El ruido blanco de las conciencias limpias
El ruido blanco no empezó en los cables. Empezó mucho antes, cuando alguien descubrió que una conciencia podía lavarse igual que una bata de laboratorio. Desde entonces huele a cloro, a café recalentado, a plástico tibio, a desinfectante derramado sobre la lengua de los ascensores. Habita las lámparas fluorescentes que zumban como insectos domesticados, las cámaras que giran con la paciencia obscena de un santo burocrático, los servidores donde miles de respiraciones son archivadas con el mismo afecto con que un matadero enumera sus reses. Aquella mañana el detector de humo lanzó un pitido tan breve que parecía un hipo del edificio. Todos levantaron la cabeza. Todos volvieron a inclinarla. La obediencia siempre dura menos de un segundo. Después se convierte en costumbre. El aire acondicionado siguió exhalando un frío que sabía a moneda húmeda. El cable de red reptó apenas unos milímetros sobre el suelo, como si hubiera recordado el camino hacia una garganta.
No eran oficinas. Eran monasterios donde se rezaba frente a pantallas azules y el único dios aceptaba contraseñas. Allí los expedientes respiraban mejor que las personas; los historiales clínicos tenían más memoria que los cuerpos; las firmas digitales olían más limpias que las manos que las estampaban. Quise reír. Quise escupir sobre el suelo encerado. Quise escribir obscenidades en los formularios de excelencia y bautizar las fotocopiadoras con nombres de animales rabiosos. Pero comprendí que incluso la rebeldía estaba catalogada en algún archivo, clasificada entre los incidentes menores, absorbida por una estadística que alimentaba la digestión impecable del edificio. Entonces odié la pulcritud. La odié con la alegría feroz con que un niño derriba un altar de porcelana para descubrir que los santos también están huecos.
Los monitores comenzaron a parpadear. Apenas un destello. Un párpado. No, una pupila. No, una herida aprendiendo a mirar. La imagen volvió enseguida, aunque algo ya respiraba detrás del vidrio. El ruido blanco cambió de temperatura. Dejó de ser sonido y empezó a tener saliva. Caminó por los conductos de ventilación como una colonia de pulmones sin dueño. Se deslizó por los teclados, por las venas azules de los cables, por las carpetas compartidas, por los diagnósticos, por las campañas de bienestar, por los protocolos de emergencia, por los certificados de buena conducta, por los informes psiquiátricos, por las sonrisas corporativas, por las radiografías donde el tórax aparecía lleno de pequeños cursores intermitentes, por los ojos que pestañeaban al ritmo del servidor central, por las bocas que pronunciaban transparencia, confianza, excelencia, convivencia, palabras lisas, palabras esterilizadas, palabras envueltas en celofán, palabras con olor a morgue recién trapeada.
El edificio empezó a equivocarse. Un ascensor abrió siempre en el mismo piso aunque los números cambiaran. Una cámara enfocó un pasillo vacío donde alguien dejaba cada noche un par de zapatos mojados. Un archivo médico recordaba una cirugía que ningún paciente había sufrido. La impresora expulsó durante varios minutos hojas completamente negras que olían a cabello quemado. Nadie preguntó nada. Las conciencias limpias poseen un talento admirable para confundir el espanto con una actualización del sistema.
Sentí que mi respiración adoptaba el mismo ritmo de las máquinas. Inspirar. Validar. Exhalar. Confirmar. Inspirar. Autorizar. Exhalar. Archivar. Mi lengua empezó a hablar en formularios. Mi memoria organizó los recuerdos por orden alfabético. Mis manos buscaron un sello invisible antes de cerrar los puños. El virus no destruía los cuerpos. Los volvía administrativos. Convertía la sangre en tinta, la culpa en contraseña, el miedo en procedimiento interno. Yo seguía caminando, pero el edificio caminaba unos segundos antes que yo. Yo seguía pensando, pero el ruido blanco redactaba primero cada pensamiento y luego me lo entregaba con un espacio reservado para la firma.
Las luces vibraron como si un relámpago hubiera quedado atrapado dentro de los tubos fluorescentes. Los rostros se partieron en primeros planos imposibles: una córnea, un incisivo, una gota de sudor descendiendo con disciplina militar, un dedo índice aceptando condiciones que jamás había leído. El aire adquirió el espesor tibio de un pulmón abierto. Los cables respiraban. Las cámaras respiraban. Los archivadores respiraban. Incluso el detector de humo parecía contener la respiración esperando una orden que no venía de ninguna parte visible.
Entonces comprendí que el ruido blanco nunca había salido de las máquinas.
Nosotros éramos el aparato cuando todas las pantallas se apagaron.