La quietud del arsénico de etiqueta


La primera vez que vi el arsénico fue dos semanas después de la nevada de cemento. Seguía encontrando polvo gris en las costuras de mis camisas y despertaba con una línea blanca en la lengua, como si hubiera dormido mordiéndome el interior de la boca. Las yemas de los dedos habían comenzado a perder sensibilidad. Podía sostener una taza de café demasiado caliente sin reaccionar. Mi tía me llamó un martes a las cuatro y diecisiete de la tarde, la hora en que la ciudad acostumbra expulsar a sus empleados hacia las avenidas. Dijo que necesitaba ayuda para ordenar algunas cosas. Cuando llegué, el edificio respiraba con dificultad. Los ascensores emitían un zumbido irregular y las tuberías golpeaban detrás de las paredes con la paciencia de un corazón anciano. Sobre la mesa había tres frascos ámbar. Cada uno llevaba una etiqueta distinta: DESINFECTANTE, CONSERVANTE, USO DOMÉSTICO. La tipografía era impecable. Reconocí inmediatamente la letra de los números impresos. Era la misma que había encontrado en la inscripción del archivador de mi padre. Acerqué uno de los frascos a la luz. Sobre el papel blanco se había depositado una fina capa de polvo gris. Mi tía me observó sin levantar la vista y dijo: "Tu abuelo los compraba por cajas. Decía que toda familia necesita una sustancia que la mantenga unida".

Abrí el gabinete de la cocina y encontré una arquitectura de la quietud. Filas de etiquetas desprendidas, envases vacíos, cucharas de acero ennegrecidas, guantes endurecidos por décadas de productos anónimos. En una caja de zapatos se acumulaban centenares de pequeñas tarjetas: jabón, antipolillas, desinfectante, suplemento mineral, estabilizador. Ninguna coincidía con el contenido de los recipientes que acompañaban. El olor era difícil de describir. Había cloro, metal húmedo y algo más, algo semejante al aroma que deja una moneda en la palma después de permanecer demasiado tiempo cerrada. Mientras revisaba los estantes, una punzada atravesó mi mandíbula. Escupí en el fregadero. La saliva tenía un brillo grisáceo. Mi tía continuó ordenando los frascos con una lentitud litúrgica. Entonces me mostró sus manos. Bajo las uñas corrían delgadas líneas blancas, como si alguien hubiera dibujado pequeñas carreteras sobre la carne. "Le ocurrió a tu padre a los cuarenta y tres", dijo. "A ti te está ocurriendo antes." El ventilador del techo giró una vez y se detuvo. En el silencio posterior pude escuchar el edificio completo: los transformadores eléctricos, el agua descendiendo por las tuberías, una tos en el apartamento del tercer piso y, más abajo, el largo suspiro del tráfico atrapado en la avenida.

Salí a caminar. El barrio parecía suspendido dentro de un recipiente de vidrio. En la droguería de la esquina encontré los mismos frascos detrás del mostrador. También estaban en la ferretería, en el supermercado y en una tienda veterinaria junto a la estación del metro elevado. Cambiaban de nombre, nunca de etiqueta. Comencé a prestar atención. Los obreros llevaban etiquetas cosidas en el interior de los cascos. Los cadáveres en la morgue municipal tenían etiquetas atadas al tobillo. Las prendas en los escaparates prometían resistencia al desgaste. Incluso las frutas del mercado aparecían clasificadas por tamaño, origen y fecha de vencimiento. Comprendí entonces que la ciudad no administraba personas, sino inventarios. Cada habitante era una sustancia debidamente catalogada, almacenada y sustituible. Al regresar al edificio encontré a los vecinos reunidos en el vestíbulo. Todos sostenían un pequeño frasco ámbar entre las manos. Nadie hablaba. Parecían esperar instrucciones. El portero levantó el suyo hacia la luz y pude leer la inscripción de la etiqueta: CONTINUAR.

Esa noche permanecí sentado frente a uno de los frascos hasta que oscureció por completo. Había comenzado a perder el equilibrio. El piso se inclinaba ligeramente hacia la ventana y una resequedad obstinada me partía las comisuras de los labios. Afuera, la ciudad respiraba con la lentitud de un animal sedado. Los edificios encendían sus ventanas una a una, revelando la misma escena repetida miles de veces: una mesa, una lámpara, un cuerpo cansado y un pequeño recipiente de vidrio reposando cerca de la mano dominante. Acerqué la oreja al frasco. Primero escuché el roce de algo diminuto contra el cristal. Después una respiración. No venía del interior. Venía de mí. Cuando levanté la vista, descubrí que el vidrio se había empañado desde dentro y que una nueva inscripción emergía lentamente sobre la superficie. No era una palabra. Era una fecha. Mi fecha de nacimiento. Y debajo, con la letra de mi abuelo, una nota escrita muchos años antes: "No se trata de sobrevivir al veneno. Se trata de averiguar quién lo ha estado bebiendo a través de ti.”





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