Todos los espejos pertenecen a la misma conspiración


A las seis y trece de la tarde, la ventana del bus devolvió mi rostro desde el otro lado del vidrio. Había llovido durante veinte minutos y el calor ya estaba haciendo lo que mejor sabe hacer en esta ciudad: pudrir lentamente el aire. El vehículo avanzaba entre motocicletas, vendedores ambulantes y el olor dulzón de una bolsa de bananos demasiado maduros que alguien llevaba bajo el asiento. Fue entonces cuando ocurrió. Mi reflejo giró la cabeza hacia la izquierda antes de que yo recordara que tenía cuello. La diferencia no debió superar un segundo, quizá menos, pero el cuerpo reconoce ciertas amenazas antes que la inteligencia. Sentí un espasmo detrás de la oreja derecha y el sabor metálico que precede a las hemorragias pequeñas. El reflejo siempre llega una fracción de segundo tarde. Esa es una de esas verdades insignificantes que uno aprende sin saber cuándo, como la forma en que huele la lluvia sobre el concreto o el sonido que hacen los hospitales después de medianoche. Levanté la vista. Nadie parecía haberlo notado. Una enfermera dormía con la frente contra el vidrio. Un niño evitaba mirar por la ventana. El conductor había cubierto el espejo retrovisor con una bolsa negra atada con cinta aislante.

Durante las semanas siguientes empecé a registrar las anomalías en recibos de supermercado y en el reverso de las facturas de servicios públicos. Descubrí que los reflejos estaban organizados. Se reconocían entre sí. La pantalla apagada de un cajero automático me observó mientras retiraba dinero. El vidrio de una farmacia me mostró una expresión de cansancio que todavía no había llegado a mi rostro. El charco de agua acumulado frente a una panadería pestañeó durante una ráfaga de viento. Cada día el retraso era menor. Dejé de afeitarme para no enfrentar el espejo del baño y cubrí las superficies brillantes de la casa con periódicos viejos, pero el problema de las conspiraciones verdaderamente antiguas es que han tenido tiempo suficiente para multiplicarse. Comencé a despertar con los párpados pegados y una ligera sangre seca bajo la nariz. Tres días después apareció un temblor persistente en el ojo izquierdo. Una semana más tarde dejé de reconocer la temperatura del agua sobre la cara.

La anciana que vendía cigarrillos sueltos frente a la estación me confirmó lo que ya sospechaba. Lo hizo sin mirarme, como si temiera ser escuchada por alguna superficie cercana. “Nunca confíe en los espejos ovalados”, dijo mientras contaba monedas húmedas. “Son los únicos que todavía recuerdan.” No pregunté qué era lo que recordaban. Hay personas que han sobrevivido demasiado tiempo como para desperdiciar palabras. Encontré el espejo dos noches después, apoyado contra un contenedor de basura detrás de la casa. Tenía una grieta vertical que atravesaba el vidrio como la costura de una operación antigua y ciento treinta y dos muescas grabadas en el marco de madera. Lo llevé hasta el apartamento dejando un rastro de sudor en las escaleras. El aire olía a detergente barato y transformadores eléctricos. Lo apoyé contra la pared de la sala y me senté frente a él con un cronómetro en la mano. Cuarenta y siete minutos. Cuarenta y siete minutos observándonos bajo la única luz encendida de la cocina. Entonces comprendí que había pasado toda mi vida haciéndome la pregunta equivocada. Nunca me había preguntado qué hacen los reflejos mientras dormimos.

A las tres y diecisiete de la madrugada levantó lentamente la mano derecha y apoyó la palma contra el vidrio. Permanecí inmóvil. Lo que me impidió moverme no fue el miedo. Fue reconocer, por primera vez, que la cicatriz sobre su ceja izquierda nunca había estado sobre la mía. Durante varios segundos permanecimos así, separados por una superficie delgada. Después sonrió con una expresión cansada, casi compasiva, como si hubiera esperado ese momento durante años. Entonces comprendí por qué el conductor cubría el retrovisor y por qué el niño del bus no miraba por la ventana. Había pasado toda la vida creyendo que el reflejo llegaba una fracción de segundo tarde. 

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