Nadie camina: se arrastran como relojes averiados


Nadie camina. El suelo no reconoce pasos, solo roces húmedos, huellas torpes que se deslizan sin destino. Como si las piernas hubieran olvidado su antiguo pacto con la verticalidad, todo cuerpo se hunde en una especie de viscosidad que no pertenece ni al sueño ni a la vigilia. Se arrastran. No por cansancio, sino porque el tiempo mismo se desplomó: relojes descompuestos palpitan a ras del suelo, su tic irregular se confunde con la respiración enferma de la ciudad.

El aire se coagula en las esquinas, vibra como una membrana rota donde las horas se derraman en manchas informes. Nadie avanza: avanzar sería todavía creer en una línea, en un horizonte, en un compás que marca el camino. Aquí no hay compases, hay jadeos. Los relojes cuelgan de los muros como frutas podridas, goteando un aceite espeso que se adhiere a las manos de quienes se arrastran, impregnando la piel con un olor metálico, como de sangre vieja mezclada con óxido.

Cada cuerpo es un engranaje dañado. No laten, gimen. Las venas no circulan, tiemblan; los huesos crujen como resortes; las bocas murmuran palabras que nunca terminan de salir, sílabas que reptan sobre la lengua antes de disolverse en saliva. El arrastre no es elección: es la única forma de permanecer dentro de un presente que se repite y se desfasa, un compás que nunca cierra. Como si la eternidad hubiese estallado en fragmentos y cada fragmento se arrastrara en direcciones opuestas, sin poder tocarse jamás.

La ciudad respira en planos torcidos. Las ventanas se doblan, los semáforos tiemblan como pupilas ciegas, el suelo se curva bajo la piel de los edificios. Las sombras no acompañan, persiguen: se adelantan, tropiezan, regresan, repiten un movimiento roto que nunca coincide con el cuerpo. Todo es travelling lento: la cámara recorre los pasillos de una estación sin trenes, sigue la huella de un zapato vacío, se detiene sobre un reloj de pared cuyas agujas se arrastran como gusanos luminosos antes de caer.

El silencio no es un vacío, es un rugido grave que atraviesa los huesos. A veces suena como tambor, a veces como saxo enfermo; un jazz sucio que improvisa con la decadencia. El ritmo del arrastre se convierte en música involuntaria: un golpe seco contra el suelo, el roce de un codo, el latido desfasado de un reloj de bolsillo; cada sonido encaja en una orquesta de relojes moribundos que insisten en tocar, aunque nadie recuerde la melodía original.

En las paredes laten grietas como si fueran venas abiertas, y de ellas brota un polvo que arde en la garganta. El polvo también se arrastra: recorre el aire con lentitud viscosa, entra en los pulmones y se queda allí, acumulando capas de siglos sin nombre. Los ojos lloran sin lágrimas, exudan cristales microscópicos que se quiebran en la piel. Caminar es imposible: los párpados pesan demasiado, los músculos se disuelven en un temblor continuo, las rodillas se doblan en ángulos imprevistos, como si respondieran a una geometría secreta.

No hay horizontes. No hay adelante. Solo un presente deformado que se multiplica como un espejo roto: cada reflejo arrastra otro reflejo, cada sombra produce otra sombra, y en esa multiplicación sin fin se disuelve toda posibilidad de dirección. El tiempo es viscoso, fango de horas podridas. El cuerpo que intenta erguirse se hunde, vuelve al suelo, continúa su trayecto horizontal, reptando entre relojes blandos que se derriten sobre las baldosas como frutas bajo un sol envenenado.

La cámara se acerca: plano cerrado sobre un rostro que se arrastra. No hay mirada, apenas un temblor en la pupila, un brillo apagado que recuerda la memoria de un amanecer inexistente. Plano detalle: la mano crispada se adhiere a un reloj caído; lo aprieta, lo exprime, lo arrastra como si de él dependiera la posibilidad de respirar. Plano general: todos los cuerpos se desplazan en oleajes lentos, una multitud de insectos humanos arrastrándose hacia ninguna parte, coreografiados por un director invisible que ya olvidó el guion.

En el arrastre hay una belleza brutal. Como si en la ruina del tiempo naciera una música secreta: la cadencia del fracaso, la armonía del error, la improvisación perfecta del colapso. Nadie camina, porque caminar sería una nostalgia de lo que ya no existe. Se arrastran como relojes averiados, componiendo un ritmo que no se escucha con los oídos sino con los huesos. Y en ese ritmo persiste la verdad: no hay futuro, no hay destino, solo este presente roto que insiste en vibrar, contra todo, como si no hubiera aprendido todavía a apagarse.

La música se detiene de golpe. Nada más.