La noche me recibe con ese olor leve a electricidad
La noche me recibe con ese olor leve a electricidad, como si alguien hubiera desconectado el pulso del mundo por un segundo y yo fuera el único que lo notó, y me detengo en mitad del cuarto sin decidir si pertenezco al aire o al piso o a este borde movedizo donde mis pensamientos se doblan y crujen como huesos cansados, y sonrío no por valentía sino por esa torpeza luminosa que me obliga a responder con risa cuando el abismo se acerca demasiado y me susurra al oído que hoy tampoco habrá respuestas, que el orden es una superstición inventada por gente con miedo y que yo, con toda mi torpeza mística, estoy destinado a caminar dentro de un laberinto que se reescribe con cada parpadeo.
Camino hacia la ventana como quien avanza por un sueño viscoso, entre luces que palpitan como organismos indecisos, y al abrirla siento que la ciudad me observa desde sus ruinas calientes, sus edificios respirando con paciencia enferma, sus callejones vibrando con un zumbido que se parece demasiado a un secreto mal dicho, y no sé si es el viento o la sombra de algo que no alcanzo a nombrar lo que roza mi piel y me hace preguntar si esta noche también voy a sobrevivir a mi propio vértigo o si, por fin, el peligro decidirá en su capricho inclinarme hacia esa nada que siempre está al borde, mirando con curiosidad cómo sigo sosteniéndome con palabras que tiemblan.
La ciudad no habla, pero miente con una elegancia insoportable. Todo lo que veo parece a punto de moverse, de cambiar de forma, de revelarse como otra cosa y, aun así, se queda quieto, fingiendo estabilidad mientras en su interior hierve el caos más antiguo. Me pregunto si tú también lo sentirías si estuvieras aquí, esta vibración que corre por los cables, por las paredes, por mis huesos, un rumor que no dice nada pero lo insinúa todo, una especie de latido que no pertenece a ningún cuerpo, un ritmo que no se deja atrapar. ¿No es absurdo que todavía busque sentido en este ruido? ¿No es hermoso que el ruido responda con más ruido cuando le pido claridad?
Vuelvo al cuarto y me deslizo entre los objetos tirados con cierta delicadeza —como si fueran restos arqueológicos de mis versiones anteriores— y ahí, entre papeles rotos, cristales que reflejan un rostro que me desconoce y un reloj detenido que se ríe de mi insistencia en medir algo que no existe, aparece ese pensamiento que siempre regresa cuando las madrugadas se deforman: tal vez la vida no quiere ser entendida, tal vez la conciencia es apenas un mal truco que usamos para no admitir que somos un eco sin origen, una chispa que no recuerda su incendio. Y aun así insisto en preguntar, como si cada pregunta fuera una llave hacia una puerta que se rehúsa a existir. ¿Qué busco exactamente cuando interrogo al vacío? ¿Qué espero del silencio cuando ya sé que no responde?
Abro la puerta al balcón y dejo que el aire me atraviese. El viento trae polvo, trae restos de conversaciones ajenas, trae fragmentos de algo que podría ser un recuerdo o un destello o una advertencia, no lo sé. Me apoyo en la baranda y cierro los ojos para escuchar mejor ese mantra profundo que se arrastra detrás de todo, ese murmullo que parece venir de un lugar anterior al lenguaje. ¿Qué pasaría si me dejo caer en ese sonido? ¿Si renuncio a las palabras y permito que las cosas ocurran sin que yo trate de sostenerlas? A veces pienso que el verdadero peligro no está en caer, sino en entender demasiado.
Y sonrío. Porque la risa se abre paso incluso cuando el mundo se desarma en mi pecho. No es risa alegre ni triste; es una fisura. Una señal. Un pequeño incendio que me recuerda que seguir aquí ya es una insolencia. El peligro me mira como a un viejo amigo que nunca aprende, como si supiera que voy a repetir la misma coreografía de dudas, el mismo ritmo entrecortado donde cada pensamiento tropieza con el siguiente y aun así se mantiene en movimiento. Qué arrogancia tiene la vida al seguir latiendo aunque nadie se lo pida. Qué arrogancia tengo yo al seguir buscándole sentido.
La noche se estira. La ciudad suspira. Yo me diluyo un poco. Pero no desaparezco. Camino dentro de mí como quien recorre un pasillo que cambia de forma, un pasillo que nunca termina, un pasillo que a veces soy yo mismo. Y cuando todo se vuelve demasiado denso, demasiado oscuro, demasiado verdadero, vuelvo a sonreír porque el caos me reconoce y me saluda, y en esa bienvenida inexplicable encuentro algo parecido a la calma, una calma torcida, sí, pero mía.
Quizá la sonrisa es mi manera de no caer por completo. Quizá es mi forma de hablar con lo incierto sin pronunciar palabras. Quizá es apenas una luz pequeña que vibra entre dos sombras enormes. Pero mientras exista, mientras siga apareciendo en el momento más improbable, mientras el peligro mantenga su mano sobre mi hombro sin empujarme del todo, yo seguiré aquí, en este borde sin nombre, respirando lo que queda, sosteniendo la noche como si fuera mi última tarea.