La genealogía del gris
La primera vez que vi el gris salir de un cuerpo tenía nueve años y estaba sentado en la sala de espera de un hospital público. Mi abuelo tosió dentro de un pañuelo blanco y, durante una fracción de segundo, juraría haber visto una nube fina desprenderse de su boca antes de desaparecer bajo la luz de los tubos fluorescentes. Nadie pareció notarlo. Mi madre me apretó la rodilla con una mano sudorosa y me pidió que dejara de mirar. Treinta años después, mientras un apagón dejaba sin electricidad media ciudad y los edificios se convertían en bloques negros bajo un cielo del color de las monedas viejas, encontré un archivador metálico al fondo de la casa de mi padre. Pesaba como un animal dormido. Dentro había cuarenta y siete fotografías tomadas entre 1962 y 2021. Las extendí sobre el suelo. En todas aparecía el mismo rostro usando personas distintas. Mi abuelo frente a una ladrillera. Mi padre inaugurando una ferretería. Mi hermana sosteniendo a su hija en un centro comercial. La mandíbula ligeramente caída, los párpados pesados, la mirada desviada hacia algo que siempre permanecía fuera del encuadre. Sentí un sabor mineral en la boca. Me pasé la lengua por los dientes y encontré una capa áspera adherida a las encías.
Esa noche la temperatura no descendió de los treinta grados. El ventilador de pedestal oscilaba lentamente, repartiendo el calor con una imparcialidad burocrática. Clasifiqué las fotografías por fechas, profesiones y dirección de la mirada. A las tres de la mañana descubrí que todos habían vivido a menos de tres kilómetros de una obra en construcción. A las cuatro encontré una inscripción en el reverso de una fotografía de 1978: "Tu padre ya comenzó a respirar como nosotros". La letra era de mi abuelo. Salí a la calle con las manos todavía manchadas de óxido. El barrio estaba despierto. Los buses jadeaban en las avenidas, las motocicletas abrían heridas de ruido en la madrugada y un grupo de obreros desayunaba caldo junto a una mezcladora de cemento que seguía girando aunque nadie la vigilara. Comencé a caminar. Durante semanas llevé una libreta en el bolsillo y anoté detalles inútiles: temperatura ambiente, dirección del viento, cantidad de polvo acumulado en los alféizares. Descubrí que el gris prefería las seis y diecisiete de la tarde, cuando las oficinas vomitaban empleados hacia las aceras. Entonces aparecía sobre los hombros de la gente, una película fina que el sudor convertía en pasta.
Pronto dejé de registrar a los demás y empecé a registrar mi cuerpo. El interior de mis fosas nasales amanecía cubierto por una costra cenicienta. La piel de mis antebrazos adquirió una textura semejante al papel de lija. Comencé a despertar con la mandíbula contraída y los dedos cerrados en puños. Una mañana, mientras esperaba el bus, observé a un niño dibujar sobre el vidrio empañado de una estación. Había trazado un árbol genealógico. En lugar de nombres, cada rama terminaba en un edificio. El niño levantó la vista, me señaló y añadió un último piso al dibujo. Cuando el bus llegó, el viento levantó una nube de polvo y durante un instante desapareció por completo. Lo busqué entre los pasajeros, pero sólo encontré hombres y mujeres con los zapatos cubiertos por la misma capa opaca. Aquella noche me miré al espejo y descubrí que la parte blanca de mis ojos comenzaba a perder terreno.
Ahora escribo esto con las ventanas abiertas. Son las seis y diecisiete de la tarde. La ciudad respira debajo de mi casa como un pulmón averiado. Sobre la mesa, las cuarenta y siete fotografías parecen haberse oscurecido un tono desde el amanecer. Hace unos minutos intenté lavarme las manos y el agua salió gris durante varios segundos. Pensé que era una avería en las tuberías hasta que observé mis palmas: las líneas habían comenzado a llenarse de un sedimento fino, idéntico al que encontré en el pañuelo de mi abuelo aquella mañana en el hospital. Afuera, las grúas permanecen inmóviles contra el horizonte y miles de personas regresan a sus casas cargando bolsas, mochilas y pequeñas derrotas. La nevada de cemento ha comenzado otra vez. Esta vez, sin embargo, el polvo no cae del cielo. Está subiendo desde las alcantarillas. Y acaba de llegar al piso doce.