La ciudad que aprendió a devorarse
La escucho latir debajo de mis pasos. Cada baldosa respira. Un aliento antiguo se abre paso por mis venas y me desarma. No camino: me deslizo sobre una piel viva, sudorosa, que no sé si me recibe o me expulsa. La ciudad despierta en mí con la violencia de un corazón ajeno que palpita bajo mi costado. No son edificios, no son calles: es un animal inmenso que tiembla con cada mirada, que se retuerce bajo el peso de su propio deseo. Y yo, insignificante, me entrego a su respiración como si ya no hubiera diferencia entre mi carne y su sombra. Tú también lo sientes: el suelo late, el aire mastica, el silencio te lame la espalda. La ciudad no espera: te traga.
Las calles son bocas interminables. El pavimento me prueba con su lengua áspera, chupa mis recuerdos, rumia mis pasos como si fueran migajas inevitables. Los semáforos parpadean como párpados cansados, y cada luz roja me recuerda que soy apenas un bocado detenido en la garganta de la urbe. No hay amenaza, no hay castigo: solo hambre inocente. Como la de un río que arrastra ramas muertas sin preguntar, o la de un bosque que devora una casa abandonada hasta cubrirla de raíces. Tú piensas que caminas, pero es ella quien te mueve, quien decide el ritmo de tus huesos. La ciudad devora sin crueldad. Como quien respira.
El tiempo aquí no avanza. Se retuerce, se deforma, se astilla. Los relojes se derriten en las avenidas, los segundos se coagulan en los atascos inmóviles, las estaciones de bus parecen nunca haber recibido a nadie. El tráfico late como un corazón enfermo que no sabe si seguir o rendirse. Yo mismo me siento detenido en un presente interminable, como si la ciudad me estuviera digiriendo sin prisa, saboreando mi conciencia hasta volverla sombra. Tú levantas la vista: las agujas del reloj no giran, pero el cansancio crece como si hubiera pasado un siglo. El tiempo ya no te pertenece. Ahora es carne del intestino de la urbe.
En sus entrañas me descubro. El callejón me traga con su lengua metálica y húmeda, me mastica, me escupe convertido en sombra. Las escaleras mecánicas suben y bajan como arterias que transportan cuerpos deshechos, sin nombre. Los ascensores me aprietan como costillas de acero que se cierran sobre mis pulmones. No soy habitante: soy órgano. Pulmón prestado. Latido desechable. Voz que se disuelve en la humedad del concreto. Los edificios me arrastran hacia sus entrañas, me absorben en su piel de cemento y vidrio. Me dejo arrastrar porque descubro que mi sangre late al ritmo del asfalto. Mi carne reconoce el concreto. Mis huesos son columnas que sostienen un cielo que ya no me protege.
En las plazas vacías, el silencio abre su boca negra. Allí la ciudad no mastica, solo espera. Los ecos rebotan entre muros sin dueño, se buscan y no se encuentran. Palabras que no nacen, pensamientos que se evaporan antes de ser pronunciados. Tú también lo sientes: el silencio no calla, traga. Devora lo innombrable y lo hunde en su vientre sin fondo. La libertad se confunde con la desaparición. Y en ese vacío descubro la más pura de las verdades: no tener que decir, no tener que pensar, solo entregarme al silencio como quien cae en un pozo sin fondo.
Pero las pantallas no callan. Multiplican sus ojos en cada esquina. Neones que sangran colores imposibles. Carteles desgarrados que brillan como heridas abiertas en los muros húmedos. No sé si me miran o me fabrican, si me vigilan o me inventan. Tú también eres arrastrado por el resplandor. Cada anuncio se pega a tu piel como un tatuaje invisible. Cada palabra luminosa te arranca un pedazo de memoria. La ciudad se convierte en teatro, en espectáculo, en simulacro. Y tú, público cautivo, eres también escenario. Tu cuerpo se llena de tipografías mudas que nadie entiende, pero que arden bajo tu piel como brasas secretas. Resistirse sería inútil: el resplandor también devora.
En los suburbios, la ciudad explota como un universo en expansión. Barrios nuevos brotan como galaxias frescas, extendiéndose hasta donde la mirada se rinde. Las farolas se encienden como constelaciones frágiles, dibujando mapas que nunca han existido. Las avenidas se abren como ríos estelares, arrastrándome hacia un cosmos interminable. Tú crees caminar sobre tierra, pero lo haces sobre polvo de estrellas que arde en tus zapatos. La ciudad es un Big Bang que nunca termina. Expande. Colapsa. Se traga a sí misma mientras nace de nuevo, como un animal que no conoce la muerte.
Ya no distingo si soy yo quien la habita o ella quien me habita. La frontera se disuelve como tinta en agua. Respiro un aire que no es mío. Lato con un corazón que me ha sido arrancado. La ciudad no me devora: me disuelve. Tú también te disuelves. Eres calle. Eres sombra. Eres eco atrapado en un muro que nadie construyó. Cierra los ojos. Escucha el rumor profundo: no sabrás si es tu sangre o la voz de la ciudad tragándose el silencio. No hay afuera. No hay yo. Solo la ciudad. Tragando. Latiendo. Masticando. Y tú, convertido en su último aliento.