Meditaciones de un animal eléctrico


Un día cualquiera el corazón decidió traicionarme. No explotó ni implosionó: simplemente dejó de participar, como si el músculo hubiera descubierto que la vida era un trámite absurdo y prefirió tomarse un descanso sin avisar. En ese silencio anómalo escuché otra cosa respirar dentro del cráneo, un rumor azul que no obedecía a la sangre sino a la materia misma, un jadeo leve que ascendía y descendía como si el universo hubiera conectado un cable directo a mi conciencia para recordarme que nunca fui carne sino chispa, que cada célula era apenas un vestigio de incendio, que todo lo que creo sentir no ocurre sino que se condensa, vibra, se fuga como un relámpago tímido que jamás encontrará la tierra y aun así insiste en brillar con arrogancia.

A veces sospecho que la conciencia no nació como don sino como glitch. Imagino a la primera neurona despertando por accidente, encendiendo una luz inútil en una habitación vacía mientras el resto del cosmos bostezaba, y desde entonces seguimos atrapados en esa lámpara defectuosa, creyéndonos iluminados mientras parpadeamos de miedo, y cada pensamiento se revela como interferencia, cada idea como ruido en un sistema que no pide permiso para fallar. Somos bombillas nerviosas temblando en la penumbra, orgullosas de su pobre luz.

Respiro electricidad igual que otros fuman silencio. No me calma, apenas mantiene despierto este organismo cansado. El aire sabe a metal, y cuando intento pronunciar palabras se derriten entre los dientes, como si la lengua fuera un cable sin aislamiento dispuesto a electrocutar cada sílaba. No distingo si medito o me quemo. La frontera se diluye y yo sigo aquí, inhalando chispazos como quien busca respuestas en un apagón.

Busco sentido en cada resplandor. Me acerco al lenguaje como si fuera un interruptor oculto. Me digo que pienso, pero sé que sólo descargo archivos viejos de mí mismo, repeticiones degradadas de un espíritu sin actualización. Mi espiritualidad presume tener buen wifi, pero por dentro la conexión falla, se corta, me devuelve mensajes corruptos. A veces me creo sabio y un minuto después ladro al vacío como un perro eléctrico con complejo de profeta, y esa mezcla patética de delirio y lucidez termina por divertirme más de lo que debería.

He descubierto que el alma se comporta igual que una batería gastada: se drena con cada emoción y sólo recupera energía cuando la olvido. En los días afortunados sostengo un pensamiento sin que se apague el sistema. En los otros, sólo escucho el chasquido de un circuito colapsando, una vibración mínima que anuncia el derrumbe. Tal vez meditar sea eso: aprender a disfrutar el cortocircuito, abrazar el chisporroteo y agradecerle su sinceridad.

Hay noches en que miro el reflejo y no distingo un rostro. Lo que veo es un resplandor difuso, una silueta hecha de ruido luminoso. Me río, no por valentía sino por ese último resto de humanidad que aún conserva la risa sin haber sido digitalizado. Me río de mi fe ridícula, de mis ansias de trascender, de la solemnidad con que pretendo acercarme a lo divino, cuando lo divino no tiene intención alguna de acercarse a mí. La risa es mi antivirus espiritual.

A veces el pensamiento se apaga a mitad de camino, como si alguien desconectara el interruptor del sentido. En esos segundos el universo se pliega sobre sí mismo y aparece un silencio absoluto, una oscuridad sin nombre que no asusta porque no necesita hacerlo. Allí comprendo que la iluminación no es claridad sino ceguera, que la sabiduría se alimenta de ausencia y que lo divino jamás alumbra: se esconde, retrocede, se retira para que uno tropiece con su propia sombra y crea haber encontrado un camino.

Entonces dejo de fabricar ideas. El cuerpo toma el mando, recuerda que existe, suda, respira, vibra igual que una lámpara vieja que se niega a morir. El corazón murmura como transformador saturado y la mente zumba como motor quemado. Todo gira, todo se recalienta, y yo me dejo ir sin esperar redención. La vida no ofrece salvación, sólo voltaje.

El animal eléctrico despierta dentro de mí y sonríe con ironía. Dice que no tengo destino, que mi misión consiste en mantener el circuito abierto hasta el final. Que cada palabra que escribo es apenas una chispa intentando abrirse paso en la tiniebla. Que la fe es un mal contacto. Que el amor es una sobrecarga. Que pensar es una forma elegante de autoelectrocutarse. Me habla en susurros estáticos, con la paciencia cruel de quien conoce el final del experimento: no temas al apagón, dice, es sólo la otra cara de la luz. No existe alma ni máquina, sólo flujo. No existe yo ni tú, sólo la vibración que finge separarse para reconocerse. Y cuando por fin creo entender algo, me interrumpe una risa remota, una carcajada sin dueño que se burla de mi entusiasmo.

He dejado de buscar respuestas. Si me apago, me apago. Sin súplica, sin drama. Una chispa que se disuelve en el ruido del cosmos, una nota mínima en el gran jazz de la materia, un destello sin memoria atravesando la penumbra.

Nada termina.
Sólo cambia la frecuencia.