No estás solo: contigo habitan tus ruinas
No estás solo: contigo habitan tus ruinas. No esas ruinas que la gente fotografía en ciudades abandonadas, sino las que se arrastran adentro, las que respiran en los pasillos húmedos de tu memoria y mastican tu saliva cuando intentas dormir. Son ruinas que sudan, que se te pegan a los huesos como perros flacos; ruinas que se despiertan antes que tú, se sientan a la mesa, comen de tu plato y esperan pacientemente a que termines para lamer lo que sobra de ti. No las puedes desalojar: en cada intento por expulsarlas se reproducen, se multiplican como insectos en una lámpara que ilumina de noche.
Caminas y cada paso abre un ruido, como si el suelo de tu cuerpo se quebrara en cámara lenta. Todo cruje, todo cede, pero nada termina de derrumbarse. Un edificio suspendido en el segundo exacto de la explosión, congelado en la belleza del colapso. Y ahí estás: vivo, sí, pero rodeado por un derrumbe perpetuo que nunca se digna a completarse.
Tus ruinas no son pasado ni recuerdo: son ahora. Te escoltan como un coro de sombras que no canta, pero respira. Entras en una habitación y ellas entran contigo, se sientan en la silla, se recuestan en la cama, te siguen al baño y se ríen cuando abres la llave del agua. Nunca se cansan. Nunca se duermen. A veces parecen tener ternura: te acarician en la frente como una madre enferma, pero enseguida aprietan la mano hasta asfixiarte.
Tu vida es un museo en ruinas, y tú eres el guardián condenado a no cerrarlo jamás. Hay pasillos donde las paredes rezuman humedad, vitrinas con cristales rotos que reflejan tu rostro desfigurado, cuadros torcidos que te observan con ojos desteñidos. El aire huele a polvo, pero un polvo vivo, un polvo que se mueve como un enjambre. En ese museo no hay visitantes: solo tú, caminando descalzo entre escombros invisibles, con el deber inútil de cuidar lo que ya está perdido.
Y aun así, sospechas que esas ruinas no son solo tuyas. Que llevan la huella de ciudades extinguidas, de templos incendiados, de huesos enterrados en algún desierto. Quizá eres apenas la superficie donde esas ruinas se alojan, un muro de alquiler donde lo destruido encuentra refugio. Te sobrepasa lo quebrado: las ruinas no son tuyas, tú eres de ellas.
Entonces recuerdas que lo roto vibra más que lo intacto. Lo que no funciona late más fuerte. Lo que está incompleto arde en cada esquina. Tus ruinas no se limitan a acompañarte: son tu música secreta, un jazz espectral que se cuela entre tus venas, improvisando con síncopas de polvo y silencios que se alargan como un saxofón borracho. De pronto, un golpe seco: una piedra cae, un muro se resquebraja, un silencio absoluto detiene la melodía. Y luego otra vez: el flujo, la respiración, la síncopa que te arrastra sin piedad.
A veces te preguntas si intentan decir algo, si guardan un lenguaje cifrado, un mensaje enterrado en su derrumbe. Pero no. Las ruinas no explican nada. Solo muestran, solo repiten, solo permanecen. Son la gramática rota de tu existencia, el eco de lo que nunca ocurrió. Y no hay traductor posible: solo el rumor de la caída.
La soledad nunca es un vacío. La soledad es un estadio lleno de ruinas gritándote en silencio. Y tú, en medio, sin micrófono, sin voz. Ellas hablan por ti con su ruido apagado. Te acompañan como un cortejo fúnebre que nunca cesa, como una procesión interminable donde tú eres a la vez el muerto y el espectador.
No estás solo: contigo habitan tus ruinas. No las odies. No las ames. Déjalas respirar contigo, porque ellas son tu única multitud verdadera. Tu cuerpo no es un templo, es un andamio oxidado que insiste en sostener lo insostenible. Y cada día, con cada palabra que dices, con cada gesto mínimo que repites, otra piedra se desprende, otra grieta se abre, otro polvo se levanta.
Y entonces lo entiendes: el derrumbe eres tú. Las ruinas no te acompañan, te poseen. Y en el instante en que crees estar más solo, más deshabitado, escuchas el rumor inconfundible de su respiración. Allí, en ese murmullo de piedras, en esa música de polvo suspendido, descubres que nunca estarás solo. Nunca.