La política es la pornografía de los desesperados
Quise abrir la política como quien abre un cadáver encontrado demasiado tarde, convencido de que todavía era posible distinguir la enfermedad del cuerpo que la había hospedado. Dispuse la mesa con la solemnidad de un anatomista, alineé conceptos como bisturíes, afilé argumentos hasta volverlos capaces de cortar una mentira sin contaminarse con ella. El fracaso llegó antes del primer corte. Los guantes ya estaban sucios. Bajo mis uñas aparecieron residuos de campañas antiguas, escamas de discursos, polvo de monumentos inaugurados para ocultar ruinas, partículas de promesas endurecidas como cal en las tuberías de la memoria. Quise extraer una opinión y encontré un puerto. Quise desmontar una consigna y apareció una mina, un satélite, una batería de litio, un centro de datos donde miles de ventiladores respiraban día y noche para mantener encendida la ficción de que las ideas nacen limpias. Seguí excavando y ya no encontré ciudadanos sino cadenas de suministro; ya no encontré convicciones sino contratos; ya no encontré patrias sino rutas marítimas donde el miedo viajaba embalado con la misma eficiencia que los electrodomésticos. Comprendí entonces que ninguna palabra llega sola. Todas arrastran una fábrica, una deuda y una noche de alguien que nunca duerme para que otro despierte creyendo que piensa por sí mismo.
Nos enseñaron que la política habitaba parlamentos, balcones y plazas, como si el poder todavía necesitara escenarios para existir. Mentían con la serenidad de los sacerdotes. Los parlamentos son acuarios donde los peces aprenden a mover la boca para tranquilizar al público mientras el océano verdadero circula bajo tierra, dentro de cables submarinos, servidores refrigerados, algoritmos que clasifican emociones con la paciencia de un notario del inconsciente. La palabra pueblo siempre me produjo desconfianza. Demasiado redonda. Demasiado dócil. Suena a multitud, pero también a recipiente, a depósito donde almacenar obediencias hasta la próxima temporada electoral. Libertad. Cambio. Orden. Seguridad. Progreso. Las palabras envejecen peor que los edificios: conservan la fachada cuando ya se ha podrido el significado. Seguimos habitándolas porque nadie quiere reconocer que vive en una casa vacía. La política descubrió hace tiempo que gobernar no consiste en administrar territorios sino en administrar vocabularios. Quien ocupa las palabras ocupa los sueños; quien coloniza el lenguaje termina alquilando también la imaginación.
Entonces comprendí el título que me perseguía. La pornografía nunca consistió en mostrar demasiado; consistió en acercar un fragmento hasta borrar el universo que lo rodea. Un cuerpo sin historia. Un enemigo sin infancia. Una bandera sin cementerio. Una víctima sin contexto. Un líder sin contradicciones. La ampliación infinita de una parte para impedir que el ojo descubra el mecanismo completo. La política perfeccionó ese procedimiento hasta convertirlo en liturgia. Amplía una herida para ocultar la fábrica que la produce; acerca un rostro para borrar la multitud; convierte la indignación en espectáculo y el espectáculo en mercancía. Sin embargo, mientras escribía, advertí que incluso esa metáfora empezaba a quedarse corta. La pornografía todavía necesita cuerpos. Aquí los cuerpos desaparecen antes de entrar en escena. Quedan perfiles, estadísticas, tendencias, porcentajes, curvas de comportamiento, mapas de ansiedad donde cada deseo aparece clasificado antes de que el sujeto llegue a experimentarlo. Tal vez la política no sea la pornografía de los desesperados. Tal vez los desesperados sean el producto terminado y la política apenas el departamento de mercadeo de una industria mucho más antigua: la fabricación de subjetividades obedientes.
Fue entonces cuando el lenguaje comenzó a desobedecerme. Las frases cambiaban de sitio mientras las escribía. Algunas buscaban el centro exacto de la página, como candidatos entrenados para no incomodar a nadie. Otras adelgazaban hasta volverse aceptables para todos. La palabra libertad apareció con un código de barras tatuado sobre la espalda. Democracia olía a plástico recién abierto. Revolución llegó patrocinada. Patria ofrecía descuentos por tiempo limitado. Pensé que deliraba, pero las pantallas empezaron a sudar una sustancia tibia y gris que descendía lentamente por los bordes como si dentro de ellas respirara un animal alimentado con atención humana. Los teléfonos abrieron diminutas branquias luminosas y comenzaron a exhalar consignas todavía calientes. Los noticieros rumiaban cadáveres convertidos en estadísticas. Las encuestas se reproducían como insectos. Las urnas desarrollaban intestinos donde las promesas fermentaban hasta transformarse en nuevas promesas. Nadie parecía alarmado. La costumbre posee un talento extraordinario para convertir la monstruosidad en paisaje. Basta repetir una pesadilla el número suficiente de veces para que termine llamándose normalidad.
Seguí observando porque todavía conservaba la superstición de creerme un testigo. Qué ingenuidad. Después de tanto tiempo estudiando la maquinaria empecé a perder pequeñas piezas de mí mismo. Primero olvidé el aburrimiento, esa forma antigua de la libertad. Después soñé en porcentajes. Más tarde intenté recordar el rostro de mi madre y apareció una contraseña. Quise pronunciar mi nombre y escuché un eslogan. Comprendí demasiado tarde que el verdadero poder nunca obliga; edita. Corrige. Reescribe lentamente el deseo hasta que la obediencia comienza a sentirse como una decisión íntima. Busqué mi firma al final del informe esperando encontrar la prueba de que todavía existía una distancia entre la máquina y quien la describía. No encontré un nombre. Encontré un número de serie, una fecha de actualización y una nota escrita con una caligrafía idéntica a la mía: «Gracias por participar». Sólo entonces entendí que el análisis había sido otra campaña y que el autor del texto jamás fui yo, sino esa vieja fábrica de ficciones que aprendió hace siglos a escribir dentro de nuestras cabezas antes de enseñarnos a llamar libertad a la voz que la repite.