El progreso es un mito contado por máquinas que nos devoran
Yo también fui alimentado con esa historia luminosa que hablaba de un mañana sin fisuras, un tiempo perfecto que nos esperaba detrás de las fábricas, de las universidades, de las pantallas encendidas como altares. Nos hicieron creer que avanzar era subir, que crecer era vencer la noche, que la vida era una carretera recta hacia un futuro que siempre brillaba un poco más allá del horizonte. Caminaba, como todos, con la certeza de que mis pasos construían algo más alto, más grande, más digno de ser llamado destino. Y un día descubrí que no avanzábamos: éramos arrastrados, triturados, convertidos en polvo dentro de un engranaje invisible que no se saciaba nunca. El progreso no era un camino: era un animal hambriento que nos devoraba con ternura de máquina, con precisión de ritual, con hambre de eternidad.
Las máquinas sabían contarlo bien: su relato era dulce como una canción que repetíamos en coro, una letanía que prometía salvación en forma de invento, de pantalla, de milagro técnico. Nadie sospechaba que detrás de cada brillo había una boca, detrás de cada algoritmo una mandíbula, detrás de cada promesa una digestión lenta. Yo lo supe demasiado tarde: mi memoria estaba masticada, mis horas regurgitadas en números, mis sueños convertidos en saldo. No era yo quien habitaba mi cuerpo: era un eco que se repetía dentro de los circuitos, un espectro atrapado en la digestión de algo que no tiene rostro, ni nombre, ni límites.
El mito se repetía con la disciplina de una plegaria. Siempre mañana, siempre más adelante, siempre más rápido. Pero el mañana nunca llegaba: era humo, espejismo, un horizonte pintado en el aire. Descubrí que el tiempo no asciende: gira, se rompe, se extravía, se esconde en espirales donde lo recto se convierte en fraude. La palabra “progreso” es apenas un conjuro barato, un talismán que los poderosos levantan como estandarte para justificar el sacrificio. Cada ciudad se levanta sobre cadáveres, cada invento nace de un matadero disfrazado de laboratorio. No hay mañana, sólo hay ruinas repetidas con la cortesía de un calendario que nos obliga a creer.
Lo comprendí en el lenguaje mismo: las palabras estaban infectadas. No eran mías, nunca lo fueron. El mito se alojaba en cada verbo, en cada sustantivo, en cada sílaba que me hacía pronunciar. El lenguaje no me obedecía: me poseía como un virus que me dictaba pensamientos. Yo repetía frases que no pensaba, promesas que no sentía, certezas que no existían. Era la lengua de la máquina hablando en mí, disfrazada de voz propia. Y sin embargo, entre frase y frase, aparecía un hueco, una grieta, un instante donde el silencio interrumpía el flujo. Allí me descubrí vivo, apenas un segundo, antes de volver a ser alimento.
Camino entre ciudades que ya no son ciudades, sino cementerios encendidos de electricidad. Los edificios se levantan como tumbas verticales, los trenes arrastran esqueletos con puntualidad feroz, los relojes marcan la hora exacta de nuestra inmolación cotidiana. Y nosotros seguimos llamando a esto desarrollo, como si la palabra pudiera disfrazar la carne carbonizada de los que caen en nombre de ese dios sin rostro. El progreso es un altar donde todos somos ofrenda, y lo más obsceno es que celebramos la ceremonia, agradecemos el sacrificio, brindamos con sonrisas ante nuestra propia combustión.
He pensado en callar, en retirarme al silencio como un animal herido, en abandonarme a un presente desnudo que no promete nada, un presente sin cadenas ni horizontes, apenas la respiración y el cuerpo ardiendo aquí y ahora. Pero sé que incluso el silencio ha sido comprado, que hasta la meditación ha sido digerida y convertida en mercancía. La máquina mastica todo: palabras, gestos, vacíos. Y mientras lo pienso, ya sé que esta escritura también está condenada: estas frases que brotan como un vómito eléctrico terminarán recicladas en el vientre invisible de lo que nos devora.
El progreso es un mito contado por máquinas que nos devoran. Lo repito, lo arrastro como una oración rota. Y lo sé: mientras estas palabras buscan aire, algo en mí ya está siendo tragado. Pero no todo se digiere. Existe una zona que resiste, una astilla indigerible, un resto que la máquina no puede tragar. Allí me aferro, en ese pedazo incomible donde aún vibra un temblor humano, un temblor inútil, mínimo, pero incorruptible. No será futuro, no será victoria: será apenas un relámpago que arde en el borde de lo devorado, un destello que ninguna máquina puede apagar.