El ruido blanco de las conciencias limpias
Siempre hay un ruido. No comenzó con los transformadores. Ni con las antenas. Ni con los televisores olvidados durante noches enteras frente a salas vacías. Ya estaba allí cuando el barrio todavía recordaba su nombre y la placa oxidada conservaba algunas letras bajo el polvo. El poste seguía en la misma esquina. La silla plástica también. Sólo el ruido aprendió a crecer.
Al principio nadie le prestó atención. Las ciudades fabrican miles de sonidos para ocultar el único que importa. Frenos de buses, motores diésel, licuadoras, extractores industriales, ventiladores vencidos por el calor, vendedores de tinto golpeando vasos de aluminio, motocicletas abiertas como animales de hierro, parlantes donde un pastor promete salvación mientras un reguetón perfora la cuadra siguiente. Todo ocurre al mismo tiempo. Todo desafina. Todo improvisa. Debajo de esa orquesta descompuesta respira otra música. Más lenta. Más constante. El ruido blanco nunca compite. Espera.
Siempre hay un ruido. Empieza detrás de los ojos. Después baja por la mandíbula. Las muelas vibran. La lengua sabe a cobre. Las manos olvidan por qué estaban temblando. Entonces aparecen las noticias. Veinte segundos. Un cuerpo. Treinta segundos. Tres familias desalojadas. Un minuto. Otro contrato. El presentador sonríe con dientes impecables mientras la pantalla divide el mundo entre publicidad, tragedia y pronóstico del clima. Nadie cambia de canal. No hace falta. Todos transmiten la misma frecuencia. Cambian los logotipos. El ruido permanece.
Un hombre recoge bolsas negras del contenedor. Encuentra un diploma universitario todavía enmarcado. Una ecografía. Fotografías mordidas por la humedad. Un uniforme escolar. Una dentadura postiza envuelta con cuidado. Los objetos conservan una memoria obscena. Recuerdan demasiado. Por eso terminan en la basura antes que los cuerpos. Las moscas trabajan alrededor de ellos con una precisión que jamás alcanzaron los archivos nacionales. Silencio. No. Era el ruido respirando.
Los edificios nuevos anuncian aislamiento acústico. Ventanas herméticas. Muros inteligentes. Descanso garantizado. Afuera, una mujer golpea una puerta durante veinte minutos. Nadie escucha. Los audífonos funcionan a la perfección. Cancelan motores, sirenas, lluvia, llanto. También cancelan la última oportunidad de que un grito encuentre otro cuerpo. El progreso ya no necesita censurar. Basta con filtrar.
Siempre hay un ruido. Ahora sale del poste. El mismo poste. Los cables tiemblan aunque no haya viento. Algunas noches el metal parece sudar. Otras despide un olor dulce, parecido al plástico quemado mezclado con fritanga y agua estancada. Los vecinos aceleran el paso. Ninguno mira hacia arriba. Las cámaras sí. Giran unos segundos antes de que alguien atraviese la esquina. Como si el aparato esperara a las personas y no al revés.
Los anuncios cambian demasiado rápido. El celular ofrece ansiolíticos antes de que aparezca la angustia. El banco concede créditos antes de la ruina. La funeraria envía promociones mientras el abuelo todavía riega las matas del patio. Nadie demuestra que exista una relación. Nadie consigue dejar de sospecharla.
Empieza a llover. Las láminas de zinc improvisan una batería furiosa. Los buses responden con metales oxidados. Los perros desafinan. El televisor continúa encendido. No transmite ninguna imagen. Sólo nieve. Sólo esa respiración eléctrica. La silla plástica blanca sigue frente a la pantalla como si esperara instrucciones.
Siempre hay un ruido. El técnico llega por la mañana. Revisa cables. Fusibles. Tomas de corriente. Frunce el ceño. Desarma el aparato. Lo vuelve a cerrar. Dice que el televisor lleva años desconectado. Sonríe con vergüenza, como quien teme hacer el ridículo delante de una máquina. Nadie le responde. Porque el ruido sigue allí. Las paredes vibran. Los vasos tiemblan. Los párpados no consiguen cerrarse del todo. La lengua vuelve a saber a cobre. Y, por primera vez, todos descubren que el ruido no salía del televisor. Salía de las bocas perfectamente limpias cuando pronunciaban la palabra normal.