No retornar es elegir vértigo en vez de nostalgia


Me encontré frente a una carretera que desaparecía dentro de la niebla, cuando el pasado todavía tenía la cortesía de parecer una casa: una ventana encendida, una voz detrás de la puerta, fotografías donde todos conservaban el rostro que el tiempo les había arrancado. Bastaba girar. Siempre basta girar. El cuerpo conoce esa obediencia antigua. Una parte de nosotros permanece mirando hacia atrás incluso cuando los pies ya han comenzado a desaparecer del lugar. La memoria tiene esa astucia: no necesita abrir ninguna puerta, le basta con convencerte de que al otro lado todavía existe la habitación que perdiste.

Durante años confundí regresar con reparar. Imaginaba que volver sería encontrar intacto aquello que había dejado, recoger del suelo las palabras rotas, poner nuevamente los muebles en su sitio, pronunciar los nombres correctos y conseguir que el tiempo, humillado, devolviera lo suyo. Pero nadie regresa. Regresa el cuerpo, quizá, y encuentra otra temperatura en las paredes. Regresa la mirada y descubre polvo donde antes había significado. Regresa la voz y nadie reconoce exactamente su antiguo temblor. El lugar permanece y, sin embargo, ha dejado de ser aquel lugar. La nostalgia conserva las coordenadas y pierde el territorio.

Entonces apareció el miedo. No el miedo al fracaso, que es una criatura demasiado doméstica, sino algo más desnudo: el miedo de descubrir que después de todo no había destino, solamente una sucesión de puertas atravesadas sin garantía alguna. Frente a mí estaba el camino. Detrás, la ciudad conocida con sus heridas familiares, sus muertos correctamente ubicados, sus conversaciones repetidas hasta adquirir la consistencia de un ritual. Delante no había promesas. Sólo viento. Una pendiente. Oscuridad. Ese vacío que nadie puede venderte porque todavía no tiene nombre.

Tuve ganas de volver. Y precisamente por eso no volví.
Porque regresar no siempre es regresar a alguien; a veces es regresar a la versión de nosotros que necesitaba a ese alguien para explicarse. Volver podía devolverme una identidad, sí, pero también podía convertirme en su prisionero. Hay afectos que se vuelven jaulas después de haber sido refugios. Hay recuerdos que dejan de ser memoria y comienzan a comportarse como órdenes. Ven. Repítelo. Sé quien eras. Pronuncia otra vez aquella frase. Entra por esa puerta. Cree que el daño puede deshacerse si obedeces correctamente al pasado.

Seguí caminando. El viento golpeaba la cara con una violencia casi limpia. Por primera vez no sentí que estaba perdiendo algo. Sentí que estaba perdiendo la necesidad de recuperar. El paisaje dejó de pedirme explicaciones. Una piedra bajo el zapato, el olor húmedo de la tierra, una luz remota detrás de las montañas: cosas insignificantes, casi miserables, y precisamente por eso verdaderas. Nadie prometía que el camino conduciría a un lugar mejor. Nadie me esperaba al final. La libertad, descubrí, tiene algo de intemperie y bastante de pésimo negocio.
Seguí hasta que la carretera dejó de parecer una línea y empezó a parecer una caída.
Entonces miré atrás una última vez.

La ciudad seguía allí, pequeña, amarilla, casi hermosa bajo la noche. No desaparecía. No tenía por qué desaparecer. Ésa era la crueldad. El pasado no necesita morir para dejar de ser destino. Puede seguir encendido detrás de nosotros mientras avanzamos hacia una oscuridad que todavía no sabe nuestro nombre.

Y continué. No porque hubiera dejado de extrañar, sino porque finalmente comprendí que extrañar no obliga a regresar. El corazón puede mirar hacia atrás mientras el cuerpo elige el borde, el viento, la incertidumbre. Puede llevar consigo las ruinas sin convertirlas otra vez en casa.
Después de cierto punto, sólo existe el paso siguiente.
Y debajo, el vacío.