No hay más allá: hay un hueco donde la luz se suicida de tedio
Lo descubrí en un cuarto barato, con paredes amarillentas y un foco colgando del techo que parpadeaba como un ojo enfermo. El aire estaba impregnado de un olor agrio, mezcla de polvo, cigarrillo viejo y humedad, y en ese parpadeo intermitente comprendí que no había promesa alguna detrás de la claridad, que la luz misma se cansaba de su oficio y quería largarse, no hacia otro mundo, no hacia la redención, sino directo al hueco que se abría en medio del silencio. El hueco no era metáfora, era físico: una boca invisible tragando cada destello, cada intento de permanecer.
Me quedé quieto, mirando cómo el filamento de la bombilla se encendía y apagaba hasta consumirse en un chasquido seco. La oscuridad que quedó no era ausencia, era un cuerpo vivo respirando en el techo, una piel negra pegada a mis párpados, un animal ciego que se acurrucaba dentro de mis huesos. Tal vez siempre había estado allí, esperando que el tedio lo llamara por su nombre, o quizá era yo mismo desdoblándome, inventando un hueco porque no sabía qué hacer con tanta repetición, con el ruido monótono de los días que se aplastan unos contra otros como insectos muertos en una vitrina.
No avancé hacia él: el hueco me tragaba sin moverme, como si cada pensamiento fuera un escalón descendente, como si cada recuerdo me empujara un poco más adentro. Vi desfilar los rostros conocidos —la mujer que una vez amé, los amigos que abandoné, las ciudades donde bebí hasta caer— todos iban cayendo al mismo vacío, sin orden, sin jerarquía, como cartas de una baraja lanzadas al aire. El hueco no discriminaba, no ofrecía consuelo: era un agujero desbordado de imágenes que se corrompían apenas aparecían.
La luz no murió de un golpe heroico, murió aburrida. Fue un suicidio lento, como un vaso de leche que se agria sobre la mesa olvidada, como un reloj que sigue sonando aunque ya nadie lo escucha. Se pegó un tiro en la sien con su propio resplandor, y el eco de esa bala invisible me perforó los tímpanos. Nadie lloró por ella. Ni siquiera yo. Sentí alivio al verla extinguirse, como si por fin alguien hubiera apagado la música de fondo de un bar que nunca cerraba.
El hueco crecía. Lo vi en la esquina de la habitación, entre los muebles, en la mancha de humedad que parecía un mapa sin territorio, y más tarde lo reconocí en mis manos, en mis uñas mordidas, en la piel reseca de mis labios. Se volvió palpable: el vacío tenía textura de ceniza, sabor metálico en la lengua, olor a hierro oxidado. No era ausencia de mundo, era su exceso. Todo rebalsaba y, al rebalsar, se convertía en nada.
Hubo un instante en que dudé: quizá no era un hueco, quizá era solo mi cabeza inventando grietas para justificar su cansancio. Pero la duda no alivió nada, al contrario, lo profundizó. El hueco se volvió espejo, me devolvía la imagen deformada de mi rostro, y yo mismo me reconocía como su órgano, como su vasija. Ya no lo habitaba: él me habitaba a mí.
Y entonces la claridad regresó, no como luz, sino como parpadeo fúnebre: un resplandor opaco que parecía humo de lámpara apagada. Esa claridad no iluminaba nada, solo acentuaba el contorno del hueco, como si dibujara sus bordes para recordarme que no había salida. Comprendí que el suicidio de la luz no era final: era un rito de repetición. La claridad se mata una y otra vez, pero siempre deja un resto, una chispa agonizante que insiste en arrastrarse, un eco terco que no sabe callar.
Me tumbé en el suelo, escuchando ese eco. Sonaba como un saxofón en un bar vacío, notas largas que se arrastraban en la penumbra, seguidas de estallidos bruscos, como vasos que se quiebran en la madrugada. El hueco tenía música, y yo era parte de esa improvisación absurda. Cada latido en mi pecho era un golpe de batería contra el silencio. Cada respiración, un acorde incompleto.
No hay más allá. No hay escaleras, ni ascensos, ni horizontes. Hay este hueco que bosteza con desgano, esta claridad cansada que se dispara en la sien de la eternidad, este silencio que se devora a sí mismo como un perro encadenado mordiéndose la cola. Y yo, testigo inútil, cuerpo arrastrado, sombra que balbucea, me dejo tragar porque no hay otro sitio donde ir, porque el hueco me espera con la paciencia infinita de un dios que ya renunció a existir.