Quémalo todo y reza después


El fuego nació sin permiso. No apareció como metáfora ni como amenaza: ya estaba respirando detrás del esternón, moviendo su sombra dentro del sueño hasta que el sueño no pudo sostenerlo. Abrí los ojos con la lengua cubierta de humo y una lucidez punzante que no buscaba salvarme, solo consumirme. No era dolor; era un filo de claridad que exigía combustión. Comprendí que debía incendiarlo todo. No en nombre de una purificación barata, sino para despojarme de aquello que se pegó a mí con la saliva de otros: los nombres heredados, las plegarias que repetí por inercia, los discursos que presumen vida aunque no respiran. Quemarlo todo para que al fin algo pueda exhalar desde el hueco.

Las calles ardían en devoción encapsulada. La fe se vendía en frascos de bolsillo. Los templos vibraban con un incienso digital que olía a plástico aromatizado. Las pantallas predicaban salvación en cuotas mensuales mientras sus feligreses aplaudían la ilusión de una iluminación instantánea. La gente hablaba de luz como quien repite un eslogan que nunca ha probado contra su propia retina. Los santos se actualizaban al ritmo del mercado y las oraciones funcionaban como un software moral que premiaba la obediencia. Yo caminaba entre peregrinos que cargaban dioses portátiles, escuchaba sus plegarias exportadas desde algún manual emocional. Nadie quería arder, solo simularlo. La ceniza, pobre ceniza, no tenía validación social.

Entonces el fuego habló sin lenguaje. Me dijo que no destruye: revela. Lo falso se licúa por su propio miedo. Lo verdadero canta mientras cae. Empecé por incendiar la infancia, ese museo sentimental donde las vitrinas conservaban huesos de ternura disecada. Dejé que ardieran las palabras repetidas sin convicción, los retratos que pretendían amor, los rituales heredados que nunca habían sido míos. Todo se desprendió de su máscara y cayó en silencio. El humo sabía a una pérdida antigua que por fin encontraba cuerpo para despedirse. ¿Qué queda después del incendio? Una vibración desnuda, un pulso sin identidad que insiste con obstinación: sigue, incluso si no recuerdas hacia dónde.

El fuego comenzó a escribirme desde adentro. El pensamiento dejó de argumentar: se derritió hasta ser apenas temperatura. Las plegarias no sobrevivieron. Se abrieron, se doblaron, se fragmentaron, se hicieron sonido sin intención. El lenguaje se entregó a un temblor primario que no explicaba nada. Rezar fue dejar que las palabras murieran a su propio tiempo, hasta convertirse en aire caliente, hasta que ya no fueran palabras sino ritmo. En esa respiración surgió el silencio: no como ausencia, sino como un animal vivo. Y cuando lo escuché, también me quemó.

Caminé sin buscar dirección, como quien atraviesa una ceremonia que se improvisa con cada paso. El suelo pulsaba. El aire tenía sabor metálico. Cada sombra parecía encender su propio núcleo. La ciudad, lejos de ser escenario, mutaba conmigo: era un organismo que ardía desde sus arterias eléctricas. Los edificios goteaban luz derretida, los cables respiraban, las voces se evaporaban en una sinfonía lenta. Pensé que tal vez el infierno no era un castigo, sino un estado excesivo de lucidez. Una iluminación tan brutal que resultaba insostenible para cualquiera que aún se aferrara a la comodidad del discurso.

Me salvé del exceso místico gracias al sarcasmo, ese pequeño escudo que evita la solemnidad. Verlos rezar frente a pantallas encendidas con los ojos cerrados era un espectáculo casi tierno: la fe convertida en circo eléctrico, la eternidad disfrazada de formato comprimido. Rezaban esperando una notificación divina, una respuesta automática del supuesto servicio al cliente del cosmos. No me reí por crueldad. Me reí porque me dolía. Los dioses no se fueron por indignación; se fueron porque se aburrieron de tanta coreografía espiritual mal ensayada.

El fuego seguía creciendo. Lo sentí respirar en los cables subterráneos, en los cristales rotos, en las pupilas vacías de quienes ya no sentían nada. Avanzaba con la serenidad de lo inevitable. Al escucharlo, descubrí que tenía ritmo. Era jazz. Un saxofón tocado por algo que no necesitaba cuerpo. La realidad improvisaba sobre mis huesos, desarmaba mi piel en espirales de luz tibia. Cada nota me preguntaba sin palabras: ¿quién es realmente consumido aquí?

El “yo” se deshizo antes de que pudiera responder. No había sujeto. No había testigo. Solo combustión. El fuego hablaba a través de mí o quizás yo era la resonancia mínima de su música. El cuerpo se diluyó en un soplo. Lo que quedaba era respiración pura, un pulso sin origen, una intensidad que no pertenecía a nadie. El fuego se volvió blanco. No dolía. Era transparencia. En esa claridad, el miedo cayó de sí mismo. No lo vencí. Solo dejó de existir porque ya no encontraba un cuerpo donde esconderse.

Recé. No para comunicarme con algo, sino para coincidir con lo que ardía. Rezar fue inhalar el vacío y escucharlo latir. No había interlocutor. No había promesa. Solo vibración. Toda plegaria, comprendí, es un eco del fuego primordial, una memoria del primer estallido. El silencio es su retorno. Su modo de recordar que seguimos aquí, aunque no sepamos muy bien para qué.

El mundo se desmoronó, o tal vez mutó hacia una forma que ya no tenía límites reconocibles. Los templos parecían flores negras abriéndose al amanecer. Las voces humanas se mezclaron en un alarido que, sin querer, armonizaba. La ruina brillaba con una belleza insoportable. Comprendí que nada muere: todo cambia de estado. El fuego, en su austera honestidad, no ofrece redención. Ofrece verdad. Su única función es revelar. Y cumplía su tarea sin pedir aplausos.

Cuando la última brasa cayó, ya no quedaba oración posible. Solo respiración. Sólo un ritmo. Un pulso anónimo. Y esa fue mi forma de rezar después de quemarlo todo.