Abriste fuego
Encendiste algo cuando dijiste que nada podía tocarte, como si hubieras nacido bajo una piel hecha de sombra endurecida o de un metal que la noche olvidó pulir. Te escuché sin interrumpir, aunque por dentro algo se rompió con un chasquido mínimo, una especie de latido torcido que buscaba salir por la boca como una blasfemia cansada. Me pregunté qué clase de criatura dice semejante cosa sin temblar. ¿Te habías vuelto invulnerable o era sólo arrogancia maquillada con silencio? Esa frase tuya dejó flotando un olor a pólvora que nadie quiso nombrar.
Desde entonces camino con la sensación de que el aire podría estallar si respiro demasiado. No afuera: adentro. Hay un punto entre la tráquea y el pecho donde el fuego se condensa como un animal acorralado, un núcleo tibio que vibra cuando pienso en ti, como si una brasa insistiera en mantenerse viva incluso dentro de la ruina. Me pregunto si lo provocaste a propósito, o si simplemente jugabas con palabras huecas sin imaginar que podían convertirse en una herida. ¿Sabías que esa frase tuya aún me persigue como un perro negro o que aprendió a oler mi miedo?
La ciudad se estira cada noche, como si quisiera devorarme los tobillos, como si sus esquinas fueran bocas abiertas a la espera de que tropiece. Avanzo con el pulso acelerado, escuchando el eco de mi propia respiración, que a ratos no parece mía. Las luces laten con un ritmo irregular, casi biológico, como si cada farola escondiera un corazón enfermo. A veces creo que el pavimento susurra cuando paso, no palabras sino vibraciones que se pegan a mis piernas. ¿Cuándo fue que la ciudad comenzó a observarme así, con esa paciencia depredadora?
El fuego aparece en ráfagas mínimas. Un roce contra la piel, una lengua caliente de aire, un escalofrío que sube por la columna y se queda suspendido en la nuca como una advertencia. No sé si estoy encendiéndome o si algo me enciende desde afuera, como si manos invisibles manipularan los hilos de mi cuerpo. De repente me detengo, toco una pared, siento su textura áspera, y el calor brota desde dentro del concreto. ¿La ciudad respira? ¿O soy yo quien la escucha demasiado cerca?
Me descubro hablando solo. O tal vez no estoy solo. Hay un murmullo que se superpone con mi pensamiento, un sonido que no viene del mundo ni de mi cabeza. Cuando susurra, me obliga a cerrar los ojos. Cuando calla, duele. ¿Qué quiere esa voz? ¿Qué usa de mí? A veces siento que exhala a través de mis pulmones, como si mi cuerpo fuera apenas un instrumento mal afinado. Caminé así, medio poseído, medio rendido, preguntándome si la cordura era una moneda que ya gasté sin darme cuenta.
En medio de ese trance apareció un doblez en el aire. No luz, no sombra: un pliegue. Un rasguño en la textura del mundo. Me acerqué sin razonarlo, atraído como un insecto que se deja guiar por un destello que no comprende. Dentro del pliegue había una silueta. O quizá era mi propia silueta reflejada desde afuera del tiempo. Tenía forma humana, pero parecía hecha de humo contenido, como si fuera un cuerpo en pausa, un futuro interrumpido. La miré con una mezcla de rabia y miedo. ¿Qué se supone que haga uno cuando se encuentra con su propia huella ardiendo sin fuego?
La mandíbula se me aflojó. La risa salió como una grieta húmeda, con olor a madera vieja. Comprendí que el fuego no era un fenómeno: era una invitación. Un rito que había comenzado sin mi consentimiento. El pliegue vibró y detrás de esa vibración algo se abrió paso, un pulso que no sabía si era mío. Me pregunté si sobrevivir y arder eran en realidad la misma cosa y si había alguna diferencia entre caer dentro del fuego o dejar que el fuego caminara hacia mí.
Cuando crucé el pliegue, el mundo se volvió líquido. No había arriba ni abajo. Sólo un latido mineral que golpeaba como un tambor enterrado bajo mis costillas. Mi piel se volvió línea. Mi nombre se volvió humo. Mis recuerdos se desordenaron como un mazo de cartas lanzado al suelo por un niño impaciente. Vi imágenes que no pertenecían a ningún tiempo: animales que murmuraban con gestos, rostros sin ojos, montañas que se movían como si intentaran respirar. Nada se entendía. Todo significaba. ¿Era eso morir? ¿O era apenas la antesala?
Algo me tocó desde adentro. Una carcajada. Una idea simple, brutal, que atravesó mi cuerpo: no abras fuego si no estás dispuesto a ser consumido. El mensaje no venía de un dios, ni de un espíritu, ni de ninguna cosa con forma. Era fuego hablándose a sí mismo a través de mí. Comprendí que no había camino de vuelta para quien escucha semejante sentencia.
Regresé a la calle como un sobreviviente sin rostro. El cielo tenía un color que no supe descifrar, una mezcla entre niebla y metal. Miré mis manos: un humo azul salía lento entre los dedos, como si anunciara un destino que aún no alcanzo a leer. Caminé. No tenía rumbo. La ciudad ya no quería devorarme porque algo en mí quedó más oscuro que ella.