Dispárame


Un disparo sin ruido me partió en dos. No era bala: era un silencio que ardía como metal en mis huesos. Ningún cuerpo cayó, pero la grieta quedó abierta. El aire se volvió espeso, casi sólido, como si alguien hubiera llenado la habitación con la respiración de un animal que me observaba desde adentro. El techo se inclinó lentamente sobre mi frente y las paredes sudaban un olor a hierro, como si hubieran guardado en su memoria el óxido de viejos subterráneos. No me mataba. Me arrancaba de existir.

Avancé por un pasillo que se prolongaba más allá de la vista, húmedo, sin lámparas, como una vena abierta hacia ninguna parte. Las puertas se disolvían al tocarlas, tragándose mi mano con la blandura del agua inmóvil, y cada ventana devolvía la máscara de un rostro sin rasgos que sonreía con dientes invisibles. El suelo crujía con un murmullo semejante al roce de hojas secas en un bosque sin árboles, y el aire tenía la densidad de una campana invertida. Nada encajaba. Cada objeto parecía recordar haber sido otra cosa: una silla convertida en columna líquida, una taza quebrada como si guardara un corazón aún tibio, un reloj detenido que marcaba la hora de ningún lugar.

Entre la oscuridad aparecieron figuras sin rostro, suspendidas como letanías en el aire. No tenían boca, pero el silencio que traían ardía más que cualquier grito. Se inclinaban sobre mis hombros con la ternura de una amenaza, y sus ojos vacíos eran espejos donde habitaban recuerdos que nunca viví. Intenté hablarles, pero mi voz se desplomó antes de pronunciarse, como un pájaro muerto contra un vidrio invisible. Ellos seguían allí, inmóviles, esperando sin prisa, como si supieran que ya estaba escrito que los encontraría. Y entendí: no habían venido, siempre habían estado.

El mundo respiraba como un animal dormido. Las paredes se movían con la cadencia de un tórax gigante, los objetos se derretían en geometrías oblicuas, y las luces aparecían y se apagaban con el ritmo secreto de un corazón que no pertenecía a nadie. El disparo no había destruido la realidad, la había desatado. Cada forma se liberaba de su obligación de parecerse a sí misma: el suelo latía bajo mis pasos, el techo susurraba en una lengua sin palabras, y las sombras se doblaban sobre sí mismas hasta convertirse en corredores infinitos. Todo se quebraba y, sin embargo, había una belleza áspera, casi misericordiosa, en ese caos que me despojaba de certezas.

No había sangre, pero sí la memoria de una herida que nunca ocurrió. La sentía en las grietas, en el aire cargado de ceniza invisible, en el movimiento de los cristales empañados que parecían sudar por miedo. El disparo traía consigo la sombra de mil muertes sin cadáver: cada esquina era una tumba sin lápida, cada respiro, un duelo por lo que nunca nació. Y me descubrí caminando entre fantasmas de posibilidades que se habían extinguido antes de ser pronunciadas. Era la violencia sin gesto, el crimen sin asesino, la certeza de haber sido atravesado muchas veces en vidas que no recuerdo.

De pronto, mi voz ya no me pertenecía. O tal vez nunca me había pertenecido. Pensamientos que no eran míos se infiltraban como corrientes sanguíneas, y lo que llamaba yo se disolvía como tiza bajo la lluvia. Una multitud sin cuerpo murmuraba dentro de mí, voces que se cruzaban en un coro fragmentado, grave y agudo, lleno de disonancias, como si disputaran la posesión de mi conciencia. Cada palabra incomprensible me quemaba más que cualquier certeza. Entendí que ya no había un yo, solo un enjambre de presencias que se usaban mutuamente como refugio.

Y entonces el eco se quedó sin bala. Ningún final. Ningún desenlace. El disparo había sucedido, pero seguía latiendo en el silencio, multiplicando su resonancia en los muros, en las sombras, en la raíz de mi espera. No esperaba nada ni a nadie. Esperaba la espera. El vacío sostenido como un pájaro detenido en pleno vuelo.