Un recuerdo sin rostro
No recuerdo su cara. Y sin embargo, su ausencia me mira cada mañana desde la penumbra de la habitación, como si los ojos que nunca vi hubieran aprendido a respirar en la almohada vacía, como si el silencio se hubiera adueñado de la sábana y se acostara conmigo cada noche para repetirme que lo perdido no necesita rostro para existir. No sé si fue mujer o sombra, si alguna vez me habló o si inventé su voz para sobrevivir a la soledad, pero lo cierto es que su recuerdo arde en mis huesos con la violencia de lo que no se deja enterrar. No hay fotografía, no hay nombre, no hay testigo: apenas una presencia sin figura que me acecha con la obstinación de una verdad imposible de probar.
La memoria me rodea como un cuerpo extraño. No aparece en imágenes, sino en la densidad de lo oscuro. La percibo al caminar por calles que nunca recorrí, al tocar barandales oxidados que me devuelven el frío de casas que jamás habité, al escuchar voces que parecen repetirse desde habitaciones donde no he estado. Cada recuerdo es ruina suspendida: columnas sin templo, vitrales rotos atravesados por una luz enferma que no sabe a quién ilumina. Y yo camino entre esas ruinas como quien busca un centro que no existe, convencido de que en alguna grieta aparecerá el rostro, aunque siempre encuentro más lugares vacíos, más ecos, más espejos sin nadie.
He intentado reconstruirlo con los sentidos, como un escultor ciego que acaricia el aire con los dedos heridos. A veces regresa un perfume sin dueño, la fragancia tibia de una tarde sin fecha que aún gotea sobre mis huesos; otras veces, un murmullo breve, como si la respiración de alguien se quebrara dentro de mi oído. Hay noches en las que despierto, convencido de haber sentido la presión de una mano sobre mi pecho, un calor humano que se disuelve al abrir los ojos. Pero siempre descubro lo mismo: solo la penumbra late, solo la soledad me toca. Ninguno de esos fragmentos alcanza para esculpir un rostro; son piezas que se niegan a encajar, astillas de un cuerpo imposible.
A veces el silencio se convierte en la única memoria. Hay un punto en que las palabras se derrumban y ya no soportan el peso de lo ausente. Entonces permanezco quieto, escuchando el vacío como si fuese música. El silencio crece, se expande, ocupa el espacio que antes reclamaban las imágenes. En esos instantes, el recuerdo sin rostro me parece más vivo que nunca, porque no necesita máscara ni testimonio: su fuerza consiste en no mostrarse, en sostenerse en el filo de lo invisible. Y en esa penumbra, descubro que lo que no se revela nunca puede ser olvidado.
Pero el lenguaje me traiciona. Lo que nombro se desvanece; lo que callo, me quema. Intento dibujarlo con palabras y solo logro escribir cicatrices. Cada frase se abre como una herida en la página, anunciando lo perdido sin devolverlo. El recuerdo se niega a ser atrapado: se disfraza de metáfora, se esconde entre las sílabas, se burla de mi voz. Y, sin embargo, escribo. Porque si dejo de hacerlo, desaparecerá no solo el recuerdo, sino yo mismo, que he quedado atado a su vacío. Quizás el recuerdo no sea ella, sino esta escritura que la suplanta con la torpeza de su ausencia, estas frases que fingen ser su cuerpo mientras me consumen.
Me miro en los espejos y descubro que tampoco reconozco mi rostro. Tal vez nunca lo tuve. Tal vez la memoria me inventó como compañía de su propia soledad. Lo que encuentro frente a mí no es una cara, sino una máscara a medio caer, un reflejo que se disuelve en cuanto parpadeo. Y entonces comprendo que el recuerdo sin rostro me habita porque soy yo mismo quien ha perdido el suyo. No hay diferencia entre él y yo: somos el mismo vacío reflejado dos veces.
El recuerdo continúa, sin tiempo, sin principio ni fin. Camina conmigo como un huésped indeseado, como un dios oculto tras la cortina de la conciencia. Nunca muestra su rostro, y esa es su forma de permanecer. Porque al final, lo que no se revela no puede morir. Y quizá esa sea su venganza: habitarme para siempre con la violencia de lo invisible, obligarme a recordar lo que nunca existió.