El destino juega ruleta con mis huesos
Qué extraño oficio el de predecir. Levantamos calendarios, estadísticas, horóscopos, modelos, doctrinas, mapas, relojes; inventamos instrumentos para medir aquello que todavía no ocurre y después nos sorprendemos cuando el futuro se ríe en nuestra cara. Un semáforo tarda tres segundos más y alguien conoce a alguien que no debía conocer. Un neumático revienta a cien kilómetros. Un médico se equivoca de apellido. Una llamada llega cinco minutos tarde. Una bala cambia de dirección al tocar una superficie. Una célula decide multiplicarse cuando nadie la invitó. De pronto toda la monumental arquitectura de nuestras intenciones queda reducida al tamaño de una bisagra. El mundo no necesita conspirar contra nosotros. Le basta con desviarse un milímetro.
Camino y siento mis huesos bajo la piel como una colección de dados blancos. Me pregunto cuánto de mí depende realmente de ellos. La infancia que tuve, la mujer que no besé, la ciudad que abandoné, el libro que nunca terminé, aquella madrugada en que decidí doblar a la izquierda en lugar de seguir derecho, todo parece conectado por una lógica que sólo puedo ver retrospectivamente, esa forma tramposa de inteligencia que aparece después de los hechos y dibuja líneas entre puntos que quizá jamás estuvieron destinados a encontrarse. El pasado siempre parece necesario porque ya ocurrió. Ésa es su gran estafa. Nadie mira una cicatriz y piensa en las otras cicatrices posibles.
Tal vez por eso nos obsesionan los casinos. Hay algo profundamente humano en sentarse frente a una superficie verde y entregar una pequeña fortuna a un objeto que gira sin conocernos. La ruleta tiene la honestidad brutal que nos falta: no promete justicia, no ofrece sentido, no distingue entre el santo y el imbécil, entre quien ha llegado temprano y quien ha dedicado toda su vida a prepararse. Gira. Eso es todo. Gira mientras nosotros inventamos supersticiones para soportar la evidencia de que el universo no tiene obligación de justificarse. Ponemos nombres sobre el azar para sentir que todavía existe una oficina donde alguien archiva nuestros errores.
Seguimos apostando. Apostamos cuando amamos, cuando salimos de casa, cuando confiamos en un cuerpo que mañana puede traicionarnos, cuando hacemos planes para diciembre, para los hijos, para la vejez, como si el tiempo fuera una mascota obediente que pudiera aprender nuestras costumbres. Hay algo conmovedor en esa obstinación, aunque también algo cómico: millones de criaturas vulnerables construyendo agendas mientras una partícula microscópica decide alterar la composición de una célula. El futuro debe encontrarnos ridículos. Tal vez por eso envejecemos. El cuerpo comienza a enseñarnos, articulación por articulación, que la permanencia era sólo una mala traducción.
Escucho un golpe seco dentro de mí. No sé de dónde viene. Puede ser el corazón. Puede ser una tubería. Puede ser una puerta que alguien cerró en otro piso. Me quedo inmóvil. Durante unos segundos tengo la sensación absurda de que alguien está jugando conmigo al otro lado de una mesa que no puedo ver, haciendo girar la ruleta, esperando el número. No hay jugador. No hay mesa. No hay mano. Sólo la noche, que vuelve a llenar la habitación con su olor leve a electricidad, y este cuerpo que insiste en llamarse mío mientras algo invisible decide cuánto durará el turno. La rueda sigue girando. Mis huesos esperan. Ninguno de los dos conoce el número que viene.