Apaga la luz
Apaga la luz. No porque haya llegado la noche, sino porque estamos cansados de que todo tenga que ser visible. Apaga la lámpara, la pantalla, el anuncio, el rectángulo azul que tiembla sobre la mesa, la ventana encendida del edificio vecino, ese pequeño altar eléctrico donde dejamos cada noche la evidencia de que seguimos aquí. Apágalo todo. Durante unas horas que nadie registre, que nadie mida, que nadie convierta en rendimiento. Afuera la ciudad seguirá fingiendo que sabe hacia dónde va. Los automóviles continuarán deslizándose por las avenidas, los semáforos cambiarán de color para nadie, las cámaras custodiarán calles vacías, los edificios mantendrán miles de habitaciones encendidas como si dentro de cada una estuviera ocurriendo algo indispensable.
Apaga la luz. Al principio parecerá un error. La mano buscará el interruptor otra vez. Los ojos tardarán en comprender que ya no mandan. El teléfono brillará desde algún rincón como un insecto enfermo. No lo mires. Déjalo morir lentamente sobre la mesa. Escucha. Ahí está el refrigerador respirando. Una tubería golpea detrás de la pared. Un perro ladra lejos. Un ascensor sube y se detiene. Alguien camina por el apartamento de arriba. El mundo, privado de su maquillaje, recupera sonidos que la iluminación había enterrado bajo su tiranía blanca.
Siempre creímos que ver era conocer. Mentira. Ver también es obedecer. La pantalla decide dónde mirar. El anuncio decide qué desear. El reloj decide cuándo correr. La luz mantiene los objetos disponibles para el consumo, para la vigilancia, para la memoria instantánea. Todo debe aparecer. Todo debe responder. Todo debe demostrar que existe. Nosotros también. Un rostro iluminado, una actividad constante, una presencia disponible. La oscuridad introduce una falta imperdonable: nadie sabe exactamente qué estamos haciendo.
Y esa pequeña incertidumbre parece insoportable. Por eso encendemos otra vez.
La habitación regresa de inmediato, obediente, geométrica, reconocible. La silla, la mesa, los libros, el vaso. El mundo recompone sus contornos como un empleado que vuelve a su puesto después de una inspección. Pero durante unos segundos hubo algo distinto. No era paz. No era refugio. Era otra forma de existencia, más pobre quizá, más desnuda, una existencia que no necesitaba ser observada para continuar respirando.
Apaga la luz otra vez. Ahora no para esconderte, sino para descubrir cuánto de ti dependía de ser visto. Qué queda de una persona cuando nadie puede comprobarla. Qué pensamientos sobreviven cuando no hay superficie donde proyectarlos. Qué recuerdos permanecen cuando el rostro que los sostiene desaparece de la habitación.
En la oscuridad, la ciudad parece alejarse. Ya no estamos corriendo. Ya no estamos huyendo. Sólo escuchamos. Y entonces, cuando los ojos empiezan a acostumbrarse a no recibir nada, aparece una claridad extraña, diminuta, interior, que no ilumina las paredes ni devuelve los objetos a su sitio. No sirve para orientarse. No señala ninguna salida. Apenas permite saber que, detrás de los ojos, todavía queda alguien despierto.