Escupo poesía sobre un televisor apagado
Escupo poesía sobre un televisor apagado y el vidrio recibe la saliva como si fuera un antiguo ídolo abandonado, un tótem sin culto que todavía finge memoria. La electricidad murió hace siglos en algún rincón inaccesible del aire, y el polvo que cubre la pantalla respira como piel fósil desprendida de mi cuerpo durante una vigilia interminable. Creo, a veces, que el aparato me observa desde su ceguera: un dios mudo que exige devoción sin ofrecer revelación, un oráculo reventado en su propio silencio eléctrico. Nada suena, pero el silencio zumba con la obstinación de una máquina que se niega a aceptar su muerte y sueña en secreto con el ruido que ya no produce. No hay señal, no hay programa, no hay mundo. Solo este resplandor difunto donde el lenguaje intenta erguirse y, al hacerlo, se desploma.
Las palabras que arrojo contra el vidrio se deforman en la superficie, corren hacia abajo como insectos febriles, se pudren, se abren en una luz mínima que vibra sin transmitir. No busco comunicar nada. Me basta contaminar el aire con una poesía inútil que no salva ni destruye: ocurre y basta, pulsa como un orgasmo místico que no encuentra cuerpo ni retorno. El poema no tiene hambre de lectores; exige testigos. No se escribe: irrumpe, exhala, se expulsa desde algún lugar donde todavía tiembla la respiración.
La poesía domesticada me cansa. Esa farsa que pretende ofrecer verdad, consuelo, trascendencia. La quiero sucia, tartamuda, eléctrica, viva como un animal torcido en mitad de un basurero espiritual. Una lengua que sude, que gima sin razón, que se retuerza frente a las vírgenes digitales y los dioses del marketing que gobiernan el espíritu del mundo. Porque la humanidad se entregó a la pantalla, cayó de rodillas ante la luz manufacturada, y lo único que alcanzo a ofrecerle es mi saliva como gesto mínimo de resistencia. No oración, no fe, no súplica. Solo este acto, irreverente y ridículo: escupo.
Cada palabra pegada al vidrio avanza hacia el borde inferior como si buscara colarse en el aparato, infiltrarse en los circuitos, colonizar el vacío. Me pregunto si un verso podría incendiar un transistor, si una metáfora podría reanimar un panel, si la poesía podría provocar el milagro de un cortocircuito que devuelva al mundo algo parecido al alma. Tal vez la única salvación que nos queda sea la falla eléctrica. Una interrupción. Una interferencia que raje la conciencia. Tal vez el espíritu no sea más que eso: una vibración mal sincronizada.
He visto la devoción de los cuerpos frente al televisor encendido: rostros quietos, respiraciones suspendidas, pupilas tragadas por el brillo. Hay una solemnidad enfermiza en esa postura. Ya no necesitamos templos: la industria fabrica liturgias de 32, 45, 60 pulgadas. El milagro es la transmisión; la plegaria, la señal. Y yo prefiero el ruido blanco, la implosión de la imagen, el hueco donde se fractura la forma. Ese ruido encierra un rumor más cercano al espíritu que cualquier transmisión exitosa.
La poesía ocurre cuando la pantalla se apaga, cuando la imagen colapsa y la imaginación se ve obligada a parir sombras nuevas. Escupo porque todavía creo en la posibilidad de ensuciar lo sagrado, deformar el mensaje, quebrar la sintaxis y forjar un idioma que no pueda reducirse a mercancía. ¿Para qué seguir hablando si cada palabra fue comprada? ¿Para qué seguir mirando si los ojos fueron domesticados por la luz artificial?
El televisor, inmóvil, me devuelve un reflejo distorsionado: soy todos los rostros que alguna vez esperaron una señal. Un mendigo del verbo, un predicador fracasado, un aparato defectuoso intentando transmitir un código que nadie pidió. Las frases se revientan en la superficie y regresan hacia mí como balas ralentizadas. Y aun así continúo. Escupo. Porque ese gesto inútil sostiene mi respiración más que cualquier plegaria.
No busco redención. En la poesía solo encuentro fiebre, lucidez, sombra. Una rabia que se enciende y quema la garganta hasta volverse luz tambaleante. Si existe un dios, debe ser una frecuencia desorientada que olvidó cómo sintonizarse. Si existe la verdad, se oculta entre interferencias que nadie escucha. Yo camino entre esas chispas, arruinado, obstinado, iluminado por un resplandor sin origen.
Cierro los ojos. Respiro el polvo que tiembla entre la pantalla y mi boca. Lo trago, lo muerdo, lo convierto en palabra. Y la palabra, como toda blasfemia verdadera, se transmuta en plegaria sin nombre. El poema se disuelve, pero el eco queda suspendido en este cuarto sin fe: una vibración que oscila entre la oscuridad y el televisor apagado.