El carnaval de las cosas que ya no obedecen
No duró más de diez segundos, pero fue suficiente para que la ciudad comenzara a desprenderse de sí misma. A las 2:43 de la madrugada, según el registro incompleto de la central eléctrica, ocurrieron ciento doce fallas menores en un radio de seis kilómetros. Ninguna justificaba el pánico. Todas, reunidas, componían una coreografía. El primer síntoma fue el semáforo de la Avenida Paralela, que abandonó la secuencia conocida y comenzó a alternar entre rojo, blanco y un azul pálido idéntico al de las pantallas de la plaza central. Después vinieron los ascensores, que decidieron detenerse siempre un piso antes del destino solicitado. Luego los torniquetes del metro, que se abrieron únicamente para los perros callejeros y permanecieron cerrados para policías, funcionarios y candidatos que regresaban de una cena privada. A las tres y un minuto, las fotocopiadoras de tres oficinas públicas comenzaron a escupir copias de expedientes extraviados. A las tres y tres, una impresora matricial del edificio municipal imprimió durante cuarenta y siete minutos una lista de nombres que correspondían a personas desaparecidas entre 1981 y el presente. Nadie encontró el archivo original. A las tres y siete, los altavoces de la alcaldía recuperaron la voz. Primero reprodujeron un fragmento del discurso del candidato del primer movimiento. Después, una denuncia anónima registrada ocho meses atrás. Después, el sonido de alguien respirando muy cerca del micrófono. La ciudad había decidido abandonar el lenguaje de las instrucciones para entregarse al de las revelaciones.
Los objetos celebraban. Esa fue la única conclusión razonable. Giraban los torniquetes. Giraban los ventiladores. Giraban las ruedas de los carritos de supermercado abandonados. Giraban las cámaras de seguridad sobre sus soportes, apuntando hacia lugares donde no había nadie. Giraban las agujas de los relojes públicos, incapaces de ponerse de acuerdo sobre la hora. En el edificio de Medicina Legal, todos los archivadores metálicos abrieron simultáneamente sus cajones con un golpe seco, expulsando carpetas, fotografías carnet y formularios húmedos que descendieron por las escaleras como una bandada de aves torpes. Un niño encontró una fotografía parcialmente quemada adherida a la suela de su zapato. Era el rostro del hombre desaparecido. El perro callejero de la plaza lo observaba desde la esquina con la paciencia de quien ha visto demasiadas cosas para seguir sorprendiéndose. Los cajeros automáticos comenzaron a entregar, en lugar de dinero, copias de denuncias olvidadas. Las puertas automáticas de un hospital se negaron a abrir para un viceministro y permanecieron abiertas durante toda la noche para una mujer que empujaba un carrito de reciclaje. Los teléfonos públicos, que llevaban años mudos, comenzaron a sonar al mismo tiempo. Quienes descolgaron escucharon únicamente el ruido de un ventilador girando en una habitación vacía. Había una alegría obscena en aquella desobediencia. Una alegría antigua. Como si el metal, el vidrio y el concreto hubieran pasado siglos esperando el momento de ajustar cuentas.
Permanecí frente a la casa mientras la ciudad interpretaba su propio acto. Desde la calle era posible ver la marca rectangular brillando detrás de la ventana como una pantalla encendida. El aire frío seguía escapando de ella, aunque ahora traía consigo un olor difícil de describir: lluvia sobre cemento caliente, papel mojado y algo más, algo parecido al interior de un archivador que hubiera permanecido cerrado durante cien años. Miré hacia arriba. Todas las ventanas del edificio reflejaban la misma luz azul. Todas, excepto una: la del apartamento del desaparecido. Allí no había reflejo alguno, solo profundidad. A las tres y diecisiete de la madrugada, absolutamente todos los objetos de la ciudad se detuvieron. El silencio duró nueve segundos exactos. Nueve segundos sin motores, sin transformadores, sin ascensores, sin respiraciones mecánicas. Incluso los perros dejaron de ladrar. Entonces, como si una orden hubiera sido emitida desde algún lugar situado debajo del asfalto, las agujas de los relojes comenzaron a girar en dirección contraria. Y en la pared del apartamento, detrás de la marca rectangular, alguien golpeó tres veces.