Calles desiertas


La ciudad no murió cuando sus habitantes se fueron. Murió el día en que descubrió que podía seguir funcionando sin necesidad de recordar sus nombres. Las farolas continuaron encendiéndose con puntualidad burocrática, los semáforos cambiaron de rojo a verde para nadie, las puertas automáticas siguieron abriendo una cortesía dirigida al vacío y las vitrinas conservaron el brillo impecable de los cementerios bien administrados. La modernidad tiene un talento extraordinario: consigue que hasta la ausencia parezca un servicio eficiente. Camino entre edificios que respiran con pulmones eléctricos y pienso que las ciudades no envejecen; aprenden a borrar sus fantasmas sin dejar manchas sobre el pavimento. Después me corrijo. No. Los fantasmas nunca desaparecen. Somos nosotros quienes dejamos de reconocer su idioma.

Al final de la tarde la luz comienza a retirarse de las fachadas con la lentitud de un animal herido. Las sombras ocupan las esquinas donde antes se detenían los nombres. No estoy solo. Ninguna calle desierta está verdaderamente vacía. Hay demasiadas respiraciones atrapadas en el ladrillo, demasiadas conversaciones sedimentadas bajo el asfalto, demasiados pasos insistiendo desde una memoria que el urbanismo jamás consiguió pavimentar. El abandono trabaja aquí como un funcionario ejemplar: llega temprano, barre las aceras, clasifica las ruinas, archiva los derrumbes y coloca una etiqueta discreta sobre cada herida para que nadie confunda la decadencia con una emergencia. 

Me dijeron que la civilización era la victoria definitiva sobre el caos. Mentían con una educación admirable. La civilización aprendió a fabricar soledades en serie, iguales, apilables, perfectamente iluminadas. Hay restaurantes donde los cubiertos esperan comensales evaporados, escaparates donde los maniquíes exhiben ropa para cuerpos que quizá nunca existieron, bancos oxidados cuya paciencia supera la de muchos santos. Todo permanece en su lugar. Precisamente ahí comienza la catástrofe. El orden también puede pudrirse. Más lentamente. Con mejores modales. Las ciudades terminan pareciéndose a ciertos pacientes que continúan respirando mucho después de haber olvidado por qué siguen vivos.

Camino. Gasolina. Campanas oxidadas. Ascensores detenidos entre dos pisos. Un perro ladra detrás de una persiana cerrada y el eco responde desde una iglesia vacía. El saxofón de un músico callejero atraviesa varias cuadras antes de quebrarse contra un edificio de vidrio. Improvisa. Se equivoca. Regresa. Ninguna melodía digna conoce el camino recto. Tampoco el pensamiento. Las palabras empiezan a desprenderse de las cosas como yeso viejo. Una puerta ya no conduce a una casa; conduce a todas las veces que nadie se atrevió a cruzarla. Una ventana no abre hacia el cielo; abre hacia la sospecha de que el cielo fue la primera construcción abandonada por sus arquitectos.

En una plaza encuentro un monumento cubierto de polvo y excremento de palomas. La cámara de vigilancia instalada sobre su cabeza parece más importante que el héroe representado. Magnífica evolución de la historia: primero adoramos a los libertadores; ahora veneramos los dispositivos que certifican nuestra obediencia. El poder dejó de llevar uniforme. Prefiere parecer mobiliario urbano. Lo más inquietante es que también yo empiezo a mirar como una cámara. Encuadro. Clasifico. Archivo. El inconsciente posee un extraño sentido del humor: convierte al vigilado en aprendiz de vigilante mientras el deseo cava túneles por debajo del cemento. Bajo mi piel aparecen avenidas que nunca recorrí, hospitales donde permanecen internados sueños sin diagnóstico, patios donde un perro con la voz de mi padre sigue llamando a alguien que ya no recuerdo. La infancia nunca desaparece. Cambia de zonificación.

No soy yo quien atraviesa la ciudad. Es la ciudad la que atraviesa mi sistema nervioso. Cada edificio levanta una habitación dentro de mí y cada semáforo regula una culpa distinta. El yo, ese funcionario agotado que firma documentos con una identidad prestada, insiste en creer que gobierna el territorio. Pobre burócrata. Durante la noche el deseo cambia las calles de lugar, derriba barrios completos, construye pasajes clandestinos entre un recuerdo y otro. Despertamos convencidos de haber descansado cuando apenas sobrevivimos a otra remodelación secreta del alma.

La noche termina de caer. Un semáforo cambia de color. Después vuelve a cambiar. No pasa ningún automóvil. Nadie protesta. La ciudad continúa obedeciendo una orden cuyo origen olvidó hace décadas. Sigo caminando porque las salidas también aprenden a convertirse en cárceles cuando prometen demasiadas certezas. Al final de la avenida descubro una ventana encendida. Dentro hay una habitación idéntica a la mía: una mesa, una silla, un cuaderno abierto. Alguien escribe con una calma insoportable. No alcanzo a verle el rostro. No hace falta. Reconozco la letra. Comprendo, demasiado tarde, que las ciudades nunca escribieron nuestra historia. Siempre estuvieron corrigiendo, con polvo, electricidad y nervios, el borrador imperfecto de nuestro nombre.



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