El cuerpo es un territorio ocupado


El invasor llegó antes que mi nombre. Entró mezclado con la leche, con el primer aire, con la mano que sostuvo mi nuca mientras alguien celebraba el milagro de haber nacido sin sospechar que aquello era una ceremonia de ocupación. Desde entonces el cuerpo dejó de crecer: fue administrado. Cada hueso recibió instrucciones invisibles. Cada órgano aprendió un horario. La piel fue declarada frontera nacional y los nervios comenzaron a transmitir órdenes cuya firma jamás pude descifrar. Me dijeron que respiraba para vivir. Nunca mencionaron que cada inhalación era también un juramento de obediencia.

El hospital olía a cloro, sangre seca, yodo tibio y cables quemados. No era un edificio. Era un animal inmenso que dormía con los ojos abiertos. Las paredes transpiraban lentamente. Los fluorescentes rumiaban una luz enferma que volvía gris hasta el blanco de las batas. Las puertas automáticas abrían la boca antes de tragar personas y devolver expedientes. Las camillas recordaban el peso de quienes habían muerto sobre ellas. Los estetoscopios escuchaban algo más profundo que el corazón. Escuchaban la costumbre. Una pantalla llamó mi nombre. Otra pronunció uno distinto. Las dos tenían razón.

Un médico sonrió con esa serenidad impecable de los sacerdotes que ya no necesitan creer en su dios. Su rostro cambiaba apenas desviaba la mirada. A veces era un anciano. A veces una niña. A veces una radiografía donde las costillas parecían barrotes. Me pidió que respirara hondo. Obedecí. El aire descendió hasta los pulmones llevando consigo un idioma desconocido. Diagnóstico. Validación. Corrección. Diagnóstico. Acceso autorizado. Mi diafragma empezó a moverse con un ritmo que no era mío. Mi lengua pesaba demasiado. Los dientes parecían tornillos. Las vértebras archivaban el dolor por orden alfabético.

Quise preguntar qué ocurría, pero la pregunta salió convertida en formulario.

Paciente compatible. Memoria intervenida. Tejido disponible. Continúe.

Las palabras ya no obedecían a mi boca.

Recorrí el pasillo buscando una salida. Cada puerta conducía a la misma sala, aunque cambiaban los números, los colores y las personas sentadas esperando. Un niño dibujaba un corazón lleno de ventanas. Una anciana tejía venas con hilo rojo. Un hombre sostenía una tomografía donde aparecía una ciudad completa respirando dentro de su tórax. Nadie parecía sorprendido. Tal vez llevaban allí toda la vida. Tal vez el hospital era anterior al mundo y las ciudades habían sido construidas alrededor de él como costillas alrededor de un pulmón.

Entonces escuché una carcajada.

No venía de ningún cuerpo.

Era una risa descalza, insolente, con olor a aguardiente, gasolina y papel quemado. Una risa capaz de escupir sobre los altares de la higiene, de bautizar las jeringas con nombres de profetas vagabundos, de llamar circo al quirófano y burdel a la solemnidad de los diagnósticos. Durante un instante vi las batas transformarse en sotanas de plástico, los goteros inclinarse como cirios enfermos y los monitores repetir salmos escritos con electrocardiogramas. Quise reír con ella. Mi mandíbula recibió una orden de inmovilidad.

Error corregido.

Error corregido.

Error corregido.

Las paredes comenzaron a respirar más deprisa que nosotros. Los ascensores tenían pulso. Las lámparas sudaban. Las agujas olían el miedo antes de tocar la piel. Un expediente cayó al suelo y, al abrirse, no mostró nombres ni análisis: mostró mi infancia, una calle mojada, la primera vez que dije "yo", el instante exacto en que alguien ocupó esa palabra mientras yo aprendía a pronunciarla. Comprendí demasiado tarde que el invasor nunca había buscado la carne. Buscaba el pronombre.

Corrí.

Las piernas obedecieron primero al piso.

Después al edificio.

Después a una gravedad que respiraba detrás de las paredes.

Yo llegué al final.

Mi cuerpo siguió algunos segundos después.

Cuando crucé las puertas automáticas descubrí que la ciudad compartía el mismo sistema circulatorio del hospital. Los semáforos auscultaban las avenidas. Los edificios inhalaban nubes y exhalaban habitantes. Las alcantarillas murmuraban historiales clínicos. Las cámaras de vigilancia pestañeaban con el mismo cansancio que los médicos. Bajo el asfalto latía una inmensa caja torácica donde los trenes viajaban como glóbulos oscuros transportando obediencias de un extremo al otro de la noche.

Intenté recordar el peso exacto de mi propio nombre.

No apareció.

En su lugar escuché un zumbido blanco descendiendo desde el cielo mientras el suelo comenzaba, otra vez, a caer.




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