La noche me recibe con ese olor leve a electricidad


La noche me recibe con ese olor leve a electricidad, como si el cielo hubiera pasado los dedos por los cables y dejado en el aire una advertencia microscópica. No es lluvia todavía, ni incendio, ni revelación: es apenas esa vibración húmeda que sube de las aceras, se pega a la lengua y vuelve sospechoso todo lo que parecía inmóvil. Camino. Las vitrinas siguen encendidas con su religión de mercancías, los semáforos cambian de color como pequeños dioses administrativos, un bus bosteza humo y se lleva veinte rostros donde quizá mañana nadie recuerde a nadie. La ciudad respira por sus alcantarillas. Yo también. Hay noches en que el mundo parece un animal demasiado grande para su propia piel y, sin embargo, cabe entero dentro de una habitación vacía.

Entonces, ¿quién recibe a quién? ¿La noche a mí, con su boca negra, o yo a la noche, cargándola como una deuda que no aprendí a firmar? El aire sabe a metal y a memoria quemada. Bajo la lengua, una corriente mínima insiste. Siento que mi cuerpo no es una frontera sino una mala aduana: deja entrar el miedo, expulsa el deseo, confunde el recuerdo con una contraseña vencida. Qué miserable arquitectura la del sujeto, pienso, esta casa donde las habitaciones no se comunican y donde cada puerta conduce al mismo cuarto, pero con otro espejo. Afuera, un perro ladra hacia una ventana apagada. Adentro, algo en mí contesta.

Sigo. Una mujer fuma junto a una pared cubierta de anuncios arrancados. El papel descascarado tiene la piel de una civilización después de la fiebre. En la esquina, un hombre habla solo y parece discutir con un interlocutor que quizá sea el siglo. Una pareja se besa bajo una lámpara amarilla; durante un segundo parecen dos fugitivos que han firmado una tregua con la muerte, y luego vuelven a ser consumidores de la noche, cuerpos administrados por horarios, pantallas, salarios, promesas que caducan. Todo produce electricidad: el beso, la rabia, el hambre, el dinero, la espera. Hasta la tristeza tiene voltaje. Uno quisiera creer que bajo esta maquinaria queda una zona intacta, un pequeño santuario sin dueño, pero basta mirar las manos para descubrir que también ellas fueron entrenadas para pedir, comprar, tocar, obedecer.

La noche avanza por encima de los edificios como una sustancia sin nombre. Cruza antenas, tanques de agua, terrazas con ropa olvidada, habitaciones donde alguien llora detrás de una pared que nadie derribará. Pienso en los muertos, no como solemnidad sino como interferencia. Están en la señal. Están en el zumbido del refrigerador, en el ascensor que sube sin nadie, en esa silla vacía que conserva la forma de un cuerpo como una blasfemia doméstica. Quizá vivir sea eso: dejar una silueta en las cosas y marcharse antes de comprender qué fantasma la ocupará. El ser, esa palabra con pretensiones de templo, se vuelve entonces una chispa entre dos apagones. No hay centro. Hay tránsito. No hay garantía. Hay una persistencia absurda, casi cómica, semejante a encender un fósforo dentro de una tormenta solo para comprobar que la oscuridad también tiene nervios.

Cuando regreso a casa, el olor a electricidad sigue ahí. Abro la ventana. La ciudad entra sin pedir permiso: sirenas lejanas, motores, una risa rota, el golpe de una puerta, una canción irreconocible atravesando tres edificios. Me miro las manos. Parecen tranquilas, pero debajo de la piel corre una fiebre antigua, un pequeño animal golpeando su jaula con paciencia. La noche no me recibió en absoluto: me estaba devolviendo. Me devolvía a ese lugar sin nombre donde cada certeza llega tarde y cada deseo trae su propia ruina. Apago la luz. Durante unos segundos, en la oscuridad total, el mundo no desaparece. Parpadea.