Entre el cosmos y la putrefacción
El cuerpo es una mala broma de la geometría: una arquitectura que fabrica su propia demolición, una máquina que consume materia para producir memoria y excremento, amor y ruina, deseo y finalmente ese silencio viscoso donde las palabras pierden sus dientes. Pensamos para escapar de la putrefacción y pensamos precisamente porque nos pudrimos. Qué obscena paradoja: la conciencia nace dentro de una habitación que ya tiene fecha de incendio. El cerebro fabrica galaxias mientras el intestino negocia con la muerte. Afuera, millones de años de luz; adentro, un ácido trabajando con puntualidad de funcionario.
A veces imagino que las estrellas son órganos vistos desde demasiado lejos, enormes corazones negros latiendo en una carne que llamamos vacío porque nuestra imaginación necesita muebles. Entonces la distancia deja de ser distancia y se vuelve una herida: un telescopio no mira el universo, mira la demora de nuestra propia desaparición. Cada punto luminoso es una carta escrita antes de nuestro nacimiento y entregada cuando ya no estaremos aquí para abrirla. El tiempo no avanza. Se acumula como sangre vieja en las esquinas de una habitación abandonada. Nosotros llamamos historia a esa costra porque hasta para morir necesitamos burocracia.
Y sin embargo deseamos. Ahí está el escándalo. Deseamos con una ferocidad casi religiosa mientras sabemos, en algún rincón que no confiesa el lenguaje, que todo abrazo está incubando su ausencia, que cada rostro amado contiene la futura máscara del cadáver, que besar es poner la boca sobre algo que el tiempo reclama. No hay pureza en ello. Hay hambre. Hay una criatura absurda intentando fabricar eternidad con saliva, sudor, promesas, fotografías, hijos, libros, pequeñas estatuas del yo clavadas en la arena. Luego llega la humedad, esa gran demócrata, y empieza a borrar los contornos.
Tal vez la materia no quiera durar. Tal vez nosotros seamos la enfermedad que la obliga a recordar lo que nunca pidió recordar. Una conciencia demasiado grande para un cuerpo demasiado frágil, una lucidez atrapada entre calcio, grasa y sueño, contemplando la bóveda negra mientras desde el subsuelo asciende lentamente el olor de lo que seremos. No hay revelación esperándonos detrás de la última puerta, sólo otra puerta, otro cuarto, otra forma de la noche. Y en algún lugar, indiferente y radiante, una estrella continúa ardiendo hasta convertirse en polvo, mientras debajo de ella un corazón humano golpea por última vez contra sus propias paredes, como si quisiera salir de la materia justo cuando empieza a comprender que siempre estuvo hecha de ella.