Cómo parecer intactos mientras todo cede
Pero debajo de esa cortesía mineral trabaja otra cosa. Algo sin nombre, o con demasiados nombres, empuja desde el subsuelo. El miedo no llega caminando: fermenta. Se instala detrás de los ojos, se alimenta de conversaciones aplazadas, de llamadas que no hacemos, de habitaciones donde todavía permanece el olor de alguien que ya no está. Y entonces descubrimos el secreto miserable de la fortaleza: mantenerse en pie no significa resistir. A veces significa haber aprendido a distribuir la caída de modo que nadie pueda verla. Un gesto apenas más lento. Una respiración que se corta antes de terminar. La cuchara suspendida sobre el plato como si el universo dependiera de esa fracción de segundo. La grieta no necesita atravesar el muro; basta con que modifique su manera de sostener la luz.
Vivimos dentro de esa paradoja como quien duerme con un animal debajo de la cama y, al despertar, agradece que la habitación siga en su sitio. Queremos una identidad sólida y fabricamos rutinas; queremos permanencia y coleccionamos objetos; queremos sentido y levantamos discursos sobre la mesa con la misma convicción con que otros levantan vasos. Sin embargo, todo discurso tiene una fisura por donde entra la intemperie. El yo, esa habitación que defendemos con tanta ferocidad, quizá sea apenas una puerta mal cerrada entre una catástrofe y otra. Algo desea en nosotros sin pedir permiso, algo recuerda lo que hemos querido olvidar, algo pronuncia nuestro nombre desde el fondo del lenguaje y descubre que detrás del nombre no había ninguna fortaleza, solamente un eco.
Por eso aprendemos a parecer intactos. No por valentía, sino por economía. Hay que pagar facturas, contestar mensajes, asistir a reuniones, comprar pan; el abismo también tiene horarios. El derrumbe debe adquirir modales para no incomodar a los vivos. Así caminamos por las calles con la espalda de los monumentos y las vísceras de una casa abandonada, impecables por fuera, llenos de polvo por dentro, sosteniendo conversaciones cuya superficie permanece pulida mientras debajo de cada palabra se desprende lentamente el yeso. Nadie ve nada porque todos participan del pacto. Todos custodian la ficción. Todos prefieren una fachada en pie antes que el escándalo de una ruina verdadera.
Hasta que una mañana la luz entra de otra manera. No ocurre nada espectacular. No cae ningún techo. No se abre la tierra. Simplemente miramos nuestra propia mano y comprendemos que también ella ha estado fingiendo. Las líneas de la piel, esas pequeñas carreteras hacia ninguna parte, parecen mapas de una ciudad evacuada.
Lo intacto nunca fue un estado, sino una demora, una postura del cuerpo frente al tiempo, una manera elegante de decir todavía no cuando el mundo ya ha dicho hace rato. Y seguimos de pie, no porque algo permanezca, sino porque incluso las ruinas, por una ironía de pésimo gusto, conservan durante un instante la forma exacta de aquello que fueron.