Memorias del subsuelo


La lluvia. La pendiente. El peso. Nada más. Eso era lo que todavía repetía mentalmente cuando encontré la puerta metálica detrás del edificio, abierta apenas unos centímetros, respirando un aire tibio con olor a gasolina y concreto húmedo. Ninguna ciudad deja abiertas las puertas que conducen hacia abajo por accidente. Alguien había colocado una señal oxidada sobre el marco: ÁREA DE MANTENIMIENTO. PROHIBIDO EL INGRESO. Debajo, escrita con marcador negro y una caligrafía temblorosa, otra frase: EL INGRESO YA HA SIDO REGISTRADO. Descendí. El primer escalón estaba cubierto de agua. El segundo también. Para el quinto peldaño, el ruido de la superficie había comenzado a desintegrarse. El eco de un vendedor ambulante anunciando mangos con sal y limón llegó hasta mí deformado por la profundidad, como si hubiese sido pronunciado veinte años atrás y hubiera permanecido atrapado entre las tuberías esperando el momento adecuado para continuar descendiendo. Entonces comprendí que el subsuelo no era el lugar donde las cosas terminan, sino el lugar donde continúan. Nada desaparece bajo tierra.

Toda ciudad construye primero su subsuelo y después inventa una superficie para justificarlo. Esa frase apareció varias veces en la libreta impermeable que encontré junto a una válvula cubierta de sarro. Las páginas estaban numeradas, pero la secuencia era imposible: 4, 81, 12, 203, 1, 47. La página cuarenta y siete contenía una única línea: "La gravedad atraviesa el pensamiento". Permanecí inmóvil observándola mientras sentía el agua desplazarse dentro de mi zapato izquierdo. Más adelante encontré registros escritos con distintas tintas y, sin embargo, con la misma letra: "1968: persiste el ruido detrás del muro norte"; "1987: los túneles recuerdan mejor que los habitantes"; "2003: un hombre aseguró escuchar a su madre dentro de una tubería principal"; "2026: el sujeto continúa descendiendo". Levanté la vista. El túnel estaba atravesado por cables ilegales que descendían hacia una cámara técnica como raíces buscando humedad. Alguien llevaba décadas documentando aquello que la ciudad expulsaba hacia abajo. O algo. Porque algunas anotaciones parecían haber sido escritas antes de que ocurrieran. Nada desaparece bajo tierra. Bajo tierra, nada acepta desaparecer.

Seguí avanzando durante un tiempo imposible de medir. El subsuelo posee una manera particular de alterar la duración: los minutos adquieren la viscosidad del aceite y las horas se adhieren a la piel como el moho. Había motores funcionando detrás de los muros, motores antiguos, obstinados, produciendo un zumbido constante que recordaba a una respiración asistida. Por momentos me parecía distinguir conversaciones completas mezcladas con el goteo: discusiones familiares, nombres pronunciados en voz baja, instrucciones técnicas, plegarias. La ciudad estaba recordando. La ciudad siempre había estado recordando. Sentí entonces una presión insoportable en el oído izquierdo y, al tocarme, descubrí que un hilo de agua descendía lentamente por mi cuello. Intenté secarlo, pero seguía brotando. Desde cuándo, no lo sé. Abrí nuevamente la libreta. En la última página había una anotación reciente, todavía húmeda: "Registro actualizado. El sujeto presenta contaminación auditiva persistente. Pronóstico favorable." Debajo, una pregunta: "¿Recuerda ahora quién construyó el subsuelo?"

No respondí. Porque había comenzado a sospechar la respuesta.

Al salir, varias horas o varios años después, la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad con la misma paciencia. Los autobuses continuaban ascendiendo por las pendientes. Los vendedores seguían anunciando frutas en las esquinas. Todo parecía intacto. Sin embargo, durante los días siguientes descubrí que el agua permanecía atrapada en mi oído izquierdo y que, al apoyar la cabeza contra cualquier pared, podía escuchar motores trabajando a gran profundidad. Tres noches más tarde abrí la libreta por la página cuarenta y siete. La frase había cambiado. Ya no decía: "La gravedad atraviesa el pensamiento". Ahora decía: "El pensamiento recuerda hacia abajo". Permanecí observándola hasta el amanecer, con la certeza desagradable de que el subsuelo había comenzado a archivar algo más que mis pasos. Yo tampoco desapareceré.

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