La lentitud de desaparecer


La desaparición comenzó por las huellas dactilares. Lo descubrí una mañana al intentar desbloquear el celular. El aparato rechazó tres veces mi pulgar con la frialdad de una máquina ofendida. Me acerqué al espejo del baño y observé las yemas de mis dedos: los surcos se habían vuelto imprecisos, como si alguien los hubiera lijado durante la noche. La piel estaba fría. No una temperatura humana, sino la de los objetos olvidados en una sala de espera. También habían aparecido pequeñas zonas de vacío en mis antebrazos. No eran heridas. Eran interrupciones. Si miraba de reojo, podía ver el estampado de la cortina a través de ellas. Escupí en el lavamanos. La saliva dejó una línea gris idéntica a la que encontré semanas atrás en la cocina de mi tía. Abrí el archivador de mi padre. Las cuarenta y siete fotografías seguían en orden, pero ahora faltaban otras cosas: la mano izquierda de mi abuelo, la sombra de mi hermana sobre una pared, un perro que había vivido doce años con nosotros. La ausencia se propagaba con disciplina. En el reverso de una fotografía apareció una frase que juraría no haber leído antes: "La ciudad no conserva personas. Conserva espacios disponibles". Reconocí inmediatamente la letra.

A las diez de la mañana intenté entrar a la estación. El torniquete emitió un pitido breve y permaneció inmóvil. Lo intenté de nuevo. El guardia observó la pantalla y me preguntó si estaba seguro de haber existido allí alguna vez. Lo dijo sin ironía, como quien consulta el horario de un autobús. En el edificio de registros civiles, la fila avanzaba lentamente bajo el zumbido de los ventiladores industriales. Cuando llegó mi turno, la funcionaria escribió mi nombre en un formulario y el papel absorbió la tinta hasta volverla ilegible. Probó tres veces más. Después levantó la vista y me entregó un número de turno sin número. Miré a mi alrededor. Había docenas de personas sentadas en silencio sosteniendo formularios en blanco. Algunos comenzaban a transparentarse por los hombros. Otros habían perdido las orejas, el reflejo o la capacidad de proyectar sombra sobre el suelo. Nadie parecía sorprendido. Una impresora matricial seguía escupiendo hojas cubiertas por una fina capa de polvo gris. Sobre cada una podía leerse la misma palabra: ARCHIVADO. Al salir del edificio, una cámara de seguridad giró hacia mí, dudó durante un segundo y continuó su recorrido como si no hubiera encontrado nada digno de registrar.

La ciudad había comenzado a participar activamente en el proceso. Los ascensores omitían mi piso. Las puertas automáticas permanecían cerradas hasta que otra persona se aproximaba. En el supermercado, la cajera pasó mis productos por el lector y la pantalla respondió: ARTÍCULO DESCONTINUADO. Dejé de sentir el peso de los zapatos al caminar. Después desapareció la sensación de las rodillas y más tarde la del lado izquierdo del rostro. Lo verdaderamente terrible no era la pérdida, sino la rapidez con que uno se acostumbraba a ella. Regresé al hospital donde murió mi abuelo. La enfermera me reconoció antes de verme. Dijo mi nombre mirando un espacio vacío a mi derecha. Me condujo a una sala iluminada por una lámpara que temblaba con la insistencia de un insecto atrapado. Sobre una mesa metálica descansaban tres objetos: el frasco ámbar de mi tía, una fotografía donde ya no aparecía nadie y una etiqueta de morgue con mi fecha de nacimiento. El frasco estaba vacío, salvo por una neblina girando lentamente en su interior. Lo abrí por primera vez. No había olor a químico ni a metal. Olía a lluvia sobre cemento caliente. Olía a las tardes de las seis y diecisiete. Olía a mí.

Salí del hospital cuando comenzaban a encenderse las luces de los edificios. La ciudad seguía funcionando con una eficacia admirable y miserable. Los autobuses llegaban a tiempo. Las oficinas cerraban. Las familias cenaban frente a sus televisores. Crucé el puente sobre el río y observé mi reflejo en una ventana: detrás del vidrio sólo quedaba la calle. Levanté la mano y vi las luces del tráfico atravesarla sin resistencia. El polvo gris seguía cayendo, pero ahora comprendía su verdadera naturaleza. No era ceniza ni cemento. Eran millones de nombres triturados durante décadas y devueltos al aire para que otros los respiraran. Abrí el archivador por última vez. Estaba vacío. Incluso la oxidación había desaparecido. Hasta aquí, la obra completa había sido escrita para llegar a este punto: el gris como herencia, el arsénico como administración y la desaparición como servicio público. A las seis y diecisiete de la tarde, las cámaras del puente registraron una leve alteración en la imagen durante exactamente tres segundos. Después, continuaron grabando una ciudad perfectamente intacta.





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