El mundo huele a desinfectante moral y pensamiento reciclado


Abres la puerta de cualquier lugar civilizado y ahí está: cloro, alcohol, jabón líquido, plástico recién fabricado, una blancura obscena intentando borrar las huellas de todo lo que alguna vez estuvo vivo. También el lenguaje ha sido lavado. Las palabras salen de la boca con guantes, esterilizadas, sin una gota de sangre, sin una contradicción que pueda manchar el sofá. Ya nadie quiere pensar: quiere acertar. Ya nadie quiere equivocarse: quiere posicionarse. Ya nadie pregunta qué demonios significa una cosa; pregunta cómo debe llamarla para no ser expulsado del pequeño templo donde los buenos se reúnen a contemplarse mutuamente la pureza.

La moral contemporánea tiene olor a hospital. No porque haya curado el mundo, sino porque aprendió a desinfectar las superficies donde se ve. Limpia frases, corrige gestos, pule opiniones, instala pequeñas cámaras dentro de la conciencia y después sonríe. Todo debe parecer impecable: la fotografía, la indignación, la causa, la biografía, incluso la rebeldía. Hay rebeldías que llegan con instrucciones de uso, manifiestos que parecen manuales de electrodoméstico, transgresiones fabricadas en serie, perfectamente calibradas para no incomodar demasiado al consumidor. Hasta el escándalo viene empaquetado. Lo abres, lo publicas, recibes aprobación, lo reciclas mañana con otro rostro.

Pensamos con ideas que ya estaban pensando por nosotros. Frases circulando de cerebro en cerebro como monedas gastadas, conceptos exprimidos hasta quedar sin pulpa, opiniones que sobreviven únicamente porque todavía tienen público. El pensamiento reciclado entra limpio, perfumado, etiquetado con fecha de vencimiento, pero nadie mira la fecha porque pertenece a una época donde todavía se creía que la inteligencia consistía en producir una frase y no en soportar durante horas la incomodidad de no saber. La duda ha sido acusada de improductiva. La contradicción, de peligrosa. El silencio, de sospechoso. Y así el animal humano, aterrorizado ante su propia incertidumbre, compra certezas en cajas familiares, las calienta treinta segundos y las sirve como conciencia.

Qué limpieza tan feroz. Han conseguido quitarle al mundo el olor de su propia podredumbre sin conseguir detenerla. El cadáver permanece debajo de la alfombra, pero ahora la alfombra huele a putrefacción. La violencia sigue respirando detrás de la pared, pero alguien ha puesto un difusor. El deseo continúa golpeando las costillas, pero ha aprendido a pedir permiso. La culpa se maquilla de virtud y sale a desfilar. El miedo cambia de nombre. La obediencia se presenta como responsabilidad. La censura se perfuma de cuidado. La estupidez, esa vieja sacerdotisa, aprende nuevas palabras y vuelve a oficiar misa.

Y la lengua, órgano de saliva y blasfemia, se convierte poco a poco en dispensador de productos de limpieza. Decimos lo correcto hasta que lo correcto deja de significar algo. Repetimos tanto las palabras que terminamos lijándoles los huesos. Justicia. Libertad. Dignidad. Comunidad. Verdad. Las pronunciamos y quedan flotando en el aire como envases vacíos. El problema no es que las palabras hayan mentido; el problema es que nosotros las hemos obligado a mentir demasiado, a trabajar turnos dobles, a cubrir todas las contradicciones con una capa uniforme de espuma.

Pero debajo de esa espuma hay algo que todavía huele. Algo que no acepta el baño. Un pensamiento difuso, una memoria vergonzosa, un deseo sin formulario, una pregunta que no cabe en la etiqueta, una frase dicha demasiado tarde y demasiado cerca del hueso. Quizá el pensamiento verdadero no sea una habitación limpia sino una habitación donde algo se está descomponiendo y todavía somos capaces de soportar el olor. Porque pensar, cuando realmente ocurre, ensucia. Devuelve la grasa al concepto, el barro a la palabra, la duda al rostro. Arruina los uniformes. Deja huellas. Y cuando finalmente todo queda en silencio, cuando la ciudad entera parece recién lavada y las conciencias relucen bajo la luz blanca, basta una sola palabra no reciclada para que vuelva a oler a mundo.