El amor se ha ido y me dejó ciego
No apagó la luz; hizo algo peor, cambió de lugar las cosas. La puerta sigue ahí, la mesa, la taza con una pequeña grieta en el borde, la camisa que olvidaste detrás de una silla, incluso el espejo continúa devolviendo una cara que insiste en llamarse mía, pero ninguna cosa vuelve a ocupar exactamente el sitio que tenía cuando tú estabas. Camino por la casa como un hombre que conoce de memoria el cuerpo de una ciudad después de un bombardeo: no necesita mirar para saber dónde estaba la ventana, dónde caía la tarde, dónde tu voz se quedaba unos segundos suspendida antes de convertirse en silencio. Mis manos encuentran los objetos, pero mis ojos han perdido el acuerdo secreto que tenían con ellos. Toco una pared y siento una distancia. Abro una ventana y entra la noche como si conociera mi nombre.
Al principio creí que la ceguera era tristeza, esa enfermedad elegante que inventamos para poder sufrir sin admitir que estamos perdidos, pero después comprendí que no era tristeza sino desorientación. El mundo continuó llegando completo y yo ya no sabía cómo recibirlo. Los semáforos cambiaban, los buses se tragaban multitudes, las parejas discutían en las esquinas con esa ternura brutal de quienes todavía poseen un pronombre compartido. Yo los observaba sin entender por qué sus rostros parecían iluminados desde adentro. Tal vez el amor había sido eso: una lámpara colocada detrás de las cosas. No iluminaba el mundo. Lo ordenaba. Desde que se fue, todo conserva su forma y ha perdido su dirección.
Entonces empecé a buscarte en lugares absurdos, porque el dolor vuelve supersticioso hasta al más racional y convierte cualquier coincidencia en revelación. Una mujer cruzando la calle de espaldas. Un perfume detenido en el ascensor. Dos notas de una canción saliendo de una tienda. Una sombra inclinándose frente a una vitrina. Te reconstruía con restos, como si la memoria fuera un animal hambriento que necesitara fabricar cuerpos para no morir. Cerraba los ojos para verte mejor y era entonces cuando aparecías con una claridad insoportable, intacta, casi cruel; los abría y desaparecías. Así descubrí la broma privada de la pérdida: mientras más intentaba recuperar tu imagen, menos sabía qué había visto realmente cuando estabas conmigo.
Una noche, mucho después, comprendí que tampoco podía seguir culpando a tus ojos por mi oscuridad. Tú te fuiste con tu rostro, tus manos, tu forma de dormir, tus pequeñas violencias y esa manera insoportable de mirar hacia otro lado cuando sabías que estabas siendo amado. Pero la ceguera quedó aquí, instalada detrás de mis propios ojos, como un huésped que aprendió a usar mis huesos. Vi entonces la habitación por primera vez sin pedirle que me devolviera nada. Vi el polvo. Vi la silla vacía. Vi la ventana negra. Vi mi propia sombra contra el suelo, separada de mí apenas por la luz de la calle. Y comprendí que no estaba mirando una ausencia, sino la materia desnuda de las cosas, esas cosas que antes utilizaba tu presencia para soportar.
Desde entonces salgo algunas noches sin saber adónde voy. La ciudad tiene otra textura cuando uno deja de esperar a alguien. Los edificios parecen enormes animales dormidos, los cables eléctricos trazan nervaduras sobre el cielo y los charcos guardan luces que no pertenecen a ninguna estrella. Camino tocando las paredes, escuchando mis pasos, aprendiendo lentamente que ver no consiste en reconocer lo que amamos, sino en soportar que aquello que amamos pueda desaparecer sin que desaparezca el mundo con ello. Y sin embargo, cuando vuelvo a casa, todavía busco tus ojos en el espejo. Los busco con la obstinación de un ciego que recuerda haber visto alguna vez. Quizá eso sea el amor después del amor: no una herida, no un recuerdo, sino una forma de mirar que perdió para siempre aquello que le enseñaba a mirar.