Quema mi nombre
Me dijeron que mi nombre había sido registrado dos veces, pero no con un error tipográfico sino con dos grafías incompatibles, como si alguien hubiera dudado en mitad de la escritura y esa duda hubiera quedado archivada. La mujer detrás del vidrio no levantó la vista; deslizó los formularios con una precisión que no admitía preguntas y pronunció mi nombre en voz baja. No sonó igual en la segunda repetición. En la primera era reconocible; en la segunda perdió una sílaba, o quizá la ganó y yo no supe oírla. Sentí un leve ardor en la garganta, como cuando se traga humo sin fuego.
El calor de la sala obligaba a respirar despacio. Cada inhalación tenía peso, como si el aire hubiera sido usado antes. Un hombre a mi izquierda repetía una cifra que variaba cada vez; una mujer detrás de mí decía una dirección que no existía en el mapa de la ciudad, o al menos no en el que yo recordaba. Cuando intenté recordar el origen de mi nombre, encontré versiones que no coincidían: mi madre decía que lo había elegido por un libro que nunca volvió a abrir; un profesor aseguraba que pertenecía a una lengua extinta; en un certificado antiguo aparecía escrito con una letra torcida, como si el escribiente hubiera querido corregirse y no lo hubiera logrado. En esa versión faltaba una vocal. No lo noté entonces.
“Uno de estos registros será eliminado”, dijo la mujer, sin señalar cuál. “El procedimiento requiere fuego.” No explicó nada más. Tampoco le pregunté. Había algo en su voz que no informaba, ejecutaba. Pensé en la posibilidad de que mi nombre no fuera un origen sino un residuo, y que su corrección exigiera perder una de sus formas. Me llevé la mano al cuello. La piel estaba tibia, pero debajo había un pulso irregular, como si algo intentara pronunciarse desde adentro.
Años antes encontré una cinta en una casa donde viví sin pertenecer. La voz en la grabación decía: “El nombre no te llama, te sigue cuando intentas no responder”. La frase volvía ahora, pero alterada: “El nombre no te sigue, te adelanta”. No sé si la voz cambió o si cambié yo. En la cinta había también una risa breve, casi inaudible, que en ese momento no escuché. Ahora sí.
Salí del edificio con la certeza de haber dejado algo dentro, aunque aún lo llevaba conmigo. La ciudad parecía haber desplazado sus ejes: una calle terminaba donde antes comenzaba, una fachada repetía la misma grieta tres veces en distintas alturas, como si el tiempo hubiera sido aplicado en capas mal alineadas. En un poste vi un cartel con mi nombre. No exactamente el mío: faltaba la misma vocal del documento antiguo, o sobraba una consonante que no recordaba haber tenido. Debajo, una fecha futura. Nadie se detenía.
Entré en un lugar que no había estado ahí antes o que yo no había visto, lo cual empieza a ser lo mismo. Un archivo sin jerarquía visible. Nombres guardados en recipientes de vidrio, algunos intactos, otros astillados, otros ennegrecidos en los bordes, como si hubieran sido expuestos a un calor que no termina de consumirlos. Un hombre desde el fondo dijo sin acercarse: “No se eliminan, se reescriben en otra materia”. Su voz coincidía con la de la cinta en una inflexión mínima que me incomodó. No pregunté cómo sabía lo que yo había escuchado.
Tomé un recipiente. Mi nombre estaba ahí, pero no se dejaba fijar: al mirarlo cambiaba, perdía letras, las recuperaba, las invertía. En un instante fue ilegible; en otro, obscenamente claro. El vidrio estaba tibio. Sentí un latido en la palma, y con él una imagen que no recordaba: una mesa, una mano firmando por mí, una duda en el trazo que no era mía. Comprendí que la duplicación no era un accidente administrativo sino una práctica. Alguien había ensayado mi nombre antes de que yo lo habitara.
La voz volvió, ahora contradictoria: “Si lo quemas, te quedas”. Después: “Si lo quemas, desapareces”. No eran opciones, eran descripciones simultáneas. El hombre del fondo no se movió. En un estante cercano, un nombre muy parecido al mío había sido reducido a una línea negra, como un trazo final. No pude leerlo, pero su forma me resultó familiar, como una firma que uno reconoce sin saber por qué.
La respiración se aceleró. Pensé en el fuego como un acto de precisión: no destruye, corrige la forma en que algo insiste. Acerqué el recipiente a una llama que no vi encenderse. El borde se oscureció. Una letra cedió primero, la vocal que faltaba en el documento antiguo. El olor no era de papel ni de tinta, era más cercano al de la piel cuando se acerca demasiado a una superficie caliente. Retiré la mano. La letra no volvió.
Dejé el recipiente en otro lugar, no exactamente donde lo encontré. El desplazamiento era mínimo, pero suficiente para alterar un orden que no comprendía. Salí. Al cruzar la puerta, alguien pronunció mi nombre con la versión que ya no existía. No me detuve.
Ahora escribo esto y no puedo asegurar cuál de las grafías me corresponde. En algunos documentos recientes mi nombre aparece sin la vocal; en otros, con una consonante añadida que vuelve difícil pronunciarlo en voz alta. A veces, al intentar decirlo, siento que la lengua se detiene en un punto donde antes no había resistencia. Otras noches, el olor a humo regresa sin fuente visible y tengo la impresión de que el proceso continúa en otro archivo, en otra mesa, con otra mano que decide qué parte de mí puede persistir sin ser leída.
Queda una posibilidad que no sé cómo verificar: que el registro que fue marcado para eliminación no era un duplicado sino el original, y que lo que ahora escribe no corrige nada, solo aprende a sostener una versión incompleta. Si digo mi nombre en voz baja, hay un instante en que no sé si estoy recordándolo o inventándolo, y ese instante, breve y obstinado, no se deja quemar.