La modernidad promete brillo, mientras fabrica dependencia
La promesa fue siempre el brillo. Nunca la libertad. Nunca la felicidad. El brillo. Dientes fosforescentes, frutas enceradas bajo lámparas que no conocen el atardecer, pantallas lisas donde el rostro aprende a parecerse más a su reflejo que a su propia fatiga. Todo resplandece con una intensidad sospechosa. La carne sana jamás brilla de ese modo. Brillan las vitrinas. Brillan los hospitales. Brillan los laboratorios. Brillan los insectos cuando quedan atrapados en ámbar. Entro al supermercado como quien entra en una catedral climatizada. Yo también me arrodillo. Acaricio envases con una concentración casi mística, leo ingredientes escritos en una lengua que nadie habla y, sin embargo, todos obedecemos. El plástico administra sacramentos. El código de barras absuelve. El escáner rojo recorre una manzana con la delicadeza de un confesor. Inclino la cabeza frente al lector óptico y durante un instante descubro que la tarjeta bancaria ha reemplazado al rosario sin necesidad de declarar ninguna guerra. Las religiones inteligentes nunca destruyen los templos anteriores; simplemente cambian de iluminación.
La época comprendió un secreto que los viejos tiranos ignoraban: la violencia produce mártires, el resplandor produce clientes. Ya nadie necesita ordenar. Basta iluminar. Una luz correcta sobre la mercancía y el cuerpo comienza a desear antes de comprender qué desea. El algoritmo no interpreta nuestros impulsos; los ensaya. Sueña por nosotros. Ensaya una falta y después nos vende el objeto destinado a ocuparla durante unos segundos. No compramos teléfonos, automóviles ni relojes. Compramos versiones imaginarias de nosotros mismos. Después regresamos porque ninguna mercancía soporta el peso imposible de una identidad. El deseo vuelve a vaciarse y la máquina sonríe con la serenidad de un sacerdote que conoce de memoria el recorrido de todos los pecados.
Las ciudades de noche parecen acuarios donde millones de peces hubieran aprendido a respirar electricidad. Rostros azulados flotan detrás de las ventanas de los autobuses, dedos recorren el vidrio con una precisión hipnótica, cuellos inclinados hacia una pequeña aurora portátil. Deslizar. Pulsar. Esperar. Deslizar otra vez. El dedo adquiere memoria antes que el pensamiento. He desbloqueado el teléfono nueve veces sin buscar nada. Miento. Buscaba exactamente eso: la breve descarga que aplaza el encuentro con el silencio. Digo que detesto las pantallas y las dejo encendidas mientras duermo para escuchar el zumbido de una respiración artificial dentro del cuarto. Grave síntoma. El silencio empieza a parecer un error del sistema.
Los cuerpos llevan la contabilidad de ese brillo. Pupilas secas. Mandíbulas tensas. Tendones inflamados. Cervicales inclinadas hacia el altar luminoso con la mansedumbre de animales que ya olvidaron el bosque. Nadie lo llama sufrimiento porque ocurre lentamente, envuelto en publicidad minimalista y música ambiental. La degradación aprendió diseño industrial. Mientras tanto, los dispositivos envejecen como órganos trasplantados. Las baterías se hinchan debajo del aluminio. Las pantallas sudan una luz lechosa. Los teléfonos respiran sobre la mesa con el sueño inquieto de criaturas domesticadas que empiezan a parecerse demasiado a sus dueños. A veces sospecho que no los cargamos nosotros. Ellos nos recargan a nosotros con pequeñas dosis de ansiedad perfectamente administrada.
Lo obsceno no es participar sino disfrutarlo. Escribo estas líneas desde una máquina ensamblada por manos que jamás conoceré, alimentada por minerales arrancados de montañas donde otros pulmones aprendieron a respirar polvo para que mi pantalla conserve esta transparencia impecable. Los vertederos electrónicos crecen lejos, allí donde la publicidad no dirige sus cámaras. Niños separan metales tóxicos con las uñas ennegrecidas mientras aquí deslizamos el dedo sobre vidrio pulido buscando otra imagen, otra oferta, otra confirmación de que todavía existimos. La modernidad perfeccionó una antigua alquimia: consiguió borrar el olor del horror. Todo llega limpio. Desinfectado. Elegante. Incluso la culpa viene empaquetada en materiales reciclables.
Anoche levanté la cabeza dentro del autobús. Nadie hablaba. La luz azul ascendía desde las pantallas y modelaba los rostros como si una luna industrial hubiera decidido incubar una especie distinta. Durante un instante no pude distinguir quién observaba a quién. Los teléfonos parecían sostener a las personas con la misma naturalidad con que las personas creían sostener los teléfonos. Entonces comprendí que la dependencia nunca necesitó cadenas. Le bastó una superficie impecablemente pulida donde cada uno pudiera enamorarse del reflejo de su propia ausencia. Afuera la ciudad seguía brillando. Demasiado. Como brillan ciertas heridas justo antes de empezar a supurar.