a punto de completarse. Me quedo quieto, esperando el cierre que nunca llega. En el espejo, detrás de mí, alguien levanta la mano antes que yo.