La farmacopea del olvido
La ciudad guardó silencio durante cuarenta y dos minutos. Después comenzó el tratamiento. A las cuatro y once de la madrugada, las salas de urgencias registraron el mismo síntoma en distintos barrios: miles de personas eran incapaces de recordar qué habían olvidado. Un hombre llegó descalzo afirmando que durante treinta años había esperado a alguien en una estación de autobuses inexistente. Una enfermera aseguraba haber tenido una hermana cuyo nombre le provocaba una punzada detrás del ojo izquierdo cada vez que escuchaba el ruido de un ventilador. Un concejal insistía en que llevaba dos décadas ocupando el puesto de otro hombre. Los hospitales improvisaron categorías diagnósticas. Síndrome de omisión persistente. Amnesia focal urbana. Fatiga de identidad. Ninguna sobrevivió al final del día. Los barrenderos encontraron las alcantarillas llenas de blísteres transparentes. Cada alveolo contenía residuos de un polvo azul que olía a lluvia sobre concreto caliente, papel húmedo y electricidad. Los laboratorios municipales elaboraron un protocolo provisional: dosis recomendada, dos miligramos por recuerdo recurrente; administración, sublingual; efectos secundarios, sustitución de rostros, desaparición progresiva del reflejo, sensación de haber vivido la vida de otra persona; contraindicación absoluta, exposición prolongada a superficies espejadas. El informe fue archivado a las 6:03 de la mañana y desapareció a las 6:04. Durante el resto del día, las farmacias de turno reportaron un fenómeno imposible: los dispensadores automáticos seguían entregando comprimidos a pesar de haber sido desconectados de la red eléctrica.
La ciudad había comenzado a medicarse. Los comprimidos aparecían en bolsillos, cajones, buzones y máquinas expendedoras. Sobre cada uno estaba grabada una inscripción microscópica: 34/22. La misma medida de la marca rectangular. La gente los consumía con disciplina. Primero olvidaban una discusión, una dirección, una deuda. Después olvidaban por qué habían querido olvidar. Finalmente, olvidaban haber tomado la dosis anterior. Las sobredosis eran fáciles de identificar: los pacientes permanecían inmóviles frente a una pared vacía durante horas, con la expresión serena de quienes acaban de ser relevados de una responsabilidad insoportable. El expediente ciento doce comenzó a adelgazar. Cada vez que lo abría faltaban páginas nuevas. De ciento doce pasó a ochenta y cuatro. Después a cincuenta y tres. Después a nueve. En la última hoja encontré una nota escrita con tinta azul: paciente responde favorablemente al tratamiento. Aquella noche regresé a la plaza central. Las pantallas estaban apagadas, pero todavía conservaban el resplandor residual de la luz azul. Bajo una de ellas dormía el perro callejero. A su lado descansaba una silla metálica. Sobre la silla, el expediente abierto. Y sobre el expediente, una fotografía carnet parcialmente quemada que ya no conseguía reconocer. Los altavoces municipales emitían apenas un murmullo de estática, semejante a una respiración asistida. El ventilador del cuarto piso de Medicina Legal había comenzado a girar otra vez. Era posible escucharlo desde la calle, atravesando la ciudad como una hélice instalada dentro del pecho de alguien.
Comprendí demasiado tarde que había confundido al médico con el paciente. La ciudad nunca estuvo enferma. Nosotros éramos la inflamación. Durante siglos nos permitió adherir nombres a las calles, construir gobiernos, redactar expedientes y levantar monumentos para ocultar el hecho elemental de que no pertenecíamos aquí. A las once y cincuenta y nueve, todas las pantallas se encendieron por última vez. Mostraban la imagen de una habitación vacía: una silla, un ventilador detenido y una marca rectangular sobre una pared. La transmisión duró treinta y cuatro segundos. Después, cada semáforo, cada reloj, cada altavoz y cada ventana de la ciudad se apagó al mismo tiempo. El perro callejero se puso de pie y comenzó a caminar. Lo seguí hasta el cuarto piso de Medicina Legal. La puerta estaba abierta. El expediente ciento doce descansaba sobre el escritorio, reducido a una sola página. Allí, con tinta azul, alguien había corregido el encabezado:
EXPEDIENTE 112 PACIENTE DADO DE ALTA
Levanté la vista. La marca rectangular había desaparecido. En su lugar, alguien había colgado un espejo. Me acerqué esperando encontrar mi reflejo. Del otro lado estaba la plaza central, inundada por una luz azul. Miles de personas levantaban lentamente la cabeza hacia las pantallas. Entre ellas, un hombre sostenía una bolsa de pan bajo el brazo y parecía buscar algo entre la multitud. Detrás de mí, el ventilador comenzó a girar.