Ser fugitivo es respirar en diagonal
No conozco una definición más exacta para esa condición de estar vivo cuando la línea recta se vuelve una trampa. La ciudad está llena de líneas rectas: avenidas, horarios, documentos, cámaras, nombres, oficinas, mapas donde cada calle parece obedecer a una inteligencia superior, como si el mundo hubiese sido construido por alguien que detesta las desviaciones. Yo aprendí a cruzarlo por los bordes. Camino pegado a las fachadas, cambio de acera sin motivo, entro a una estación y salgo por otra puerta, atravieso un barrio como si estuviera atravesando una pregunta. No huyo de alguien. Huyo de la versión de mí que podría ser localizada con demasiada facilidad.
Hay personas que llevan su identidad como una camisa bien planchada. La muestran sin vergüenza: nombre, oficio, domicilio, fotografía, firma, edad, costumbres. Yo siempre he desconfiado de esa claridad. Un nombre es una dirección que la lengua entrega al mundo. Una firma es una herida repetida hasta que parece personalidad. Incluso la propia historia puede funcionar como una patrulla: vuelve, pregunta dónde estuvimos, exige coherencia, reconstruye nuestras contradicciones como quien arma un expediente. Por eso cambio de ritmo cuando recuerdo demasiado. Hay pensamientos que deben ser dejados atrás a la misma velocidad con que se abandona una calle después de escuchar un disparo.
La respiración me delata. El cuerpo nunca ha aprendido a mentir. Cuando corremos, el pulmón confiesa antes que la boca. Cuando tenemos miedo, la garganta modifica la arquitectura del aire. Cuando deseamos desaparecer, la sangre insiste en quedarse. He pensado muchas veces que la verdadera frontera no está entre dos países sino entre dos respiraciones: aquella en la que todavía creemos pertenecer y aquella en la que comenzamos a sospechar que toda pertenencia es una forma sofisticada de captura. Quizá por eso el fugitivo no busca solamente distancia. Busca una geometría distinta para el cuerpo.
Cruzar una calle en diagonal es un pequeño acto de herejía. Los autos esperan que obedezcas el ángulo correcto, el semáforo correcto, la dirección prevista. El cuerpo, sin embargo, recuerda que ninguna trayectoria es natural. Todo camino ha sido impuesto por alguien. También el pensamiento tiene sus semáforos, sus policías, sus rutas principales. Hay ideas que llegan tan pronto a la cabeza que parecen nuestras, y precisamente por eso conviene perseguirlas como a un sospechoso. Preguntar quién las puso allí. Qué miedo las alimenta. Qué deseo las mantiene con vida. A veces descubro que aquello que llamaba convicción era solamente una costumbre con buena dicción.
He dormido en habitaciones donde nadie conocía mi nombre y esa ignorancia tenía algo parecido a la misericordia. Durante unas horas no fui hijo, ni ciudadano, ni recuerdo, ni personaje, ni expediente. Fui una respiración detrás de una cortina. Un cuerpo sentado al borde de una cama. Una sombra que podía levantarse e irse sin explicación. Allí entendí que desaparecer no significa dejar de existir, sino escapar del relato que otros necesitan para reconocernos. La libertad tiene entonces algo de amnesia voluntaria, algo de puerta mal cerrada, algo de tren perdido a propósito.
Ahora camino sin prometerme destino. La noche abre sus intersecciones, los puentes suspenden la ciudad sobre el vacío, las ventanas pasan como películas ajenas y yo sigo respirando en diagonal, atravesando las coordenadas sin concederles obediencia. Quizá un día descubra que no había persecución, que el enemigo era solamente la necesidad de llegar a alguna parte, esa enfermedad humana de convertir cada movimiento en una meta. Por mientras avanzo, no hacia adelante exactamente, sino hacia un costado donde la luz todavía no ha decidido cómo llamarme.