Elogio inútil de la guerra
Hay algo obsceno en la exactitud de los mapas militares. Una línea roja atraviesa una montaña y de pronto la montaña pertenece a alguien; otra línea atraviesa una mesa y de pronto la mesa adquiere patria, pasaporte, himno, enemigos. El niño que ayer jugaba en esa calle desaparece de la gramática y aparece convertido en desplazado, cifra, daño colateral, nombre que tarda tres días en pronunciarse correctamente. La guerra ama los sustantivos porque los sustantivos no sangran. Victoria. Honor. Seguridad. Gloria. Todas esas palabras llegan limpias al micrófono y salen sucias de las trincheras. Bastaría acercarlas al cuerpo para que comenzaran a temblar.
Elogio también la guerra por su capacidad de desnudar las ficciones. En tiempos de paz podemos fingir que somos racionales, que nuestra especie ha aprendido alguna cosa, que el progreso no es una lámpara colocada sobre un barril de pólvora. Pero después suena la sirena, se rompe el vidrio, alguien corre, alguien cae, alguien pregunta por su madre y la civilización pierde el maquillaje. El filósofo se convierte en refugiado, el funcionario en verdugo, el héroe en viuda antes de tiempo. El hombre que ayer defendía la dignidad humana descubre que la dignidad tiene un radio de acción sorprendentemente pequeño cuando el enemigo vive detrás de una colina. Entonces comprendo que quizá la barbarie no sea lo contrario de la cultura, sino una de sus habitaciones mejor amuebladas.
Y sin embargo, qué espectáculo miserable el de quienes todavía encuentran belleza en el incendio. Pintan banderas sobre la ruina, construyen monumentos sobre la ausencia, inauguran placas con nombres de personas muertas para que las generaciones futuras puedan caminar alrededor de ellos sin sentirse responsables. La memoria también tiene su industria. Se fabrican aniversarios, discursos, uniformes, silencios convenientes. El cadáver se vuelve símbolo porque el cadáver desnudo sería insoportable. Nadie quiere abrazar una costilla anónima. Necesitamos convertirla en nación, sacrificio, destino, para no admitir que quizá murió porque otro hombre recibió una orden y otro hombre diseñó la orden y otro hombre descubrió que obedecer resultaba más sencillo que pensar.
La guerra continúa mucho después del último disparo. Queda en los muebles que nadie toca, en los perros que reaccionan a una puerta cerrándose, en una mano que busca debajo de la cama aunque ya no exista ninguna bomba, en el hombre que despierta sudando porque ha vuelto a escuchar un ruido que nadie más escucha. El campo de batalla entra en el sistema nervioso y firma allí su tratado de permanencia. Después vienen los poetas, los políticos, los historiadores, los hijos. Todos intentan explicar. Todos llegan tarde. La pólvora se enfría, el metal se oxida, la hierba crece sobre el cráter con una indiferencia vegetal que casi parece crueldad. La tierra no celebra ninguna victoria. La tierra sólo incorpora.
Por eso éste es un elogio inútil: porque nada de lo que pueda decir vuelve heroico a la persona que no regresó, ni convierte en necesario el grito a la persona que esperó, ni devuelve a la ciudad los balcones que ya no existen. Elogio la guerra como se elogia una enfermedad para comprender hasta dónde alcanza la fiebre. La contemplo, la nombro, la rodeo con palabras, le construyo una catedral verbal y aun así queda afuera aquello que no cabe en ninguna frase: el instante exacto en que un cuerpo comprende que va a morir. Entonces todo el vocabulario se desploma. No queda patria, ni enemigo, ni gloria, ni historia. Sólo un ruido breve. Después, nada. Y ese nada, por alguna razón, sigue sonando.