La sociedad no educa: domestica
La sociedad no educa: domestica. Y lo hace con un disfraz tan pulcro que nadie sospecha la soga bajo el uniforme, el látigo escondido en la campana del recreo, la celda pintada de pizarra. Desde niño aprendí a permanecer sentado como si la vida fuera un banco de madera, a obedecer el timbre como a un perro que acude al silbato, a callar justo en el instante en que la curiosidad brotaba como un animal incómodo en el pecho. La escuela nunca me enseñó a mirar el cielo, me enseñó a trazar líneas rectas sobre papel cuadriculado. Nunca me habló del temblor secreto de las estrellas, solo me enseñó a repetir fórmulas que no comprendía, como un rezo en un idioma muerto. La educación fue una jaula con barrotes invisibles, una pedagogía del bostezo, una disciplina del silencio que llamaban virtud.
El aula era un corral. Los pupitres alineados como ataúdes esperando cadáver, las paredes desnudas como hospital, el reloj dictando el paso del tiempo con la crueldad de un carcelero. Allí la imaginación era sospechosa, la pregunta un delito, el silencio un acto subversivo. Cada examen era un tribunal, cada nota un juicio, cada error un estigma que te marcaba para siempre. Nos enseñaban a arrodillarnos ante un dios sin rostro: la utilidad. El pensamiento debía servir, nunca arder. La libertad debía ser contenida, nunca desbordarse.
Recuerdo que mi voz dejó de ser mía: ladraba en la lengua del amo, repetía lecciones como si fueran ladridos afinados. Había aprendido la gramática de la obediencia: levantar la mano para hablar, esperar el permiso para existir. No pensaba, repetía. No soñaba, calculaba. El aula se convirtió en una fábrica de clones, cada niño un molde de arcilla al que le arrancaban las aristas. La rareza fue declarada plaga y exterminada con notas rojas, como si la creatividad fuera un virus que debía erradicarse antes de propagarse.
La escuela fue un ensayo general de prisión. El timbre como sirena de fábrica, la fila como procesión de condenados, la tarea como deuda infinita. No nos formaban: nos amaestraban. La disciplina era obediencia vestida de oro barato, la educación era miedo tatuado con tinta azul en los cuadernos. Aprendí a odiar la libertad porque siempre llegaba castigada. Aprendí que la vida era un horario, un conjunto de casillas por llenar, una fila de números en la que debía encajar como pieza útil.
Y sin embargo, algo resistía. Una grieta en la rutina, un insecto que se arrastraba por el cuaderno, un reloj que sangraba sobre las hojas, un pupitre que flotaba como ataúd en mitad del aula. Eran alucinaciones mínimas, destellos absurdos que se filtraban en la geometría del orden. Quizá eso era la verdadera educación: el accidente, la fuga, la irrupción de lo imprevisto. Pero nadie lo nombraba. Nadie quería verlo. La escuela era un simulacro perfecto, y cualquier grieta era tapada con corrector blanco.
Me pregunto todavía si alguna vez fui educado o si solo aprendí a bajar la cabeza con elegancia. Me pregunto si mis pensamientos son míos o si fueron insertados como chips en la médula de mi infancia. Tal vez educarme ahora sea desaprender, arrancarme las fórmulas de la piel, olvidar los catecismos de la obediencia, dejar que el caos vuelva a entrar en mis venas. Tal vez educarme sea escuchar lo que siempre estuvo allí: el murmullo de los árboles, el rumor del río, la respiración de las piedras. Nadie me enseñó eso. Nadie podía enseñarlo.
La sociedad no educa: domestica. Porque un individuo verdaderamente educado sería ingobernable, un animal salvaje entre las oficinas, un incendio en las fábricas, un agujero negro en la geometría de los horarios. La sociedad no tolera lobos, necesita perros. Necesita ladridos al unísono, no aullidos bajo la luna.
Ahora cierro los ojos y escucho otra vez el timbre. No suena como campana: suena como perro hambriento. Y me descubro obedeciéndole, poniéndome de pie, haciendo fila con el resto. Pero hay algo distinto esta vez: en lugar de caminar, me quedo quieto, escuchando cómo la campana se devora a sí misma, hasta quedar en silencio, como si por un instante hubiera dejado de existir.
Y en ese instante, en la grieta del silencio, comienza la verdadera educación.