¿Qué queda de ti cuando el error decide interrumpirte?
El error no tiene la elegancia de la tragedia. La tragedia al menos conserva una arquitectura, una causa, una música. El error es vulgar, doméstico, casi ridículo. Derramas el café sobre el teclado y durante un instante el universo depende de una servilleta. Confundes una fecha. Tomas una calle equivocada. Llamas a quien no debías llamar. Dices sí cuando querías decir no y después pasas veinte años construyendo una biografía alrededor de esa sílaba. La vida, descubrimos demasiado tarde, no está sostenida por grandes decisiones sino por una multitud de pequeñas equivocaciones que adquirieron la insolencia de parecer destino. Somos el resultado de cosas que pudieron no suceder y, sin embargo, sucedieron con una precisión obscena.
Pienso en el cuerpo como un manuscrito lleno de correcciones que nadie recuerda haber hecho. Una cicatriz es una tachadura. Una arruga, una nota al margen. Una enfermedad, una palabra escrita por otra mano. El deseo mismo parece una errata persistente: insiste en aparecer donde la razón había dejado un espacio en blanco. Y debajo de todo, trabajando sin descanso como un funcionario demente, está la memoria, esa falsificadora que conserva precisamente aquello que necesitamos olvidar y borra el rostro que habíamos jurado reconocer hasta la muerte. ¿Qué clase de identidad puede existir sobre un archivo que se modifica cada noche? Quizá el yo sea apenas la versión más reciente de un documento corrupto, una copia que se cree original porque ha olvidado las versiones anteriores.
A veces el error llega como una interferencia eléctrica. Una lámpara parpadea. La pantalla se congela. El ascensor se detiene entre dos pisos y durante unos segundos nadie sabe qué piso existe. Me gusta ese instante porque allí desaparece la ficción del funcionamiento. Todo sistema necesita ocultar sus fallas para conservar autoridad. También nosotros. Caminamos, hablamos, pagamos, deseamos, respondemos mensajes, fingimos saber dónde estamos, mientras una pequeña luz roja permanece encendida en alguna parte del cráneo. Nadie la mira. Nadie quiere mirarla. Porque basta reconocerla para comprender que la continuidad era una ilusión cuidadosamente administrada.
Después ocurre algo peor: descubres que el error no siempre quiere corregirse. Hay equivocaciones que se convierten en habitaciones. Uno aprende a vivir dentro de ellas, coloca fotografías, compra muebles, invita personas, envejece. La anomalía adquiere rutinas. El accidente aprende tu nombre. Y entonces aparece la pregunta insoportable: si pudieras volver al punto exacto donde todo se torció, ¿realmente cambiarías algo? No por sabiduría, sino porque quizá ese error sea la única prueba de que alguna vez estuviste allí, completamente expuesto a la contingencia, sin guion, sin protección, sin esa superstición adulta de creer que cada acontecimiento debía conducir hacia una versión coherente de ti mismo.
Quizá eso queda cuando el error decide interrumpirte: no una esencia escondida debajo de las ruinas, no un yo verdadero esperando ser rescatado como una moneda bajo el lodo, sino una interrupción. Una grieta por donde entra el aire. Un segundo sin instrucciones. El ruido blanco después de que la máquina pierde la señal. Te quedas quieto frente al espejo y el rostro devuelve exactamente la cantidad de rostro necesaria para que continúes. Pero algo ha cambiado. No sabes qué. Tal vez nunca lo sepas. La luz vuelve a parpadear. Esta vez no vuelve a encenderse. Y durante ese pequeño apagón, tan breve que nadie podría demostrarlo, dejas de coincidir contigo mismo.