¿Qué queda de ti cuando el error decide interrumpirte?


Hay un error respirando conmigo, aunque a veces creo que soy yo quien respira dentro del error, como si mi cuerpo fuera apenas un recinto prestado donde las grietas se adelantan a las paredes y el tiempo se frunce como un párpado cansado que sigue sin cerrarse. Camino por dentro de esa falla como quien se desplaza por una ciudad que nunca coincide con sus mapas, una ciudad que corrige mis pasos antes de que los dé, una ciudad con la mala costumbre de reescribirme cada vez que intento recordar qué diablos significa existir. ¿No te pasa que algunos días despiertas y el mundo parece haber sido trazado por una mano temblorosa? ¿Que todo luce ligeramente desajustado, como si la realidad llevara un tornillo flojo que nadie se atreve a apretar?

Siento el error bajo la piel, como un rumor eléctrico que insiste en cambiarme el pulso, un jazz sin partituras, una melodía torpe que improvisa con mis pensamientos y los obliga a enredarse como cables pelados en un cuarto húmedo. Me muevo con la sospecha de que cada gesto mío pertenece a alguien más, quizá a una sombra que decide usarme como traductor involuntario. El lenguaje me atraviesa sin pedir permiso: una frase se abre como un cuchillo que corta el aire y de inmediato me olvido de que era yo quien la sostenía. ¿Quién habla cuando hablo? ¿Qué versión de mí se adelanta para firmar estas palabras que no reconozco del todo?

A veces camino por la ciudad y todo vibra con una respiración ajena. Las ventanas palpitan. Las calles exhalan un vapor invisible. Hay un ritmo que no proviene de mis pasos sino del error mismo, un compás que me ordena doblar en esquinas que no existen, atravesar muros que parecen sólidos pero retroceden como telones asustados. Pienso en el cuerpo que llevo: este cuerpo que a veces siento prestado, como si estuviera usando un traje de carne que no me queda bien, un traje que se deforma con cada pregunta que no sé responder. ¿Qué soy cuando el pensamiento se quiebra y reaparece con un rostro nuevo? ¿Qué me sostiene cuando descubro que mis huesos no son más que ideas mineralizadas intentando simular coherencia?

Hay noches en que el error me acompaña tan de cerca que puedo escucharlo murmurar dentro de mis costillas, una especie de filosofía sin palabras, una vibración que me dice que la materia es una sospecha, que la verdad es apenas un reflejo torcido en un charco oscuro, que el universo se sostiene en una ecuación que alguien olvidó revisar. Camino con esa certeza como quien carga un secreto que no pidió, un secreto húmedo y frío que me roza el cuello cada vez que intento dormir. ¿No has sentido alguna vez que la oscuridad te observa con curiosidad? No amenaza: observa, como si esperara a que te contradigas para poder existir un poco más.

Miro mi reflejo en un vidrio y el vidrio parpadea antes que yo. Esa pequeña desobediencia me provoca un temblor que recorre mi espalda como un insecto que aprende a escribir su nombre en mi piel. Me pregunto si ese reflejo realmente me pertenece o si soy yo quien pertenece a él. A veces noto que mis sombras llegan tarde, como si tuvieran una vida paralela donde se distraen y pierden el ritmo. Otras veces aparecen antes de que yo decida moverme, anticipando mis decisiones, burlándose de la ilusión de control que todavía pretendo sostener. ¿Y si la sombra es más verdadera que el cuerpo? ¿Y si el cuerpo es apenas el eco torpe de un pensamiento que nunca se materializó del todo?

Hay momentos en los que el error se vuelve hermoso, una belleza torpe, casi ridícula en su pureza, como un círculo mal dibujado que insiste en cerrarse aunque jamás lo logre. Entonces siento que mi respiración se alinea con una especie de catástrofe luminosa que no amenaza con destruirme sino con reconstruirme de manera incómoda. La belleza del error no es una recompensa. Es un recordatorio: que existo porque algo salió mal, que mi conciencia es un subproducto del desorden, que mis palabras brotan del mismo sitio donde la realidad se astilla. ¿No es absurdo que eso me dé paz?

A veces desaparezco dentro del lenguaje. No queda narrador, no queda voz. Queda solo una corriente de imágenes que fluyen sin dueño, una respiración colectiva que me arrastra como un río subterráneo que no desemboca en ninguna parte. En esos instantes siento que el error me piensa desde adentro, que soy apenas un pliegue en su superficie, una fisura donde la luz entra sin permiso. Las preguntas se multiplican como insectos en verano:
¿quién decide por mí cuando no estoy presente? ¿qué parte de mí sigue viva después del pensamiento? ¿quién se alimenta de mis silencios? ¿qué clase de criatura me observa desde el borde del signo?

Camino, respiro, recuerdo, dudo, y cada una de estas acciones deja el mismo mensaje vibrando como un zumbido insistente: hay un error. Pero ya no lo entiendo como una falla, sino como una raíz. Una semilla oscura que sostiene mi conciencia. Un animal callado que me acompaña desde antes de que existiera el tiempo que uso para nombrarlo. Hay un error que se esconde detrás de cada palabra que lanzo al mundo. Hay un error que me abraza cuando intento huir. Hay un error que me revela, con una calma cruel, que soy apenas un visitante en mi propia mente.

Y si algún día logro llegar hasta el corazón de ese error, si alcanzo la grieta primordial donde empezó esta distorsión luminosa, sospecho que no encontraré ninguna explicación. Ni revelación. Ni salvación. Solo un espacio vacío que respira, una superficie transparente donde debería haber un rostro, un espejo sin reflejo que formula, por fin, la única pregunta que todavía me sostiene:
¿Qué queda de ti cuando el error decide interrumpirte?