La farmacopea del olvido


Las sociedades refinadas no eliminan el sufrimiento; perfeccionan sus métodos de conservación. Allí donde otras culturas levantan altares o improvisan confesiones, la burguesía ordena los frascos de medicamentos con la serenidad de un bibliotecario que clasifica volúmenes destinados a no ser leídos. Ella abrió el cajón con una familiaridad adquirida durante años de pequeñas renuncias y encontró la colección de envases perfectamente alineados, cada uno prometiendo una versión distinta de la misma tregua: dormir sin descanso, despertar sin entusiasmo, atravesar los días con la precisión de un reloj que continúa funcionando mucho después de haber olvidado para qué fue construido. Había descubierto demasiado tarde que la química nunca perseguía la felicidad; su verdadera función consistía en reducir la amplitud del dolor hasta volverlo compatible con las obligaciones sociales. Una conciencia apenas adormecida continúa asistiendo a las cenas, responde las llamadas, sonríe en las fotografías y agradece los cumplidos sin alterar el orden de las cosas. La enfermedad, comprendió, jamás había sido el verdadero problema; el escándalo comenzaba únicamente cuando el sufrimiento dejaba de ocultarse bajo las reglas del buen comportamiento. 

El aire acondicionado seguía respirando con una constancia casi litúrgica mientras la humedad insistía desde el otro lado de la ventana como un ejército que jamás renuncia al sitio. La cuidad continuaba infiltrándose mediante olores de barro caliente, sal, combustible, frutas abiertas por el sol y una vaga fermentación vegetal que convertía la ciudad en un organismo demasiado vivo para aceptar el embalsamamiento doméstico. La mosca ya no golpeaba el cristal. Caminaba lentamente sobre la transparencia, recorriendo con paciencia aquella frontera invisible que separaba la promesa de la salida de la realidad del encierro. Ella siguió su desplazamiento hasta que el insecto dejó de parecer un animal y comenzó a convertirse en una idea. Toda prisión perfecta posee muros invisibles. Los barrotes evidentes producen rebeldes; las transparencias fabrican obediencia. 

Fue entonces cuando Él regresó, no bajo la forma de un recuerdo ordenado, sino como una irrupción sensorial compuesta por el olor áspero de la madera húmeda, el salitre acumulado sobre los pilotes del muelle, el hierro oxidado calentándose bajo el sol y el viento espeso que llegaba desde la desembocadura del río. Durante décadas había protegido aquella memoria como si resguardara la única prueba de que alguna vez existió una posibilidad distinta de sí misma. Sin embargo, los recuerdos no permanecen inmóviles; envejecen junto con quien los conserva. Cada regreso modifica el paisaje. Cada evocación añade una sombra donde antes había luz. Comprendió entonces que quizá nunca había amado realmente a Él. Había amado la interrupción que él representaba, la ilusión de una grieta abierta en el muro del destino familiar. Confundir una persona con una salida constituye una de las formas más sofisticadas del autoengaño. Ningún ser humano puede sostener durante años el peso de una esperanza que nunca le perteneció. 

La habitación comenzó a deformarse lentamente. Las distancias perdieron precisión. El escritorio parecía aproximarse unos centímetros sin desplazarse realmente. Las acuarelas adquirieron una respiración silenciosa. El reloj continuaba avanzando, aunque el tiempo ya no obedecía a las agujas sino a otra lógica más viscosa, semejante a la de ciertos sueños donde una tarde puede durar una vida completa. Desde la planta baja llegó el sonido de una puerta cerrándose, luego otra, después el silencio absoluto. No era un vacío acústico, sino una sustancia espesa depositándose sobre la casa con la lentitud del polvo. Laura sintió aquel peso apoyarse sobre el pecho, sobre los hombros, sobre la memoria. Respirar exigía ahora una voluntad desconocida. Miró nuevamente las acuarelas y comprendió que el gris jamás había sido un color. Era una sedimentación. La acumulación paciente de todas las palabras omitidas, de todas las decisiones aplazadas, de todos los gestos corregidos antes de escandalizar a alguien. Ningún sedante había producido ese paisaje interior. Los medicamentos sólo administraban una devastación mucho más antigua. El verdadero olvido comenzó el día en que aceptó una humillación para preservar la armonía familiar, continuó cuando guardó los pinceles, maduró durante los años en que confundió el silencio con la paz y terminó convirtiéndose en una segunda naturaleza capaz de respirar por Ella. 

Muy lejos comenzaron a oírse tambores aislados. El carnaval todavía no había tomado la ciudad, pero ya construía su respiración bajo las calles, como un corazón gigantesco preparándose para irrumpir en la superficie. Cada golpe parecía recordar que el orden siempre convive con la posibilidad de su ruptura. Ella permaneció inmóvil. No sintió miedo. Tampoco alivio. Sólo un cansancio tan antiguo que parecía anterior a su propio nacimiento, un agotamiento heredado, transmitido con la misma eficacia que los apellidos, las fotografías y los muebles. La mosca levantó vuelo lentamente, abandonó el vidrio y fue a posarse sobre una de las acuarelas. Durante un instante el insecto y la mancha gris parecieron pertenecer a la misma materia. Ella observó aquella unión con una serenidad desconocida y comprendió que incluso la podredumbre puede convertirse en una forma de revelación cuando deja de ocultarse bajo la pulcritud de las etiquetas.


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