A veces pienso que esta utopía es apenas un holograma


A veces pienso que esta utopía es apenas un holograma, una ciudad proyectada sobre la niebla para que nadie tenga que admitir que seguimos viviendo entre tuberías oxidadas, ascensores que se detienen, hospitales con luces enfermas y hombres que todavía confunden la felicidad con la cantidad de cosas que pueden comprar antes de morir. La veo desde lejos, suspendida sobre los edificios, perfecta como una mentira que ha tenido demasiado tiempo para corregirse: parques donde ningún árbol parece morir, avenidas sin ruido, ventanas encendidas detrás de las cuales nadie discute, ninguna sirena, ningún cuerpo huyendo, ninguna mano buscando desesperadamente una señal en un teléfono. Qué sospechosa resulta toda perfección cuando uno ha pasado demasiado tiempo mirando los cables.

Camino hacia ella y ocurre lo inevitable: la imagen retrocede. Doy diez pasos y retrocede diez. Cruzo una avenida y la ciudad ideal cambia de perspectiva, como esas decoraciones teatrales que sólo funcionan mientras nadie se acerca demasiado. Entonces descubro los bordes. Una esquina se pixela. Un edificio pierde consistencia. Bajo la plaza perfecta hay una vibración eléctrica, un zumbido casi imperceptible, como si miles de máquinas trabajaran debajo de la superficie para sostener una mentira con forma de paraíso. Quizá toda utopía sea eso: una proyección sostenida por una infraestructura que preferimos no mirar. La promesa aparece limpia porque alguien se encargó de esconder las herramientas.

Nos dijeron que algún día llegaríamos. Siempre hay un día futuro preparado para recibirnos, una fecha escrita en algún calendario que nunca aparece completo. Llegaremos cuando desaparezca la pobreza, cuando la tecnología resuelva el hambre, cuando la historia deje de repetirse, cuando el cuerpo encuentre por fin la fórmula de su propia permanencia. El futuro ha sido durante siglos el gran depósito de nuestras contradicciones: enviamos hacia adelante aquello que no soportamos resolver aquí. Y mientras esperamos, construimos maquetas, redactamos manifiestos, diseñamos ciudades, inventamos máquinas capaces de imitar una sonrisa, una voz, un recuerdo, como si el problema de la existencia fuera únicamente una insuficiencia de interfaz.

El holograma también necesita espectadores. Sin ojos que lo contemplen, la utopía desaparece. Tal vez por eso nos enseñan desde pequeños a desear imágenes que no podemos tocar: la casa, el cuerpo, la ciudad, la vida perfecta, la versión definitiva de nosotros mismos. El deseo es un proyector incansable. Produce futuros con una precisión casi cruel y después nos obliga a trabajar para alcanzarlos, aunque cada paso hacia ellos modifique la figura que perseguíamos. Cuando finalmente llegamos, si es que llegamos, encontramos una habitación vacía con la misma luz azul que vimos desde lejos. Y en el centro, nada. Ni una respuesta ni una recompensa. Apenas una superficie donde nuestro propio rostro vuelve a aparecer.

Empiezo a sospechar que la utopía no fracasa cuando no conseguimos construirla, sino cuando conseguimos construirla demasiado bien. Porque un mundo perfectamente ordenado tendría que decidir qué hacer con lo imprevisible, con el deseo que cambia de objeto, con el niño que no quiere ser feliz de la manera prevista, con el anciano que prefiere recordar, con el cuerpo que enferma a pesar de las estadísticas, con la mujer que abandona la ciudad perfecta porque necesita una ventana rota, una calle sucia, cualquier prueba material de que todavía existe algo que no ha sido diseñado. La imperfección, ese defecto que tanto intentamos corregir, quizá sea la última forma de libertad que queda.

Entonces la ciudad vuelve a parpadear. Durante un instante desaparecen las fachadas, las avenidas, las torres, los jardines sin hojas secas. Sólo quedan cables, concreto, humedad, humo, ventanas abiertas, insectos alrededor de una lámpara. El holograma se deshace y debajo aparece la noche de siempre, con su olor leve a electricidad, como si todo este futuro hubiera estado conectado desde el principio a la misma corriente defectuosa. Me quedo mirando el espacio vacío donde hace un segundo estaba el paraíso. No siento decepción. Tampoco esperanza. Siento algo más incómodo: la sospecha de que quizá la imagen necesitaba desaparecer para que pudiéramos ver quién estaba sosteniendo el proyector. Y, al mirar hacia arriba, descubro que una pequeña luz continúa suspendida en la oscuridad, temblando, sin terminar de apagarse.