La rima interna del exilio
No recuerdo el instante exacto en que comenzó la pérdida, aunque algo en mí sabe que siempre estuve perdiendo, incluso antes de nacer, como si la vida hubiera sido un préstamo otorgado por una casa en ruinas y mi única tarea consistiera en abandonarla a tiempo. Desperté en un espacio sin nombre, rodeado de paredes que parecían sostenerse a fuerza de sombra, y comprendí que estaba en el centro de una ausencia que no pedía explicaciones. Los objetos seguían en su lugar, fieles a la memoria de una existencia ajena, pero habían decidido callar: ni el vaso sabía del agua que alguna vez contuvo, ni la lámpara recordaba la luz que encendía los rostros, ni el espejo tenía el gesto de devolverme a mí mismo. Miré en su interior y sólo encontré un vacío transparente, una claridad muda que me observaba con la indiferencia de quien ha visto demasiados rostros perderse. Comprendí entonces que el exilio no era un viaje, sino un despertar dentro de una casa que ya no me reconoce, una casa que sigue siendo mía únicamente para recordarme que no me pertenece.
Las calles me recibieron como si hubieran estado esperando mi errancia. Una llovizna gris, casi invisible, se derramaba sobre los adoquines, borrando con paciencia las huellas de todos los que alguna vez intentaron huir. Caminaba sin dirección, con la esperanza absurda de encontrar en una ventana encendida la señal de que aún quedaba un lugar donde mi sombra tuviera derecho a caer. Pero cada esquina era idéntica a la anterior, y las farolas proyectaban siluetas que no coincidían con mi cuerpo, como si la ciudad se empeñara en fabricarme un doble para desterrarme de mí mismo. Intenté pronunciar mi nombre en voz alta, y lo que salió fue una lengua quebrada, metálica, un sonido sin genealogía, como si la palabra hubiera olvidado de dónde venía. Nombrar el agua era descubrir la sed; nombrar el pan, sentir en la boca un hambre sin dientes. Y así comprendí que la lengua misma me había declarado extranjero.
Seguí caminando, o tal vez soñando, porque el tiempo ya no obedecía a relojes ni campanas: se había vuelto líquido, ondulaba a mi alrededor como un río que avanzaba hacia ninguna parte. Crucé una estación donde los taxis eran sólo rumores oxidados, y en los andenes esperaban viajeros sin rostro, pacientes como santos que hubieran olvidado su fe. Quise preguntarles hacia dónde iban, pero mi voz se quebró antes de nacer, deshecha como un papel bajo la lluvia. Ellos me devolvieron miradas que no eran miradas, sino vacíos transparentes, y supe que llevaban siglos aguardando sin esperar nada, porque el exilio, cuando se prolonga demasiado, deja de necesitar destino.
Un animal me siguió sin ruido. No sabría decir si era un perro, una sombra o el último recuerdo de una infancia que nunca tuve. Sus ojos eran de vidrio húmedo, y en su paso había una lealtad espectral que me inquietaba: parecía reconocerme como a un dueño que había perdido, o como a la presa que siempre había buscado. Caminaba conmigo por túneles donde el aire se espesaba hasta doler en los pulmones, por habitaciones que parecían abandonadas hace un minuto por alguien idéntico a mí. Había espejos en esas habitaciones, espejos sin imagen, y al mirarlos me encontré con la sospecha de que mi rostro se había fugado a otro lugar. Tal vez era el animal quien me llevaba ahora, y yo no era más que la sombra de su andar.
El amanecer llegó como una imitación torpe de la luz. No había sol, sólo un resplandor cansado que apenas lograba dibujar la silueta de los edificios, columnas agrietadas de una catedral sin dioses. El viento movía papeles que nunca habían sido escritos, hojas en blanco rodando por la avenida como si intentaran componer una historia que nadie leería. Cada puerta conducía a otra puerta, cada pasillo desembocaba en un pasillo más largo, y yo entendía que el mundo era un laberinto diseñado no para perderse, sino para recordarme que la salida era la misma que la entrada.
Entonces ocurrió el silencio. Un silencio tan espeso que podía tocarse con las manos, tan puro que borraba incluso el ruido de mi respiración. El animal ya no estaba. Mis pasos tampoco. Todo había desaparecido, salvo esa suspensión que me sostenía como una corriente invisible. Allí entendí que había llegado al centro del exilio: ese lugar donde el yo ya no importa, donde el tiempo deja de ser línea o círculo y se convierte en polvo luminoso flotando en el vacío. No sentí miedo. El miedo también se había marchado, como si sólo existiera para quienes aún creen que hay un lugar al cual regresar.
Me quedé allí, suspendido, sin rostro, sin patria, sin nombre. Y tal vez —aunque no puedo asegurarlo— comprendí que el exilio no era condena ni refugio, sino el único lugar verdadero. Un lugar donde ya nada necesitaba nombre.