La modernidad promete brillo, mientras fabrica dependencia
Los días siguientes empecé a notar que mi cuerpo seguía ejecutando pequeños gestos incluso en ausencia de máquinas. Deslizaba el pulgar sobre la palma de la mano mientras esperaba el autobús. Golpeaba dos veces la mesa antes de sentarme, como si intentara desbloquearla. Una madrugada me desperté con el brazo extendido hacia la pared, buscando a tientas un celular que había dejado de utilizar semanas atrás. Todo lo que brilla exige alimento. La ciudad llevaba décadas enseñándonos la misma lección con infinita paciencia: primero entregamos la atención, luego la memoria y finalmente el silencio. Nadie entrega voluntariamente un cuerpo si antes no le enseñan a desconfiar de él. Comienza con cosas pequeñas. Una pantalla para recordar cumpleaños. Otra para saber el camino de regreso a casa. Otra para medir los pasos que damos durante el día, como si las piernas necesitaran supervisión. Después llega el resto. El bolsillo vibra. La mano responde. La pupila se dilata. Una mañana descubrí que seguía deslizando el dedo índice sobre el espejo del baño esperando ampliar mi propio rostro.
Decidí apagarlo todo. Desconecté el refrigerador. Arranqué el televisor del enchufe. Dejé que el celular se agotara su batería sobre la mesa de la cocina. El silencio duró exactamente once minutos. A las 3:17 de la madrugada la pantalla volvió a encenderse. Mostraba mi casa desde una esquina imposible del techo. Allí estaba yo, observando la pantalla con la expresión exhausta de un hombre que acaba de descubrir una adicción demasiado antigua para seguir llamándola hábito. Al fondo de la imagen, apoyado contra la pared, el espejo ovalado emitía una luz tenue por primera vez desde que lo había encontrado. El brillo recorría lentamente la grieta del vidrio como sangre buscando una salida. En el hospital del barrio encontré una fila de personas sentadas en la sala de espera sosteniendo celulares descargados entre las manos. Ninguno estaba conectado a las máquinas. Las máquinas estaban conectadas a ellos. Un anciano murió de un infarto en el asiento contiguo mientras intentaba desbloquear su dispositivo con el rostro. El celular tardó tres intentos en reconocerlo.
La ciudad comenzó a moverse más rápido que nosotros. Los anuncios publicitarios permanecían encendidos durante los apagones y los cajeros automáticos seguían expulsando recibos en barrios sin electricidad. Una noche encontré la tienda de celulares abierta. Eran las 3:17. El reloj sobre la caja registradora se había detenido, pero las pantallas seguían respirando una luz azul sobre las paredes. Había docenas de dispositivos alineados sobre las vitrinas. Todos mostraban mi rostro. En algunos parecía más viejo. En otros, más cansado. En uno de ellos tenía una cicatriz reciente sobre la mejilla derecha. En otro, estaba sonriendo. El vendedor permanecía detrás del mostrador con un cargador enredado alrededor de la muñeca como un rosario eléctrico. Reconocí inmediatamente la bolsa negra cubriendo el espejo de la pared. Era idéntica a la del conductor del autobús. “Ustedes creen que cargan los celulares”, dijo sin levantar la vista. “Los celulares creen exactamente lo mismo.” Permanecí en silencio. “La dependencia no consiste en necesitar una máquina”, añadió mientras desenredaba lentamente el cable de su brazo. “Consiste en lograr que la máquina tenga miedo de perderte.” Al salir, descubrí que el cartel LED de la fachada seguía encendido a pesar de que el barrio entero estaba sumergido en la oscuridad. Su luz proyectaba sobre el pavimento decenas de sombras sin cuerpo que caminaban en dirección contraria a los últimos transeúntes.
Regresé a la con una presión insoportable detrás de los ojos. Encontré barro negro en las plantas de los pies y una vibración persistente en el muslo derecho, exactamente donde solía guardar el celular. El espejo ovalado había cambiado otra vez. La grieta ya no descendía verticalmente. Se había ramificado como una descarga eléctrica detenida a mitad de camino. Sobre la mesa encontré el dispositivo conectado al cargador. Estoy absolutamente seguro de no haberlo enchufado. La batería marcaba el cien por ciento. Debajo, una única notificación: SINCRONIZACIÓN COMPLETADA. Permanecí observando aquellas palabras mientras la pantalla disminuía lentamente su brillo, como un animal satisfecho después de alimentarse. Entonces levanté el aparato y vi mi reflejo sobre el cristal apagado. Seguía allí. Lo extraño fue descubrir que había bajado la vista hacia el celular un segundo antes que yo. Permanecimos observándonos durante varios minutos. Después, detrás de mis ojos, sentí el inconfundible zumbido de algo terminando de cargar.