La política es la pornografía de los desesperados
La ciudad acumulaba veintisiete días sin lluvia y el aire había adquirido la consistencia de una sábana húmeda olvidada dentro de una lavadora. Los transformadores eléctricos zumbaban sobre las avenidas con la persistencia de un enjambre encerrado en una caja metálica. A las seis en punto, las pantallas de la plaza central se encendieron una tras otra, como si alguien estuviera verificando el estado de los órganos de un paciente antes de una cirugía. Los primeros en levantar la cabeza fueron los repartidores de motocicleta, todavía con la espuma del casco adherida a la frente. Después las personas que vendían empanadas bajo sombrillas desteñidas. Luego los jubilados que llevaban tres horas sentados en las bancas públicas porque sus apartamentos eran demasiado pequeños para soportar otra tarde de calor. Nadie habló. Los altavoces sujetos a los postes de concreto comenzaron a escupir palabras con un siseo eléctrico, y la plaza entera adquirió el aspecto de una habitación donde miles de personas observan la misma película prohibida. La política había encontrado finalmente su forma definitiva: una sucesión infinita de primeros planos. Manos estrechando manos. Labios pronunciando el nombre del pueblo con una precisión aprendida frente al espejo. Ojos humedecidos bajo una iluminación estudiada. La miseria convertida en alta definición. La esperanza editada en resolución 4K. Sobre el pavimento, los volantes de campañas anteriores se deshacían lentamente bajo la humedad nocturna; al pisarlos producían un sonido blando, semejante al de una fruta demasiado madura reventando dentro de una bolsa.
Me abrí paso entre la multitud tomando nota de los síntomas. Un hombre de camisa amarilla se mordía el interior de la mejilla hasta sangrar cada vez que el candidato levantaba la voz. Una adolescente grababa el discurso mientras sostenía con la otra mano una bolsa de suero oral. Un anciano con olor a mentol y orina seca lloraba sin pestañear. La política nunca ha sido una cuestión de ideas. Las ideas no hacen fila bajo cuarenta grados de sensación térmica. Lo que hace fila es el cuerpo. El cuerpo que espera subsidios, descuentos, permisos, absoluciones. El cuerpo que necesita escuchar que todavía pertenece a algo antes de regresar a una habitación alquilada donde el ventilador gira con la resignación de un animal viejo. Había un olor persistente a cable quemado, grasa reutilizada y desinfectante barato. Pensé en los directores de campaña, encerrados en oficinas con aire acondicionado, estudiando estadísticas sobre el tiempo exacto que un ser humano puede permanecer mirando una pantalla antes de confundir necesidad con devoción. Debían saberlo todo: el segundo preciso en que una mandíbula se afloja, el instante en que una pupila acepta ser colonizada por una promesa. Los sacerdotes antiguos trabajaban con incienso; éstos trabajan con encuestas, focos LED y equipos de sonido alquilados por horas.
A las ocho y trece, uno de los altavoces estalló. El ruido fue seco, casi íntimo, como la fractura de una costilla. Después vino el silencio. Un silencio tan absoluto que por primera vez pudieron escucharse los motores de los autobuses, las moscas alrededor de los puestos de comida y el agua negra desplazándose bajo las alcantarillas. Nadie se movió. Miles de personas permanecieron inmóviles, esperando. Esperando qué. Otra frase. Otra orden. Otro rostro ampliado veinte veces sobre una pantalla. La luz azul seguía reflejándose en las córneas de la multitud, convirtiendo la plaza en un inmenso acuario de insomnes. La política había dejado de ser una disputa por el poder hacía mucho tiempo. Ahora era una industria dedicada a filmar la necesidad humana desde todos sus ángulos posibles. Una pornografía sin desnudos, pero con millones de espectadores. Las pantallas volvieron a encenderse. Alguien comenzó a aplaudir. Y en el borde de la plaza, debajo de un cartel electoral arrancado por la mitad, un perro callejero seguía lamiendo algo oscuro que nadie quiso mirar.