La lentitud de desaparecer
Nadie desaparece el día de su muerte. Hay existencias cuya ausencia comienza mucho antes de que el cuerpo conozca su final, cuando el tiempo deja de abrir posibilidades y empieza a depositarse sobre la conciencia como una sustancia silenciosa, cuando el espacio deja de ser un lugar para convertirse en una forma de respirar y cuando el nombre con el que aprendemos a reconocernos termina pronunciando, sin advertirlo, el deseo de otros.
Acaso el ser nunca se pierda de manera súbita; quizá se desgaste con la paciencia de la humedad que asciende por los muros, del polvo que modifica lentamente la textura de los muebles o del gris que termina habitando un color sin necesidad de destruirlo.
Toda cultura inventa arquitecturas para domesticar esa incertidumbre: familias, lenguajes, tradiciones, prestigios y rituales que ofrecen la promesa de una identidad estable a cambio de reducir la amplitud de lo posible. Habitamos esas construcciones antes de comprender que también ellas nos habitan, inscribiendo en el cuerpo gestos, silencios y modos de mirar el mundo que terminamos confundiendo con nuestra naturaleza.
Sin embargo, siempre permanece un resto que resiste a la sedimentación del tiempo: una imagen, un recuerdo, una obra inacabada, una intuición sin nombre, la obstinación secreta del deseo por imaginar otra existencia. Tal vez el arte nazca precisamente de esa resistencia, no como refugio frente a la realidad, sino como el último lugar donde el ser conserva la memoria de aquello que todavía podría llegar a ser.
Entre esa posibilidad y la paciente educación de la obediencia se despliega la historia de toda desaparición, porque ninguna vida se extingue únicamente cuando deja de respirar; comienza a desaparecer en el instante en que deja de crear mundo y acepta, con la serenidad de quien ignora la pérdida, habitar una existencia cuidadosamente vivida por otros.