En la distopía todos corren, nadie sabe hacia dónde
Hay flechas pintadas en el suelo. Nadie pregunta quién las puso.
Cada mañana la ciudad despierta con un sonido parecido a una alarma y la multitud responde con el cuerpo. Miles de piernas golpean el pavimento. Talones, rodillas, tobillos, pulmones. Una música involuntaria. Un ejército sin enemigo visible. El asfalto recibe esa peregrinación absurda y permanece indiferente. En las pantallas aparece una palabra que cambia cada semana: AVANCE, CRECIMIENTO, SEGURIDAD, FUTURO. Nadie sabe qué significan ya. Son palabras lisas, pulidas por el uso, pequeñas piedras colocadas en la boca para evitar preguntas.
Corren porque detenerse parece sospechoso.
El hombre que disminuye la velocidad es observado. La mujer que se sienta en una acera provoca alarma. El anciano que mira durante demasiado tiempo una nube recibe una notificación. El niño que pregunta adónde van todos obtiene la respuesta de siempre: sigue caminando. Después corre. Nadie tiene tiempo para explicaciones. La ciudad ha convertido la prisa en una forma de censura: si todo sucede demasiado rápido, ninguna mentira alcanza a ser interrogada antes de convertirse en costumbre.
Y sin embargo, de vez en cuando, alguien tropieza.
Entonces ocurre algo extraño. Los que vienen detrás no ayudan. Saltan sobre el cuerpo caído, lo bordean, lo pisan a veces, no por crueldad sino por programación, por reflejo, por ese miedo antiguo a quedarse quietos cuando todos continúan. El caído intenta levantarse. Mira hacia adelante. No hay nadie al frente. Sólo otra avenida, otro túnel, otro semáforo, otra pantalla prometiendo que falta poco. Se incorpora y vuelve a correr.
Nadie sabe hacia dónde.
Tal vez ahí reside la forma más perfecta del control: no obligar a nadie a permanecer en un lugar, sino conseguir que todos se muevan eternamente. Porque quien corre no contempla. Quien corre no recuerda. Quien corre no compara el mapa con el territorio. El cuerpo consume oxígeno para no consumir pensamiento. Las piernas producen obediencia. El sudor borra las preguntas. Y la multitud, felizmente agotada, continúa avanzando como si el movimiento fuera una prueba de que todavía existe.
Por la noche las calles se vacían un poco. Algunos regresan a sus habitaciones, conectan el dispositivo de turno, miran sus propios rostros iluminados por una luz azul y sienten una fatiga sin origen. Mañana volverán a correr. Alguien dará la señal. Nadie verá quién la dio.
Y cuando las luces se encienden otra vez, la ciudad despierta, abre las puertas y empuja a sus habitantes hacia afuera. Todos corren. Los primeros, los últimos, los que sueñan, los que obedecen, los que creen escapar. Corren incluso aquellos que, por un instante, comprenden la verdad y miran hacia atrás.
No hay nada detrás.
Sólo otros corriendo.