Insomnio
No duermo. La cama es un desierto caliente y me acuesto en ella como quien ofrece su cuerpo al fuego lento de la madrugada. No hay postura que me salve: todas son cuchillas, todas me abren la piel con su filo invisible. El tiempo se ha detenido, colgado de un clavo oxidado en la pared, y yo escucho mi corazón golpear como un tambor de guerra contra la caja torácica. Respiro, pero el aire entra como un intruso con botas de barro. Quiero cerrar los ojos y hundirme, pero mis párpados son vitrales rotos por donde se filtra un polvo de constelaciones enfermas. La oscuridad me examina con la paciencia de un dios que disfruta mi impotencia.
El cuerpo me pesa como si hubiera tragado piedras. El sudor me envuelve con un olor agrio de animal acorralado, y la lengua se pega al paladar como si la saliva hubiese desertado. Mis manos tiemblan contra las sábanas, arañando un vacío que no ofrece tregua. El corazón no late: martilla. Cada pulsación retumba como si quisiera romper las costillas desde dentro. Estoy despierto porque la carne me condena. Y en esta condena descubro una verdad que quema: la vigilia no es ausencia de sueño, sino exceso de realidad. Si pudiera arrancarme los ojos para dormir, lo haría. Si pudiera negociar con la noche, le daría mi sangre a cambio de cinco minutos de nada. Pero la nada también me niega.
Los pensamientos llegan como enjambres de moscas alrededor de un cadáver que respira. Me rodean, se posan en mis párpados, se multiplican. Cada idea se desdobla en cien, y cada una exige mi atención como un animal hambriento. No puedo detenerlas: se abren como libros que no pedí leer, escritos con fuego en lenguas que no reconozco. No pienso: soy pensado. La noche me usa como cuaderno, como máquina febril donde imprime su alfabeto secreto. Las frases me devoran; las palabras son insectos con alas de vidrio que me cortan la piel desde dentro. Y aunque intento resistirme, me dejo arrastrar porque sé que en estas páginas delirantes se oculta un mapa de mí mismo que nunca encontraré de día.
El absurdo se instala en mi pecho como una piedra fría. ¿Qué hago despierto cuando todo duerme? ¿Qué sentido tiene esta vigilia interminable? La noche es un desierto mineral, y yo soy el único peregrino condenado a cruzarlo sin agua. El silencio pesa más que el hierro. Me hablo a mí mismo, pero mi voz es un eco que se estrella contra las paredes de mi cráneo. No hay respuesta, solo la certeza de que soy el actor único de una obra que nunca tendrá público. Y sin embargo sigo recitando mi monólogo, porque detenerme sería aceptar el vacío, y el vacío me devoraría sin masticar.
La habitación se transforma en un templo invertido. El techo es una bóveda donde cada grieta es un vitral oscuro. Las sombras son columnas, y yo soy la ofrenda tendida sobre un altar invisible. Respiro como quien reza, cada inhalación un mantra, cada exhalación un conjuro que nadie escucha. El silencio me envuelve como un hábito de monje sin dios. No pido salvación; acepto la condena con la devoción de un creyente apóstata. La vigilia se ha vuelto mi religión oscura, y yo soy su sacerdote clandestino, celebrando un ritual sin testigos, sin respuestas, sin fe.
Mis pensamientos estallan hacia afuera y se convierten en cosmos. Los párpados son galaxias heridas, y cada parpadeo libera una lluvia de estrellas moribundas. Siento que mi pecho alberga un agujero negro donde la luz entra y no regresa. Soy partícula y onda, carne y delirio, luz y sombra respirando al mismo tiempo. El universo late conmigo; su caos se despliega como un fractal incandescente en mi cerebro. La vigilia se convierte en un laboratorio donde todo se colapsa: pasado y futuro, sueño y conciencia, deseo y muerte. El caos me abraza con la ternura brutal de quien revela que nunca hubo orden, que todo era esta danza frenética entre la nada y el todo.
Y no hay final. No dormiré. No despertaré. Me quedo aquí, suspendido en este filo, como un equilibrista que jamás alcanzará la otra orilla. Afuera, la ciudad sueña bajo un mismo manto, pero yo soy el que vigila en secreto, el guardián insomne que nadie ve. El amanecer me amenaza con su rumor lejano, pero sé que nunca llegará del todo. Mis ojos permanecen abiertos sobre la sombra… esperando un parpadeo que quizá nunca—