Los mapas están hechos para perderse


Abrí el mapa como quien desgarra una piel demasiado vieja para sostener otro invierno. El papel se arrugó entre mis manos, hinchado de pliegues y sombras, como si guardara la memoria de los cuerpos que lo doblaron antes que yo. No había direcciones: solo cicatrices desordenadas, venas secas, calles que se extinguían en pleno aire. El norte había desertado hacía siglos, y en su lugar quedaba un vacío que respiraba. Pasé el dedo sobre aquellas líneas torcidas como un ciego tanteando la espalda de un fantasma, y cada trazo me devolvía la certeza de que el mapa no ofrecía rutas: era una emboscada de extravíos. Los mapas, comprendí, no nacieron para llegar, sino para perder con estilo.

La ciudad se negaba a aparecer. Ningún edificio, ningún río, ninguna plaza. Solo manchas, como si alguien hubiese derramado café sobre la geografía para ocultar los nombres. En esas manchas vi personas, andenes donde el eco caminaba solo, portales abiertos hacia la nada. Me pareció escuchar pasos que nunca sucedieron, voces retenidas en la garganta de un silencio mineral. Seguí esas manchas como quien obedece un conjuro, y lo extraño fue reconocer lugares que jamás había pisado, como si fueran recuerdos heredados de otra vida. La ciudad respiraba debajo del papel, pero me esperaba sin certezas, como un animal cansado de su propio sueño.

Avancé sin saber si caminaba sobre calles o dentro de mí. Los edificios eran sombras verticales, como párpados enfermos que parpadeaban con lentitud. En las vitrinas me miraban gestos congelados, máscaras sin latido, ojos dibujados para vigilar. Sentí que el mapa no estaba afuera, sino bajo la piel: un sistema nervioso trazado con lápiz roto, donde cada línea era un impulso eléctrico empujándome hacia ningún sitio. No se trataba de perderme; se trataba de habitar el extravío.

El mapa se desdobló en constelaciones. El cielo se inclinó sobre mí y dejó caer su arquitectura de luces: corredores invisibles, hilos de fuego que unían estrellas muertas como cuentas de un rosario cósmico. Los antiguos habían trazado allí sus rutas, confiando en que el cielo fuera más fiel que la tierra. Pero incluso en el cielo la geometría se corrompía: las constelaciones se desordenaban lentamente, como si un dios aburrido moviera las piezas sin aviso. No había coordenadas, solo el pulso inexacto del universo burlándose de mis manos. Supe entonces que el mapa no era guía, sino advertencia: perderse es la única manera de pertenecer.

Caminé hasta el río. En el papel, era una vena azul que cortaba el territorio con precisión quirúrgica; en la realidad, un espejo líquido que retrocedía. El agua no descendía: huía hacia atrás, rebelándose contra la obediencia de la gravedad. Hundí la mano y el tiempo se deshizo entre mis dedos como sal. Comprendí que ningún mapa podría domesticar la corriente: el río iba al origen, y yo flotaba hacia la infancia de la materia, convertido en palabra borrada de un idioma que ya no existe.

El extravío se volvió rito. Me detuve ante un muro húmedo que el mapa no registraba. Sobre él, signos indescifrables, caligrafías arañadas por la lluvia y el humo. Acerqué la frente al muro, y el muro me respiró. Cerré los ojos y vi un templo sin altar, iluminado por el resplandor de lo imposible. El aire olía a ceniza, a incienso muerto, a huesos pulverizados. Allí entendí que la fe no se buscaba en el mapa, sino en la renuncia a saber. Perderse era la llave: el muro era la puerta.

La noche se plegó como una página oscura. Los faroles brillaban con la persistencia de un recuerdo que se niega a apagarse. Caminé entre sombras que se multiplicaban hasta confundirse conmigo, y cada esquina era un desvío hacia otra dimensión. El mapa mostraba una plaza: la realidad me entregó un vacío. Solo el viento giraba en círculos, arrastrando papeles sin nombre. Me senté en el centro de la nada. Extendí el mapa sobre mis rodillas y descubrí que estaba en blanco. El extravío había alcanzado su forma más pura: ni un trazo, ni una coordenada, solo una sábana extendida sobre el abismo.

Entonces lo supe. El mapa había cumplido su propósito: no para orientarme, sino para consumirme. No quedaba destino, solo el territorio del vacío. Lo dejé ir con la última brisa, y mientras flotaba hacia la oscuridad, no sentí pérdida. Quizás el mapa nunca existió. Quizás fui yo el que se dibujó en él para poder desaparecer.